Decía el cardenal Walter Brandmüller, a raíz del robo y posterior lanzamiento al río Tíber de cinco de los iconos amazónicos traídos por participantes en el reciente Sínodo, que la acción de los jóvenes responsables merece que «se descorche el champán». Se refería a ellos por este irrespetuoso gesto como «valientes macabeos» y «profetas de hoy».

Nada más gráfico que ese brindis con champán de Brandmüller celebrando el abuso contra lo indígena para ejemplificar las posturas de esa iglesia que cada vez tiene menos que ver con aquel que brindaba con un vino sencillo y que cada vez tiene menos reparo en mostrarlo. Cardenales bebiendo en el Vaticano bebidas de élites sobre la tristeza de los humildes. Qué foto. Qué claro todo.

Uno de los iconos lanzando al río romano por los ultras era una representación de la Pachamama, la Madre Tierra. La misma fe que impusimos a fuego y sangre hace ya más de 500 años nos viene devuelta al decadente y envejecido occidente con rostro de mujer indígena embarazada. No nos cabe duda de que el acto de los ultras servirá para que sintamos a esa Pachamama como mucho más nuestra a los que seguimos soñando otra iglesia posible.

Lo que no podrán lanzar al Tíber, aunque les encantaría, son las necesarias y urgentes reformas que ha abierto este Sínodo. La participación real de la mujer en la Iglesia y la posibilidad de ordenar sacerdotes casados están sobre la mesa. El Amazonas ha llegado para reverdecernos. Y brindaremos por ello, en la parroquia o en la periferia, con un sencillo vino.