En las últimas décadas hemos crecido con la convicción de que la democracia representativa es el mejor de los sistemas posibles, a pesar de sus fallos y limitaciones.

Cuando hay elecciones hablamos de la “fiesta de la democracia” y el derecho a voto es algo que completa nuestra ciudadanía. Es ya inconcebible que las mujeres no puedan acudir a las urnas o que se limite este derecho para algunos sectores de la población. No cabe cuestionamiento posible.

Sin embargo, en los últimos meses parece que la democracia no para de sorprendernos. Primero fue el Brexit, en el que la población de Reino Unido votó mayoritariamente –ante la sorpresa de medios y encuestas– su salida de la Unión Europea. Resultado inesperado y del que parte de esa propia población se arrepiente.

Después fueron las elecciones generales en España, las segundas, celebradas el pasado mes de junio. Resultado inesperado y del que, a la luz de los hechos recientes, seguramente también una parte de la población se arrepiente: un PSOE descalabrado, un Congreso sin mayorías y en el horizonte la perspectiva cada vez más plausible de unas terceras elecciones.

Y ahora la democracia nos vuelve a sorprender en Colombia, donde la población –bueno, el escaso 37% que se acercó a la urna en el referéndum– ha votado en contra de la paz. ¿Cómo? ¿Decir “no” a la paz? Inesperado, impensable, incomprensible.

Probablemente así de impensable e incomprensible será también el resultado de las próximas elecciones presidenciales en EEUU, donde Donald Trump recoge cada vez más seguidores en las encuestas. Pero la democracia representativa tiene estas cosas: que la gente vota y cada uno vota lo que quiere.

Ante ello toca una reflexión pausada. Toca contextualizar, entender a aquellos que no piensan como nosotros y toca, sobre todo, mantener la esperanza. Ahí es donde está el verdadero reto.