Héroes

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Cantaba Tina Turner hace años: We don’t need another hero (No necesitamos otro héroe)… ¿tenía razón?

El debate arde en la red. Veinticuatro millones de resultados tecleando “Koni 2012” en Google. Su vídeo en Youtube se ha visto ya más de 65 millones de veces. ¿De qué va esto? Se trata de la polémica iniciativa de una ONG americana Invisible Children (Niños Invisibles), que ha lanzado una campaña para dar a conocer a Joseph Koni, un señor de la guerra ugandés responsable del reclutamiento de miles de niños soldado. Su objetivo es movilizar a millones de personas de todo el mundo para lograr que los gobiernos y organismos internacionales se impliquen en su detención (se trata de un personaje en el número uno de la “lista negra” del Tribunal Penal Internacional).

Pero algo no cuadra… hablamos de África, niños soldado… ¿millones de visitas en la red? Estos temas como mucho se ven en los documentales de la 2, los viernes de madrugada. Normalmente las ONG nos desesperamos por conseguir un pequeño espacio en algún periódico. Generalmente a través de una carta al director conseguimos un poco de atención tal vez con la visita de alguna persona directamente afectada, pero ¿millones? ¿Qué tiene esta campaña que no tengan otras? O, mejor dicho, ¿qué no tiene? No tiene argumentos complejísimos, no tiene un montón de cifras y, sobre todo, no tiene impotencia. Al contrario: el argumento es muy simple, los datos escasean y todo el que vea el vídeo y se comprometa tiene clarísimo qué puede hacer para colaborar. Y va más allá de enviar un e-mail a algún correo perdido de un gobierno remoto.

Y ahí precisamente está centrado el debate. Sus puntos fuertes son los que han desatado también las más duras críticas: ¿puede un drama tan complejo reducirse a una visión tan sencilla (de hecho, la idea con la que juega el vídeo es la de explicarle el problema a un niño de pocos años, que entiende a la perfección el juego del bueno y el malo)? ¿Puede ayudar a África un “salvador extranjero”?

Con muchísimo menos alcance, la película Katmandú, de Icíar Bollaín, ha generado un debate parecido. No he podido ir a verla aún (es lo que tiene la maternidad reciente), pero sí he seguido algunas de las críticas desde el mundo de la cooperación. De nuevo, acusaciones de simplismo, de presentar a una heroína extranjera que salva a los niños a pesar de todas las resistencias que encuentra en el país y, sobre todo, de ignorar a quienes deberían ser los auténticos protagonistas: los hombres y mujeres que, a pie de calle, tienen en su mano cambiar su propia realidad.

¿Quién acierta y quién se equivoca? Es difícil de decir. Con nuestro discurso habitual podemos quedarnos muy satisfechos porque hemos sido muy puristas, hemos hablado de todas las vertientes del problema, hemos dado voz a los protagonistas… pero lamentablemente nadie parece estar interesado en eso. Nuestro discurso tan puro apenas llega a unos pocos ya convencidos. Pero… ¿es honesto adaptar el discurso para llegar a las masas? Adaptarlo hasta desvirtuarlo, se entiende. Y, sobre todo, ¿es eficiente? Porque si lo que al final llega poco tiene que ver con lo que realmente queremos contar, ¿de qué sirve?

En el caso de Koni tendremos que esperar unos meses para ver quién tiene la razón. Si finalmente se consigue su detención, tal vez la realidad nos responda por sí misma. En todo caso, yo me quedo con la emoción de ver que, por primera vez desde el Mundial de Fútbol, se vuelve a hablar de África. Y ahora por un motivo realmente importante.

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