Las chicas se hacen selfies sonrientes bajo las concertinas. Algunas se han maquillado para la ocasión. Lucen sus mejores galas, unas con camisetas con corazones brillantes donadas por las ONGs y otras con coloridas telas africanas o afganas que han conseguido salvar en su migración. De las alambradas cuelgan imágenes de mujeres notables que han hecho historia defendiendo los derechos humanos de las mujeres, junto a fotos de chicas de múltiples nacionalidades que habitan el inhóspito campo de Vial en la bella isla griega de Chíos frente a la costa turca. Un lugar que se asemeja más a un campo de concentración que a un espacio de refugio.

En el asfixiante contenedor denominado “espacio seguro para las mujeres” se aglutinan mujeres del centro y cuerno de África junto a las de medio y lejano Oriente que han huido tanto de las guerras y conflictos que asolan sus países como de las tiranías patriarcales que devastan sus vidas. Al lado se ha habilitado un corralito para que jueguen los críos con las voluntarias que han organizado esta celebración por el Día Internacional de las Mujeres.

Ayudadas por las intérpretes de árabe, farsi, inglés y francés conversan sobre la posición que ocupan las mujeres en sus países y sobre sus derechos inalcanzados o vulnerados. Comparten algunas de las condiciones de vida que las hicieron dejar sus familias y comunidades e iniciar una travesía de miles de kilómetros y peligros hasta llegar a esta isla. Tan alejadas de su mundo y al mismo tiempo confiando estar un poco más cerca de lo que más cuenta en estos momentos para ellas, su seguridad y la oportunidad de mejorar sus vidas y encontrar un espacio en paz donde poder sentirse libres.

Muchas mujeres han huido solas de los fundamentalismos o del terror de la yihad o de Boko Haram para seguir sufriendo en muchos casos en la larga travesía los abusos, torturas y violaciones que experimentaron ya en sus países. Algunas llevan aun en sus vientres el fruto de las violaciones. Otras han parido por el camino o a su llegada en patera, a veces adelantado a su tiempo por el estrés del contexto. Pero, a pesar de las historias que erizan la piel de quien las escucha, hoy hacen gala de la resiliencia que las ha mantenido vivas, sonriendo ante sus teléfonos móviles, riendo y bailando como si estuvieran en alguna fiesta de sus lejanas comunidades de origen.

Mientras ellas bailan salimos a la costa a la llegada de una patera que trae a más personas en busca de refugio en esta isla. Una vez más encontramos mujeres y hombres de todas las edades con expresiones asustadas y cuerpos empapados. En ellas y ellos se mezcla la sensación de alivio por haber sobrevivido a una odisea que pocos hubiesen imaginado, con la incertidumbre de lo que les espera. Son de Siria y Palestina. Vienen dos mujeres jóvenes embarazadas que se tocan la tripa y no les salen las palabras. ¿Cómo será este nuevo mundo en el que les tocará traer a su criatura? Nos lo preguntan con la mirada. Las vemos y las reconfortamos también con la mirada y el tacto. Tranquila, que has llegado hasta aquí y estás viva y tu criatura va a nacer bien. Ni sabes que hoy es el día de las mujeres pero nosotras celebramos que estás aquí.

En la tarde, de regreso de la arribada de la patera y pasada ya la pequeña fiesta en el campo, llegan algunas mujeres a la clínica con sus bebés con fiebre, otras con ese dolor de cabeza e insomnio que no las abandona. Llega la joven afgana de sonrisa triste, embarazada de su cuarto hijo, que no recuerda exactamente su edad y refiere un dolor constante de garganta porque no puede llorar. También la muchacha eritrea que fue soldada y futbolista y llora desconsolada porque el dolor crónico de las viejas heridas no la permitirá jugar nunca más. A veces el único tratamiento que podemos ofrecer para el dolor del alma de estas valientes mujeres es la escucha y los abrazos sororarios.

Al final del día llega una madre siria con tres niñas vivaces con alguna infección respiratoria y unos cuantos piojos, padecimientos comunes a las condiciones de hacinamiento en las que viven. Son las niñas que nos saludan todos los días cuando llegamos al campo coreando un “how are you” entre risas y carreras en chanclas por el barrizal a lo largo de la alambrada. Hoy nos sueltan más palabras en inglés. Aprenden rápido a relacionarse y a sobrevivir a este infierno que ellas convierten en un lugar más acogedor. Estas niñas nos dan la fuerza y representan todo lo que merece la pena en el día a día de la lucha por los derechos de las mujeres y las niñas en cualquier lugar del mundo. 

Ángeles Cabria

Enfermera voluntaria de SMH