Jóvenes indígenas en el Alto Urubamba: Realidades e incertidumbres

La selva ocupa más de la mitad del territorio peruano. Sin embargo, poca gente conoce la realidad de las comunidades indígenas de esta zona, cuyos problemas no solo son económicos y ecológicos, sino también de tipo social y cultural; tan vigentes hoy como lo fueron hace más de un cuarto de siglo.

La comunidad nativa machiguenga de Alto Koribeni muestra sus primeras viviendas de madera tras dejar atrás un escarpado camino, en cuyo margen se dibuja el paisaje de la ceja de selva de La Convención, una de las trece provincias del Cusco.

Roger Aparicio junto a Remigio Llanos

Vegetación exuberante, altos platanales, cerros cubiertos de árboles. En una casa que funciona también como bodega, un joven sin camiseta nos recibe con una botella de gaseosa y unos vasos de plástico descartables.

El hijo de Roger Aparicio Peñarreal espera con una mueca aburrida que su padre termine de negociar con dos funcionarios de una entidad bancaria el préstamo de un crédito para llevar adelante una chacra de café. El café peruano es famoso en el mundo y el de La Convención ha llegado a más de 20 países de Europa.

Pero ahora Roger no está tomando café. Se sienta a compartir un vaso de gaseosa y, con una sonrisa, recuerda cómo antes del primer cuarto del siglo pasado, los machiguengas vivían en comunidades dedicadas a la caza y la pesca.

Antes éramos recolectores, casi nadie se dedicaba a tener chacras como ahora. Usted iba al río y se encontraba allí con los paisanos metiendo las manos bajo las piedras para sacar las carachamas. Luego iban al bosque de donde recogían los frutos”.

A cinco kilómetros de Alto Koribeni está la misión fundada en 1918 por el padre José Pío Aza. Gracias a la intermediación de los dominicos se adjudicaron unas catorce mil hectáreas a las comunidades nativas y fue a partir de los años 70, con una fuerte migración de andinos, que la forma de vida de estas poblaciones empezó a cambiar.

Uno de los primeros colonos que llegaron en esa época a la comunidad fue, precisamente, el padre de Roger Aparicio.

Fruto de un matrimonio mixto (padre quechua, madre machiguenga), Roger quiso conocer la realidad de su pueblo amazónico y se unió al COMARU (Consejo Machiguenga del Río Urubamba), institución para la defensa de 18 comunidades nativas en el Alto Urubamba.

Solo en Cusco hay cerca de 940 comunidades. En La Convención, provincia de restos arqueológicos, terroristas ocultos en la vegetación y frecuentes huelgas (campesinas, de maestros, por empleo o en protesta por la industria gasífera) están las tres cuartas partes de toda la población machiguenga.

Pero aquí la cushma (traje largo de una sola pieza, propio de su cultura) o la calabaza de masato (el tradicional macerado de yuca) ya son cosas del pasado.
[quote_right]Las comunidades han sido víctimas de la “occidentalización”: un futuro distinto para el que no están preparados[/quote_right]
Roger Aparicio reconoce que las comunidades han sido víctimas de la “occidentalización”, con tasas de colonos que alcanzan en Koribeni hasta el 30%. Con la pérdida de la identidad cultural y la relación con personas de fuera de ese contexto, los y las jóvenes ven en la salida de la comunidad una forma de mejorar su calidad de vida.

Un futuro distinto para el que muchas veces no están preparados.

¿La salida o el escape?

Los jóvenes quieren salir de sus comunidades y el porcentaje muestra una tendencia del 75%, frente a un 25% que quiere quedarse”.

Roger mira su camiseta manchada por las labores del campo y sus jeans y deja escapar una risotada. “Ni siquiera yo visto con el traje tradicional y solo lo uso para desfilar. Ahora los machiguengas se están dedicando a la agricultura y se compran sus cervecitas. La tradicional masatada que se hacía en las celebraciones ya no la encuentras”.

La terraza de la bodega de Roger Aparicio sirve de refugio para las inclemencias del sol y de los insectos que dan vueltas en el espacio abierto donde ya no es posible ver cabañas redondas hechas de palma y paja.
[quote_left]Las gaseosas y cervezas, la dieta andina y la gastronomía “criolla” se ha posicionado como su menú principal.[/quote_left]
Una bolsa de plástico con papas fritas sirve de muestra de lo que es la nueva alimentación de los nativos, quienes solían dividir su dieta entre carne, pescados como la carachama y yuca. Hoy día las comunidades suelen poseer chacras comunales donde cultivan café, achiote, cacao y, en menor proporción, maní, plátano y maíz. En sus mesas es cada vez menos usual ver la tradicional patarashca de pescado. Junto a las gaseosas y cervezas, la dieta andina y la gastronomía “criolla” se ha posicionado como su menú principal.

El mundo ha cambiado y la última década favoreció un nuevo paradigma en la mentalidad del machiguenga, que ve cómo -gracias a beneficios educativos estatales, como el programa “Beca 18”- sus hijos acceden a una educación superior gratuita; pero en Lima, a más de 910 kilómetros de esta selva que limita con el Parque Nacional del Manu, donde se ubican las reservas indígenas machiguengas en aislamiento voluntario (llamados “no contactados”).

En Koribeni nadie va con taparrabo. No usan flechas, penachos ni pieles de serpiente. No son hostiles. Más bien hay cierta actitud pacífica que puede ser el origen de algunos de sus problemas frente a un mundo occidental que los rodea, les da trabajo y los envuelve en sus costumbres.

Gran parte de los machiguengas profesionales se encuentran en las ciudades. Los padres deben estar orgullosos de que los hijos emprendan vuelo, pero con el compromiso de que vuelvan a hacer algún trabajo social o para cerrar negociaciones con las empresas; queremos una persona que esté al día con las leyes y las normas orgánicas para que no nos engañen”, continúa Roger.

Estudiantes de las comunidades nativas en Echarati.

En Lima, una ciudad ruidosa, agresiva y caótica, los mejores estudiantes de Koribeni cambian los paisajes verdes de cielo azul por el tránsito, la vista de altos edificios y el cielo ausente de nubes. Llegan para vivir en internados de estudiantes o para hacerse una vida por sí mismos.

Pronto, el hijo de Roger Aparicio será mayor de edad y tendrá que elegir entre dedicarse a la agricultura en su comunidad o llevar una carrera profesional. El problema –remarca su padre– es que muchos se conforman con un oficio menor.

Algunos, sobre todo las chicas, simplemente cogen sus cosas y se marchan del pueblo sin avisar a su familia. En la carretera esperan que cualquier auto o camioneta pase y se suben sin saber con quiénes se van.

Escapar de esta forma puede conducirlas a condiciones cercanas a la esclavitud que no se esperan.

(*) Extracto del reportaje publicado por el Centro Cultural José Pío Aza. La versión completa está disponible en su página web http://www.selvasperu.org/

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