Hambre y obesidad

“Un planeta de gordos y hambrientos”. Ese es el sugerente título del último libro de Luis de Sebastián, catedrático de ESADE que presenta la rara circunstancia de ser un reputado experto en economía y a la vez estar preocupado por los problemas relacionados con la pobreza y el desarrollo. Felizmente, Luis tuvo la idea de invitarme a participar en alguna de las actividades relacionadas con el lanzamiento de esta publicación, y con ello tuve la oportunidad de escuchar una de las explicaciones más lúcidas sobre el panorama del sistema bancario internacional. Según de Sebastián, la sociedad “tolera” a los bancos porque cumplen una función social: la de intermediar entre las empresas, que crean empleo y riqueza pero necesitan recursos, y los ahorradores, que necesitan iniciativas donde invertir sus fondos. En el momento en que los bancos empiezan a cortar el grifo del préstamo, están dejando de ejercer su función, rompiendo la ecuación (recogen ahorros pero no les dan salida). Con ello pierden su legitimidad, estando perfectamente justificada una intervención del Estado si la situación se prolonga más allá de lo admisible.

Curiosos tiempos éstos en los que se vuelve a hablar de nacionalizaciones, y no sólo desde la banda de los convencidos del rol del Estado, sino también por parte de aquellos que hasta hace muy poco eran los grandes abanderados del sistema neoliberal. Ahora mismo todos, sin excepción, reclaman a gritos la ayuda de los gobiernos, exigiendo que se compartan las pérdidas cuando nunca se plantearon siquiera compartir unas migajas de las ganancias millonarias, que las hubo.

El libro de Luis también da cuenta de una paradoja, y es que la actual situación de crisis, que nos va azotando a todos por igual a ambos lados del ecuador, puede generar dos efectos inicialmente contrarios en una y otra parte del planeta. Así, en el norte (con Estados Unidos a la cabeza) la estrechez económica puede degenerar en más obesidad, porque la comida sana es más cara (la fruta, el pescado, las verduras…), mientras que las grandes compañías de comida rápida ofrecen menús a un precio cada vez más bajo y hace unos meses impensable. No hace falta recordar en qué se transforma esa obesidad cuando pensamos en los países más pobres del planeta, aquellos que hace unos meses sufrían los efectos de una crisis alimentaria aguda y ahora se despachan con menos empleo, menos remesas y menos ayudas.

Pero como no todo es malo, no debemos dejar de ver el lado bueno de la actual situación. Hace unos días, El País incluía en una de sus secciones más destacadas un artículo clamando el mea culpa desde el sector empresarial, concretamente desde las escuelas de negocios, reconociendo que se habían olvidado de formar en valores a los nuevos empresarios y ahora estábamos pagando las consecuencias. La consabida crisis está forzando reflexiones muy interesantes, sobre nuestro estilo de vida, nuestros patrones de consumo, la actuación del mundo empresarial y el rol de los gobiernos. Reflexiones que sólo tendrán sentido si nos llevan a un verdadero cambio, que sin embargo no parece vislumbrarse todavía.

Así, los líderes mundiales insisten en afirmar que la globalización no ha fracasado, aunque sí ha habido “algunos abusos”. Nos piden que consumamos más para volver a poner la máquina en funcionamiento, se empeñan en destacar que dentro de unos meses la curva volverá a ser ascendente y todo volverá a la normalidad. Pero yo no creo que esto sea posible. Algo se ha roto definitivamente en nuestra confianza en el sistema, y mejor harían los gobernantes en darse cuenta de este cambio y reaccionar ofreciendo algo diferente. Donde nos sintamos todos más reconocidos, más acogidos como individuos y más escuchados como ciudadanos.

Cuando este artículo vea la luz los líderes del G-20 (otra vez un club “informal” de amigos, sin representatividad ninguna) estarán reuniéndose en Londres para tratar, una vez más, de aportar soluciones. Hablarán de números, de paquetes de rescate, de sistemas financieros, de grandes operaciones empresariales… pero no es seguro que hablen de las personas. Y sin embargo, no saldremos de ésta si no las incluimos en la ecuación, una a una, con sus problemas y sus realidades. Todavía estamos a tiempo, hagamos que nos escuchen.

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