La Navidad en la cárcel de Navalcarnero: solidaridad y esperanza

En Navidad los presos hacen presente la humanidad y la debilidad de un Dios tierno y jovial. Foto. Reuters

En nuestro portal de Navalcarnero un niño nos ha nacido y lo hemos encontrado recostado en las lagrimas de Juanjo, en los abrazos de Rolando, en las palabras de Rafa.

Celebrar la Navidad supone celebrar la humanidad de un Dios que viene a nuestro mundo, que acampa entre nosotros -como dice San Juan- y que se hace uno de los nuestros; es la ternura del Dios pobre y necesitado la que se hace presente en el misterio de Belén; y en la cárcel de Navalcarnero, lejos del bullicio y las luces de colores, lejos de la alegría vacía o de las reuniones familiares encorsetadas y de cumplimiento, se descubre un nuevo rostro del Dios entrañable y tierno que, en estos días, de nuevo hemos celebrado.

Siempre que pensamos en la cárcel y en los presos lo hacemos imaginándonos un lugar especialmente sórdido y unas personas especialmente desaprensivas e inhumanas. Cuando hablamos de la cárcel y de los presos quizá hemos oído frases como esta: “Cuando están allí, algo habrán hecho”; o, incluso, nos recomiendan a los que vamos allí que tengamos cuidado, porque en la cárcel hay de todo y no sabes lo que te vas a encontrar. O se nos dice que siempre les salvamos a ellos o que hablamos de ellos con cierta pasión y entusiasmo, que no parecen corresponderse con lo que ellos son: unos delincuentes. Y yo siempre respondo diciendo que hay gestos, expresiones de cariño y solidaridad que he visto entre “los supuestamente malos” que no he visto fuera, entre “los supuestamente buenos”. Gestos de preocupación por los otros, de estar pendiente de aquel que no tiene nada o, incluso, de estar pendientes de nosotros, los voluntarios y capellanes.

En la cárcel uno va descubriendo la grandeza y miseria de todo ser humano, junto con la experiencia profunda de un Dios pobre que sigue confiando en todos nosotros y que, además, cada día apuesta por nuestro cambio y nos llama “hijos”, hayamos hecho lo que hayamos hecho y hayamos vivido lo que hayamos vivido. Estaba pensando en gestos como los de Juanjo, un hombre de unos sesenta años, con muchos años de prisión a causa de la droga, pero un hombre íntegro y cariñoso que cada día me pregunta por Carmen, nuestra voluntaria que sufrió un paro cardiaco este verano. Cuando habla de ella dice que para él “es como una madre” y, al decirlo, se le llenan los ojos de lágrimas. Siempre me dice que reza por ella, que la necesita, que necesita verla y estar con ella… Las lágrimas de Juanjo y sus expresiones de cariño hacen presente al Dios pobre que hemos celebrado en esta Navidad, hacen presente la humanidad y la debilidad de un Dios tierno y jovial. Como dice Leonardo Boff, son lágrimas de alguien que sabe mucho de dolor pero también de solidaridad.

Pienso en abrazos como los de Rolando cuando, en cada Eucaristía, me pregunta por Carmen y me dice que le dé yo un abrazo de su parte y que cada día pide a Dios por ella. O en la ternura de Rafa, un hombre de sesenta y cinco años, ahora enfermo, que apenas puede caminar, pero que siempre me dice “da recuerdos a mi Carmen y dile que la echo de menos”. O cuando alguien pide perdón en la Eucaristía a su madre por el mal que siempre le ha causado o, con una sonrisa especial, te abraza y te dice “gracias por compartir conmigo este rato”. Son gestos de esperanza, de solidaridad y, desde luego, de Navidad; son gestos que nos hacen festejar y disfrutar de la auténtica Navidad: disfrutar del Emmanuel, del Dios con nosotros.

En esta Navidad hemos llorado juntos, reído, compartido, abrazado… y, sobre todo, nos hemos sentido unidos en torno al mismo Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos hace a todos hermanos e iguales; un Dios de vida y esperanza que se hace solidario en nuestro portal de Belén que es la cárcel de Navalcarnero; en aquel primer portal María y José cuidaban del Niño recién nacido y les llenaban de calor la mula y el buey; en el portal de nuestra cárcel todos nos damos calor, todos nos damos cariño, todos nos necesitamos y Dios cuenta con cada uno de nosotros para que cada día esa cárcel sea un lugar más humano, entrañable, tierno, digno y, sobre todo, justo.

La señal del Evangelio de San Lucas, “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, se ha hecho presente en cada uno de ellos porque ellos nos han manifestado el auténtico rostro de un Dios tan terriblemente humano que se ha hecho niño, hermano y amigo de todos nosotros.

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