Nuestra Iglesia necesita un cambio

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Foto. Fernando Torres.El cambio que necesita hoy nuestra Iglesia
no es un cambio mediático, sino espiritual;
no es un cambio de imagen, sino de fondo;
no es una nueva edición (corregida y ampliada)
de sus viejos protocolos y ademanes palaciegos,
sino de un testimonio cercano en sencillez y humildad,
de servicio arriesgado a los desposeídos de nuestra sociedad
y de franca solidaridad con todos los movimientos
que luchan por un mundo justo y descontaminado.
Es, con urgencia sin retorno, una valoración positiva
de la obra que Dios no cesa de realizar, a través
de las ciencias, las artes, el pensamiento vivo
entre los humanos, a los que tanto ama desde la Creación
y con quienes se ha comprometido visceralmente
desde la encarnación, muerte y resurrección de su Hijo,
Jesús, el primogénito entre muchos hermanos.

El cambio que hoy es imprescindible en nuestra Iglesia
es el de volver al Jesús de los evangelios,
buscar en Él la inspiración de todos nuestros actos
y no pretender cosa alguna sino que el Reino de Dios
sea nuestro empeño único y nuestro santo y seña.

En un mundo en que los poderosos de turno oprimen
y su opresión es causa irreparable de hambre y marginación
en los puntos más débiles del planeta Tierra, la Iglesia,
nuestra Iglesia, no puede enredarse en cuestiones de palabras,
y mucho menos de cánones y ritos sagrados, como si en ello
le fuese su fidelidad al Dios y Padre del que pasó entre nosotros
haciendo el bien y curando a los oprimidos por el sistema.
Nuestra Iglesia precisa reconocer que la fe que nos salva
es cuestión más de amor que de verdades reveladas, porque
ninguna verdad puede ser creíble si en sí misma no revela
a un Dios comprometido con el presente
y el futuro de la existencia humana.

El cambio que necesita hoy nuestra Iglesia en los niveles
más oficialmente visibles de su institución y ministerio,
es una profunda conversión al espíritu que todo lo hace nuevo,
que inunda los corazones creyentes de paz y parresía,
y ayuda a todos los hombres y mujeres de buena voluntad
a descubrir la presencia amorosa de Dios en sus propias vidas,
de un Dios que busca en el hombre y con el hombre su felicidad
de Padre sentado con todos sus hijos a una misma mesa.

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