En uno de los primeros mítines que ofreció el líder del partido de ultraderecha una vez Vox empezó a tener cierto eco mediático, Abascal lanzó una idea fundamental para comprender su estrategia. Vino a decir algo así como que ellos (siempre en masculino, claro) no habían venido tanto para tomar el poder como para generar una cultura. Esta es una idea esta que se repite en casi todas sus intervenciones: hablan de reabrir los debates cerrados hace años, de encarar lo que han bautizado como el “consenso progre”. Y es justo ahí, en ese ir generando cultura, donde el partido ultraderechista tiene más peligro. Sobra decir por qué si uno se da un paseo rápido por las redes sociales o por algunos institutos.

Para esta guerra cultural han tomado como uno de sus pilares fundamentales lo más rancio y avejentado de la tradición católica. Lo hemos visto este pasado mes con ese estéril debate acerca de ese inadmisible atentado a los derechos de la infancia que han bautizado “pin parental”. Lo vemos también en el entusiasmo que despiertan sus peroratas vacías sobre la familia tradicional entre los sectores más tridentinos de nuestra Iglesia.

Todo esto no es casual ni mucho menos un brindis a la nostalgia nacional-católica. Son muchos los vínculos entre Hazte Oír (los del autobús contra la infancia, los del Yunque) y Vox. Un lobby religioso capaz de movilizar los instintos más bajos e irracionales para captar adeptos al igual que otros lobbys hacen con la nueva derecha latinoamericana. Frente a esta guerra cultural que abusa del mensaje de Jesús para atacar al diferente, los cristianos, las cristianas ¿qué haremos? ¿Dónde y cómo nos posicionaremos?