Por Mª Teresa de Febrer.

Ilustración Pepe Estudioja

El otoño llegó y nos acompañará unos meses con temperaturas frescas, días cortos, las actividades escolares a pleno ritmo y la vuelta a la cotidianidad de quienes pudieron disfrutar de vacaciones. Todo esto se ha producido  en un ambiente generalizado de incertidumbre ante lo que pueda ocurrir a corto, medio y largo plazo, incertidumbre que invade los ámbitos económicos, sociales, políticos o medioambientales. En vano buscamos proyectos transformadores y, al no encontrarlos, caemos en una especie de inactividad soporífera.

Hace unos días, al calor del artículo titulado “Otro fin del mundo es posible”, del escritor Manuel Rivas, publicado en El País Semanal, he recordado el nacimiento del movimiento altermundista, hace ya un par de décadas -¡nos suena tan lejano!- que proclamaba que otro mundo era posible y muchas personas convencidas así lo manifestamos en los cuatro continentes. Fue una consigna, como señala Manuel Rivas “que agitó con optimismo el comienzo de siglo y que tuvo su momento más floreciente en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, en 2001. Era el contrapunto al sarao liberal que entonces era Davos donde se jaleaba la globalización como una locomotora imparable por las curvas del mundo, sin que nadie pensara en el maquinista y el sistema de freno. En Davos reinaba la excitación. En Porto Alegre, la esperanza”. [1]

Actualmente, sigue reinando la excitación y se ha desdibujado la esperanza de que otro mundo es posible, otro mundo en el que la solidaridad prevalezca frente a la desigualdad y la injusticia para que la dignidad de todas las personas sea reafirmada mediante el reconocimiento de sus derechos fundamentales. ¿Nos suena todavía hoy? Apenas. El teólogo Leonardo Boff afirma que, además de la solidaridad, hay que poner en el primer plano de nuestras vidas el cuidado, la justicia y la responsabilidad universal porque todas las personas debemos asumir juntas “el destino de la casa común o vamos a recorrer un camino sin retorno”. Joaquín Estefanía habla de “solidaridad social” para hacer frente a las grandes transformaciones que están alterando radicalmente nuestra sociedad. En determinados reductos casi exóticos se mantiene vivo ese discurso en un intento desesperado de eliminar el catastrofismo, el pasotismo, el individualismo… y tantos “ismos” que están desembocando en un pesimismo paralizante.

Como afirma Manuel Rivas en el artículo citado anteriormente “Del ilusionante otro mundo es posible hemos pasado al pretraumático otro fin del mundo es posible” haciendo referencia a un libro de reciente aparición en Francia, titulado Une autre fin du monde est posible. Sus autores, Pablo Servigne,Raphaël Stevens y Gauthier Chapelle afirman que la situación crítica que vive el planeta es evidente y para afrontarla hay que abrir nuevos horizontes, cambiar de rumbo; para ello es necesario que interioricemos la realidad que nos envuelve, incluso nos incapacita, y procedamos a cuestionarnos seriamente nuestra visión del mundo[2].

En efecto, nuestra acción o nuestra omisión marcan las actitudes vitales personales frente a la incertidumbre dominante y, en lugar de preguntarnos qué debo hacer yo, deberíamos plantearnos qué debo cambiar en mi propia vida para dar la respuesta adecuada a los desafíos cotidianos. Acción y no omisión podría ser un eslogan para crear planes concretos con la finalidad de recuperar fuerzas, superar la parálisis imperante e iniciar una ruta hacia el rescate de valores imprescindibles, empezando por la solidaridad.

Mª Teresa de Febrer

Septiembre de 2019


[1] https://elpais.com/elpais/2019/09/02/eps/1567426765_227569.html

[2] http://www.seuil.com/ouvrage/une-autre-fin-du-monde-est-possible-pablo-servigne/9782021332582