Cuando uno recibe una mala noticia lo primero que se le ocurre es gritar y, los que somos creyentes, quizás gritamos a Dios. Le gritamos desde la impotencia y el desconcierto, le gritamos porque no entendemos nada y, sobre todo, por qué las cosas siempre les pasan a los mismos. “Desde lo hondo a Ti grito, Señor. Señor escucha mi voz”, son las palabras del Salmo y son palabras que voy haciendo mías desde que me dijeron, como todos escuchamos por televisión, la noticia de que un chaval de la cárcel de apenas veintitrés años se había suicidado en una de las celdas de aislamiento de la prisión. Cuando me lo comunicaron, una vez más pensé: ¡Cuánto dolor, Señor! Cuánto dolor a veces para nada, cuánto dolor el que aquellos muros y aquellas rejas guardan. ¡Cuántas lágrimas derramadas y en la mayoría de las ocasiones para nada! Siempre pensé que el dolor estaba en otros sitios, nunca imaginé que en la cárcel se pudiera sufrir tanto, pero también es verdad que hay esperanza.

Conocí a Jose, “malavida” como le llamaban en la cárcel. Era un “niño grande” que a menudo se comportaba como un niño pequeño sin ser capaz de seguir hacia adelante. Su historia es como la de muchas personas que ya desde su nacimiento vienen marcadas y su trágico final parece que estaba también ya anunciado. José murió como había vivido toda su vida, ansiando y buscando una vida feliz, como la que buscamos todos, pero que él jamás encontró.

Su vida nunca fue fácil. Su madre, también en la cárcel, acabó como él: suicidándose. De su padre nunca se supo. Se enamoro de una casi adolescente con quien tuvo un hijo, que ahora también será carne de cañón para siempre. Esta era su única familia.

Unos días antes tuvo una pelea con un compañero, lo que le costó ir a la celda de aislamiento o celda de castigo, pero con la terrible negligencia de dejarlo solo. Existe un protocolo de suicidio que consiste en estar siempre acompañado para evitar lo peor. Pero ese día el castigo pudo más y lo dejaron solo. Y en su soledad y aislamiento, buscó la felicidad que nunca tuvo acabando con su vida.

Era un chaval complicado, conflictivo, pero en el fondo y quizás lo único que necesitaba era un poco de cariño.

Ahora el Padre seguro que lo ha acogido y estará dándole ese cariño que aquí nunca tuvo.

Cuando llegué al tanatorio todo eran preguntas, desolación y abatimiento. Allí estaba, tumbado sin vida y casi reclamando de nuevo nuestra ayuda. Me acerqué, pero no podía rezar por él, ni pensar ni decir nada. Era como si de pronto algo me hubieran arrancado. Y, eso sí, maldije una y otra vez, como en estos días siguientes, aquel infierno que se llama Navalcarnero, maldije aquella “fábrica de dolor”. Sólo me aliviaba cuando pensaba que en esa fábrica he conocido quizás a grandes personas y me siento querido y abrazado como jamás me he sentido en mi vida. Recordar esos abrazos y ese cariño que cada día recibo me hacía pensar y sentir que merece la pena seguir allí, aunque a veces sea sólo para acompañar desde el dolor tantas vidas destrozadas, machacadas y humilladas.

Una vez más esto se puede entender desde una fe que supone situarse ante el Misterio y sólo contemplar desde el silencio más absoluto. Contemplar el silencio del Dios crucificado en el rostro de aquel “joven niño” muerto sin haber podido disfrutar apenas de la vida. Contemplar en la cruz de José la cruz del mismo Jesús y sus palabras “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y desde ese silencio pedirle al Dios de la vida que nos haga cada día más sensibles a todo esto, y que sobre todo intentemos por todos nuestros medios cambiar esa “fabrica de dolor” en “fábrica de esperanza y de sueños”. Sí, de sueños, porque el sueño de José era tener una familia y sentirse querido por ella, pero nunca lo consiguió. Ahora el sueño nuestro tiene que ser hacer que Navalcanero sea una fábrica de humanidad, intentar que la cárcel no destruya sino que humanice.

Ahora miro al cielo y descubro que entre las estrellas que brillan está también su estrella, la de José. Alto, guapo, bien puesto, “todo pintado con tatuajes”, pero lleno de vida; y esa vida es la que ahora ha recobrado para siempre junto a Dios.

Todos nos preguntamos si no se podría haber evitado esta muerte, en qué fallamos todos para que sucediera. Porque quizás todos tenemos parte de responsabilidad por no estar demasiado pendiente de él.

En los módulos guardaron un minuto de silencio pidiéndome que tuviéramos una misa especial por él. La cárcel se revestía de humanidad y de dolor ante semejante hecho. Los barrotes y los muros de hormigón de este infierno se iban transformando y llegaban incluso a perder cierta hostilidad.

Recuerdo las palabras de Monseñor Romero al pie de la tumba de su amigo Rutilio y después de tanto asesinato en el Salvador de finales de los setenta: “Yo no puedo más, hazlo Tú”.

Hasta siempre José, desde aquí yo también te abrazo y le pido a Dios que intercedas por nosotros. Ahora tienes un puesto de privilegio muy especial y ya por fin puedes sonreír definitivamente

A partir de hoy, cuando rece al Padre y abra mi corazón, como dice el obispo Pedro Casaldáliga, también aparecerás en mi oración tú y tu hijo. Ojala que el Padre, que desde antes de que nacieras soñó contigo, haga que tu nombre se pueda cambiar para que ya no seas “el malavida” sino para que ahora disfrutes para siempre “de las verdes praderas del Reino”, junto a Jesús nuestro Buen Pastor. Y ojalá que nosotros también cada día nos comprometamos como creyentes en medio de tanto dolor, para poder hacer de esta cárcel un lugar no de martirio sino realmente de reinserción y de hombres nuevos.