¿Se rompen los eslabones de la solidaridad?

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En una sociedad como la nuestra, tan castigada, tan segmentada e individualizada, en opinión de Joaquín Estefanía “se han roto muchos eslabones de solidaridad”. Si es así, ¿por qué se han roto eslabones? ¿Quién los ha roto? En primer lugar, confieso que me resisto a aceptar tal afirmación porque, si se rompe un solo eslabón de la cadena de la solidaridad, esta queda rota. No es momento para romper eslabones de solidaridad cuando aquí, en España, la crisis se está convirtiendo en un componente crónico: uno de cada tres desempleados ya no recibe prestación; hay trece millones de personas en riesgo de exclusión social; el número de familias desahuciadas no deja de aumentar.

En el Programa de Empleo de Cáritas (abril de 2015) se pone sobre la mesa la realidad de la desigualdad en España: 760.000 hogares sin ningún ingreso y creación de empleo escasa y precaria. Además, ni la crisis ha afectado a todos por igual ni la recuperación está afectando a todos por igual. “Los más frágiles, pobres, sin formación no están en la lista de la recuperación, sino engrosando la lista del olvido”.
Ante tal panorama, la cadena de la solidaridad no puede romperse porque la solidaridad es, también en España, la única esperanza que tienen millones de personas para afrontar el día a día y, como nos advierte Gonzalo Fanjul, el riesgo de que se rompan los eslabones de la solidaridad es real porque “la solidaridad social se diluye a medida que los problemas propios se incrementan”.

No podemos quedarnos impasibles ante tal amenaza porque la solidaridad, en opinión de Joseph Conrad, “mancomuna toda la humanidad, une la soledad de innumerables corazones”. La solidaridad relaciona a cada persona con su prójimo. Es más, Alain Supiot, catedrático en el Collège de France, afirma que la noción de solidaridad tiene un origen jurídico que se remonta al Código Civil francés de 1804 y, a finales del siglo XIX, adquirió un sentido jurídico nuevo: el de una organización colectiva que permitía hacer frente a los riesgos engendrados por la revolución industrial.

La solidaridad ha ido mucho más lejos –según el citado catedrático– y ha adquirido un alcance mayor, como lo demuestra el Código de la Seguridad Social de Francia de 1945 en el que se afirma que “la organización de la seguridad social está fundada sobre el principio de la solidaridad”. Este tipo de solidaridad, llamémosle nacional, se deriva de las aportaciones de los contribuyentes, que se benefician de ella como asegurados sociales y usuarios de los servicios públicos. Junto a la solidaridad nacional, Alain Supiot señala que hay otras solidaridades civiles que tienen una base voluntaria y son administradas por organismos sin ánimo de lucro. Las así llamadas solidaridades civiles no dividen al mundo entre los que dan y los que reciben sino que son expresión de la dignidad de todos los seres humanos, sin ningún tipo de distinción.

Así planteado, los eslabones de la solidaridad no deben romperse porque se quebraría esa sutil malla, casi invisible, que relaciona a los seres humanos, estén donde estén, estableciendo una comunicación auténtica, de persona a persona, a través de la cual resuenan en nuestros oídos los rumores dolientes, las esperanzas frustradas, el sufrimiento injustificable de tantas personas que, cerca o lejos, reclaman a gritos o en silencio nuestra solidaridad.

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