Rechazo a las actitudes y discursos que excluyen

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La libertad de expresión es el cauce para la formación de la opinión pública libre, fundamento del pluralismo político y esencia de la democracia. El reverso de este derecho fundamental tiene una máxima representación en los discursos del odio, dirigidos contra personas a las que asignan rasgos denigratorios, y son señaladas, buscando el rechazo social.

Foto: Ana Campillo / Pixabay 

España está viviendo episodios preocupantes en las últimas semanas. Uno de los más extremos ha sido el homicidio, por agresión grupal en La Coruña, de Samuel Luiz, un joven evangélico. La fiscalía baraja acusar a los investigados de delito de odio a personas LGTBIQ+.

En mundo global y tecnológico, el eco de este tipo de manifestaciones y actitudes se multiplica a través de Internet y de las redes sociales, donde la palabra agiganta su potencial destructivo para sembrar el odio. Hay populismos ultras que explotan el filón de los prejuicios y agitan la diferencia como amenaza a «las personas de bien». Son verdaderos refractarios, que encuentran caldo de cultivo en la desafección y el individualismo acentuado por el capitalismo de vigilancia. Niegan las violencias machistas, la realidad multicultural, la  riqueza de la inmigración o el pluralismo religioso, en una palabra, la diversidad de la Creación.

Las personas cristianas deberíamos huir de la equidistancia y decantarnos por las minorías y personas más vulnerables, rechazando discursos excluyentes:  xenófobos, racistas, machistas, clasistas u homófobos.

Al mismo tiempo que ocurría ese execrable hecho, y de forma paradójica, nuestro país se convertía en uno de los seis más avanzados en la equiparación de derechos civiles, con la aprobación de la Ley de Igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI. Una despatologización en el reconocimiento de la identidad. Ese hito se hizo coincidir con el acto conmemorativo del orgullo, en que hace ya 50 años, unos agentes de policía de Nueva York obligaron a Sylvia Rivera, de 18 años, y a sus amigas a presentar la documentación y pedir explicaciones por no ir vestidas de hombre, tal y como acreditaba su identificación. Fue la chispa de esa revuelta que se convirtió en una reivindicación contra  las leyes prejuiciosas, los Gobiernos, partidos políticos y religiones, que buscaban una sociedad uniforme, que sólo existía en sus cabezas.

Foto: StockSnap / Pixabay 

La sociedad española demuestra su mirada amplia, apoyando en las encuestas todas las leyes, que sirven para equiparar en derechos fundamentales a colectivos, con décadas de reivindicaciones en pro de la visibilidad y el respeto.  El odio a la diferencia es enarbolado por grupos políticos (incluso con representación en el Parlamento español), sin pudor, de una manera inmoral, para azuzar la convivencia y la concordia. Esta polarización como estrategia es el verdadero peligro para  una democracia real y participativa. En Europa hay países que están vulnerando las libertades, en una apuesta por legislaciones regresivas contra los gays y lesbianas, como Hungría, Polonia, Letonia, Bulgaria, Rumania o Eslovaquia.

Los cristianos tendríamos que acoger los dones de la diversidad como un regalo de ese Jesús que se preocupó por incluir a los apartados por los privilegiados de la sociedad. En esta línea trabajan muchas comunidades cristianas arco iris en la Iglesia, como el testimonio de CRISMHOM desgranado en nuestra revista. «Un espacio donde poder reconciliar su fe y su identidad de género. La alegría de sentirse parte de algo, que va más allá de lo individual».

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