Demetrio Velasco, doctor en Ciencias Políticas y catedrático emérito de la Universidad de Deusto, ha sido vicepresidente de la Comisión General de Justicia y Paz española. Pertenece al consejo de redacción de las revistas Iglesia viva y Papeles de Deusto. Vino a hablar en el Foro Gogoa sobre “Utopías, populismos y realismo político”.
Atendiendo al momento que vivimos usted se refiere a menudo a la “Crítica de la Razón Cínica”. ¿Por qué lo hace?
El cinismo es una falsa conciencia ilustrada. En esta crisis global, las instituciones políticas y financieras, algunas de ellas carente de legitimidad democrática, han impuesto un “fascismo financiero”. Defienden la absoluta prioridad de satisfacer las demandas de los acreedores y para ello aplican políticas de austeridad antidemocráticas e insolidarias. Así han hecho, literalmente, cierta la afirmación del papa Francisco, quien asegura que “esta economía mata”. Cuando, en situaciones críticas como la actual, los ricos y poderosos quieren legitimar su conducta, por criminal e irresponsable que sea, acaban siempre no solo exculpándose a sí mismos sino, además, responsabilizando y culpando a los demás. Banqueros, ejecutivos, empresarios, políticos y élites varias pretenden legitimar sus escandalosos comportamientos, sus provocadoras ganancias y sueldos, con el sofisma de que eso “es lo mejor para todos”. Y llegan a culpar a los más débiles: inmigrantes, pensionistas, trabajadores del sector público y beneficiarios del “indeseable” Estado de bienestar de poner en peligro, con sus demandas y exigencias, el “bien común”.
¿Qué consecuencias tiene todo eso?
Los economistas Stiglitz y Piketty han mostrado, con sólida argumentación y evidencias prácticas, que el abandono del ideal de igualdad y el crecimiento de la desigualdad están siendo una grave amenaza para las sociedades democráticas. El historiador Pierre Rosanvallon dice que se está dando una regresión histórica a perversiones democráticas que se dieron en el siglo XIX: se reduce al mínimo la igualdad, se estigmatiza a la gente trabajadora, se criminaliza la pobreza y se rechazan las formas de protección social. La visión neoliberal ha colonizado todas las esferas de nuestra vida real: nos reiteran, sin cesar, que “no hay alternativas” a este mundo en el que nos ha tocado vivir y nos empujan a aceptar que más vale asumir con resignación lo que hay que luchar de manera estéril para cambiarlo. Hay una estrategia de dominación que quiere llevarnos a un estado de “servidumbre voluntaria”. En nombre del “realismo político” se desprecia todo lo que no se ajuste a esta lógica y se menosprecia cualquier propuesta alternativa que proclame que “otro mundo es posible” descalificándola como “utópica” o “populista”. Hay un vaciamiento progresivo de la democracia y sus instituciones y una hegemonía indiscutible de las “leyes del mercado”.

¿Cómo se descalifica a la utopía?
Se repite que la utopía, falta de racionalidad, nos evade de la realidad y, además de inútil y estéril, es nociva porque sustrae energías necesarias para el razonable funcionamiento de la sociedad y, con frecuencia, genera derivas totalitarias y violentas. La llamada “globalización” nos recuerda que ya no es posible pensar que exista en ningún rincón del mundo un “no-lugar” que no esté colonizado por la “ley de mercado”. Estamos sometidos al dominio de la propiedad privada y del contrato social burgués, tal y como los presentó en el siglo XVII John Locke, padre del liberalismo clásico. Para los conservadores y beneficiarios netos del orden social vigente la utopía es una amenaza porque, con su crítica, deslegitima lo que hay y pretende instaurar un nuevo orden que pone en peligro sus privilegios.
¿Qué posición ha tenido la doctrina social de la Iglesia ante esa propiedad privada?
Siempre ha afirmado dos cosas: el destino universal de los bienes y que la propiedad privada es un derecho. Esa ha sido su gran ambigüedad. En la práctica, si se afirman las dos cosas, se privilegia el statu quo del contrato social burgués.
¿Cuál es la función de la utopía?
Franz Hinkelamert, economista y teólogo alemán, exponente de la teología de la liberación y de la crítica teológica al capitalismo y autor de una lúcida Crítica de la Razón Utópica reconoce que “la utopía acompaña a toda la historia humana” porque “sin utopía no hay conocimiento de la realidad”. La utopía es como la levadura que, aunque no sea suficiente para hacer pan, es imprescindible para que el pan sea bueno. Sin la utopía los seres humanos renunciarían a perseguir aquello que les dignifica, los ideales que permiten hablar de una vida humana digna en condiciones de libertad, igualdad y solidaridad. La utopía expresa la gran virtud humana de la esperanza que, cuando es capaz de soportar con paciencia histórica las contradicciones de lo real, se convierte en una mística de ojos abiertos.
¿Qué espacios puede ocupar hoy la utopía?
La utopía ya no puede ser un lugar espacial ilocalizable en los mapas. Debe adaptarse a sociedades complejas, radicalmente pluralistas. Hay que afrontar la necesidad de pensar en un mundo, secular y plural, no condenado a la deshumanización y la servidumbre. Hoy somos testigos de “nuevas utopías existenciales”. No faltan proyectos utópicos que, además de criticar la realidad existente y las instituciones que la organizan y legitiman, avanzan propuestas y soluciones sociopolíticas y jurídicas alternativas, sobre todo en los ámbitos de la economía solidaria, la participación política y la integración social. Los movimientos sociales que persiguen las utopías del feminismo, el ecologismo, el pacifismo, la lucha contra la pobreza y la desigualdad y la construcción democrática de las sociedades, han sido capaces de articular políticamente estas demandas, han influido en la agenda política, han frenado conductas neoliberales y han introducido debates públicos. Son utopías realistas que muestran que otro mundo es posible y desmienten que la historia haya llegado a su final.
¿Es posible construir una democracia global?
Enrique Dussel, filósofo, historiador y teólogo de origen argentino, naturalizado mexicano, mantiene que es posible una “política democrática global”. Debería reunir tres condiciones. La primera, tener la suficiente verdad práctica para garantizar la reproducción de la vida de cada ser humano y del entorno que la posibilita. La segunda, gozar de la suficiente validez política, por estar legitimada democráticamente, es decir, por ejercerse mediante el derecho y las instituciones democráticas. Y la tercera, presentar una razonable factibilidad práctica, o sea, que se pueda realizar en las condiciones concretas de espacio y tiempo en el mundo entero. La democracia constitucional, cabalmente entendida, la que busca garantizar la vida, la libertad e igualdad de todos y cada uno de los seres humanos, sigue siendo un ideal sociopolítico irrenunciable, la utopía “realizable” de nuestros días, por la que merece la pena seguir luchando contra viento y marea. Todavía no ha nacido nadie, ni nadie nacerá en el fututo, con derecho a ser dueño legítimo de nadie.
¿Democracia representativa o directa?
La historia se ha encargado de poner en evidencia que el autogobierno del pueblo soberano solo ha logrado traducirse en la práctica mediante un “gobierno representativo”, pese a la gran dosis de elitismo y oligarquía que ese sistema conlleva y genera. La democracia representativa ha demostrado que sus instituciones y el gobierno ejercido desde ellas son compatibles con sociedades profundamente desigualitarias y excluyentes. Una gran parte de los individuos y grupos sociales que las conforman apenas se sienten representados y partícipes corresponsables. Algunos representantes acaban saliéndose del pueblo y convirtiéndose en mandarines. Pero no debemos desconocer las virtualidades del sistema representativo. Tampoco hemos de ignorar las contradicciones y dificultades de la democracia directa. Pero sí podemos y debemos aceptar todos aquellos elementos que permitan un ejercicio más real de representación y una participación popular en la democracia.
Hay un auge de los populismos, de derechas y de izquierdas. ¿Cómo ve este tema?
Creo que populismos hay muchos. A mi entender, populismos de derechas son aquellos que consideran al pueblo en clave excluyente, con características de desigualdad y racismo. Pero, un pueblo, para que sea democrático, ha de ser cuanto más inclusivo mejor. La mayoría es un criterio que nos puede acercar a la idea democrática de lo que es un pueblo, pero la mayoría no es nunca el argumento último de legitimidad y de validez; tiene que tratarse de una mayoría construida democráticamente, mediante consenso. Para mí, populismo de izquierdas es el que considera que pueblo es una realidad que tenemos que estar construyendo continuamente, igual que la democracia, que no es una realidad estática, sino un proceso. La pregunta que me hago es: ¿quién es el pueblo para esos que denuncian a otros como populistas? Y otra pregunta importante: ¿cómo se puede cambiar la voluntad real de la gente que llamamos pueblo en una voluntad razonable que se toma en serio las causas que merecen la pena? Es preciso hacer un camino largo y laborioso que exige paciencia, educación cívica y práctica responsable en derechos y deberes, en que cada persona pondere con una conciencia esclarecida la calidad democrática del voto que emite y desarrolle un compromiso de presencia política continuada y de control de quienes ha elegido.
Se echa de menos la construcción de verdaderos consensos democráticos ¿Hay método para construirlos? ¿Cómo hacerlo? Porque, en una sociedad plural como la nuestra, es fácil acercarse a quien es diferente pero se nos parece algo; pero, ¿cómo acercarnos a quienes son absolutamente diferentes?
Los consensos se construyen aprendiendo a consensuar. Ante todo, al ir a consensuar cualquier cosa, debemos ponernos de acuerdo en los procedimientos, en los procesos, que son sustantivos en democracia. En segundo lugar, debemos educar nuestra voluntad para dejar de ser individualistas, “propietaristas”, consumistas, indolentes y cínicos. Plantearnos que todos somos bastante miopes y egoístas, ponernos en el lugar del otro y pensar, cuando cada uno defiende lo suyo, qué pasará mañana con el interés de todos. La escuela del consenso pasa por la comuna, porque donde se aprende de verdad a hacer política es en el ámbito comunal, municipal; pero con cuidado, porque ahí se controla de cerca la realidad y la realidad mancha siempre. Y la gran tarea es la educación, para aceptar el pluralismo social. Nuestro país tiene en este aspecto un gran déficit, porque, en casi todos los ámbitos (político, social, cultural y religioso) ha considerado siempre el pluralismo como una patología que había que reconducir hacia una forzada unicidad, hacia el redil de la unidad, de lo homogéneo, de la ortodoxia, porque la diversidad genera conflicto. Lo que hay que hacer es tener los recursos suficientes para asumir, racionalizar y humanizar el conflicto y aprender a vivir con otros desde el reconocimiento y el respeto.
No siempre es deseable el consenso. Porque se da una correlación de fuerzas y llegar a acuerdos con el capitalismo es muy difícil. Nadie regala nada, hay que ganarse a pulso las conquistas sociales.
Es obvio que hay consensos fácticos, como el del capitalismo como sistema, que no son deseables. Existe un darwinismo social que acaba imponiendo consensos donde la dignidad la da el más fuerte y la adjudica el más competitivo y hay mucha gente que se queda sin dignidad. Pero hay una opción clara: defender la vida y la democracia factible como utopías razonables. La dignidad de lo humano no puede pasar por el darwinismo social. Hay un pensamiento social, peligroso y rechazable, que defiende, con mucha fuerza, que la desigualdad estimula la diferencia y la competitividad, de tal forma que saca lo mejor de los mejores. Sí que es verdad que la competitividad hostil saca a menudo lo mejor de los mejores, pero no se añade que eso se consigue por la vía de la fuerza y de la exclusión de los débiles. Yo no creo que la dialéctica libertad-igualdad pase por la igualación de todos a la baja, es decir, considerando la democracia como servidumbre, como despotismo de una mayoría que no se estimula para sacar lo mejor de sí mismo. Hay un riesgo, en sociedades masificadas, de que nos igualen a la baja. El anarquismo tiene el ideal utópico de una sociedad de seres humanos diez, una aristocracia de iguales que haya desarrollado lo mejor de cada individuo y en todo; eso parece imposible. Por eso es deseable únicamente un consenso democrático, que tiene que tener calidad democrática. Hay que conseguir un acuerdo de mínimos que garantice a todos la capacidad de reproducir la vida, el respeto de nuestra autonomía y libertad y el justo reparto de bienes para cubrir todas las necesidades básicas.
En el actual sistema dominante neoliberal que penetra en todas las esferas de nuestra vida real, ¿qué podemos considerar ahora como bien común? ¿Cómo podemos saber que estamos defendiendo el bien común?
Cuando yo era estudiante, al tratar sobre el bien común, nos decían que había que distinguir tres cosas: el bien común, el bien del común y la comunidad en el bien. Son cosas distintas. La cuestión clave es el espíritu de comunidad en el bien. El bien común no es algo cuantitativo, sino cualitativo: solamente es solidario el que se reconoce en el diferente. Ahora, con la llegada del extranjero, con la presencia del extraño, hemos empezado a pensar en estas cuestiones. Hemos de aprender que el diferente tiene derecho a nuestra indiferencia, a que vaya por la calle y no nos volvamos diciendo: “Mira, ahí va ese”. El pluralismo viene cuando alguien llega con otra moral y “te toca la moral”. Construir bien común es tener espíritu de comunión, avanzar en un diálogo plural para construir juntos algo que merezca la pena para todos.
