Hacia la reciprocidad en las relaciones migratorias

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España ha sido un país de récord en la última década en diferentes facetas, pero las migraciones se llevan la palma.

El balance migratorio cambió en 2002: por vez primera el número de personas nacidas en el exterior que residían en España era mayor que el de nacidas en España que residían en el exterior. Entre 2002 y 2007 España fue el país número uno en el crecimiento de la población inmigrante del mundo, llegando a superar el 10% sobre el total, muy por encima de la media europea.

Aquella etapa parece hoy bastante lejana y hemos vivido desde 1999 sucesivas reformas de las leyes y reglamentos de extranjería. Con el objetivo –fallido en todos los casos- de gestionar los flujos de una manera adecuada. Sin embargo, lejos de frenar la inmigración cuando las oportunidades económicas y de empleo eran elevadas, el establecimiento de políticas muy estrictas de control simplemente hizo más difícil la vida de cientos de miles de migrantes y, por cierto, también a quienes querían contratar sus servicios. La migración creció cuando las oportunidades de empleo eran reales y se ha detenido y revertido cuando esas mismas oportunidades se han terminado. El impacto de las leyes sobre los flujos fue, en el mejor de los casos, marginal y, eso sí, dichas leyes establecieron un marco que castigaba a las personas migrantes indocumentadas mientras hacían enormemente difícil acceder a una migración por vías regulares.
Pero la historia hoy es bien diferente: 2011 ha sido el primer año en que ha vuelto a cambiar el balance migratorio y volvemos a tiempos que hace poco creíamos olvidados: salieron más ciudadanos y ciudadanas españoles que extranjeros y extranjeras llegaron a nuestro país.

Obviamente, es el resultado de la falta de oportunidades y de la acuciante necesidad de poder trabajar, aplicar conocimientos y habilidades. Lo mismo que les ocurrió a quienes vinieron a España durante la última década. Las normas restrictivas que se establecieron, en particular con los países de América Latina a los que emigraron cientos de miles de españoles en la segunda mitad del siglo XX, resultaron difíciles de entender allí.

Hoy sabemos que Brasil o Perú, junto a Alemania, son destinos preferentes de la nueva emigración española. Y lo inmediato es que esta nueva realidad le cambia la cara profundamente a la visión y las estrategias con las que aproximarse a la migración. Entramos en lo que debe ser una nueva era en que las migraciones deberán abordarse desde una lógica de reciprocidad y de interés compartido, promoviendo el respeto a los derechos humanos y las oportunidades de seres humanos emigrantes y emigrados. Algo que debería haber ocurrido mucho antes, pero que hoy es ya ineludible.

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