Aviones y privilegios

Hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes” Esta estupenda cita de André Maurois aparecía publicada el día de Nochebuena en la pluma póstuma de Miret Magdalena, y a mí me sirve perfectamente para resumir mi gran aprendizaje de las pasadas navidades.

Porque ciertamente, como catástrofe me tomé inicialmente la noticia (recibida casualmente el día de mi cumpleaños) de que el viaje que llevábamos un año programando para que mi hijo Max conociera a su familia peruana se había quedado en nada. Igual que nuestro dinero y nuestras ansiadas vacaciones. Lo habéis adivinado: fui una de las afectadas por el fiasco de Air Comet. Y confieso que me sentí triste, impotente, indignada y rabiosa. Con la empresa que nos había estafado (y por supuesto con el directivo que nos culpó del desastre por haber confiado en ellos, hay que fastidiarse), con el gobierno que no lo evitó, con los amigos que habían comprado sus billetes con otras compañías, con todo el que me llamaba para solidarizarse… porque yo era la más desdichada del mundo, ¡y nadie podía venir a decirme que eso no era catastrófico!

Pero a medida que han ido pasando los días, he podido madurar la experiencia y verla desde ópticas muy diferentes. En primer lugar, porque todos los focos se concentraban en los viajeros, pero casi nadie reparaba en la situación de los trabajadores, que tras medio año sin cobrar su sueldo (¡medio año!) ahora se quedan en la calle, en un momento no precisamente esperanzador para encontrar un nuevo empleo. Unos días después, veía con cargo de conciencia las imágenes de los viajeros atrapados en Barajas, muchos con niños como mi hijo, que pasaron la nochebuena en frías salas de espera mientras nosotros disfrutábamos de una estupenda cena con toda mi familia. Y finalmente con auténtica sensación de privilegio, porque después de mucho dudar y de hacer algunas cuentas, decidimos comprarnos otro billete para mantener el encuentro con la familia al otro lado del charco. No hace falta que mencione a todos aquellos que no lo han podido hacer y tendrán que esperar cruzando los dedos a que llegue la devolución de un dinero que yo ya doy por perdido, mientras ahorran de nuevo euro a euro para poder ver a sus seres queridos.

Ciertamente, las sensaciones son de ida y vuelta y, tras esos días “zen” confieso que volví a pasar mis momentos de ira, por ejemplo cuando atravesábamos corriendo el segundo aeropuerto en el que hacíamos escala (el billete original era por supuesto directo) en un viaje agotador, con el niño a cuestas, su cochecito perdido desde el primer vuelo… ¡todo ello con un billete dos veces más caro y una semana más corto!

Sé que es filosofía barata, pero no puedo evitar pensar que los aviones son un buen reflejo de la propia vida. Unos pocos afortunados se suben, pero son muchos más los que se quedan fuera. De los que viajan, la mayoría lo hace en compañías baratas de asientos estrechos, peleando con los vecinos por un poco de espacio y rezando para que aquello no se mueva mucho. Eso sí, antes de llegar a su lugar tienen que pasar en medio de las cómodas butacas de primera, observando de reojo aquello a lo que nunca tendrán acceso.

Pero definitivamente, prefiero las reflexiones de Miret Magdalena. Él seguía diciendo en el mencionado artículo que “la buena vida sólo consiste en saber aprovecharse tanto de las cosas buenas como de las malas”. Hay catástrofes a las que es difícil encontrarle provecho, pero en muchas ocasiones, si lo piensas con calma, acabas avergonzándote de haber considerado una desgracia lo que, a la postre, no pasará de ser una anécdota más para contar.

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