Entre costuras y sueños

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Ilustración; Cris Ghenseva
Ilustración; Cris Ghenseva

Aunque mi madre era modista, nunca me enseñó a coser. Estaba convencida de que la mujeres teníamos que hacer otras cosas en la vida y para eso cosía y cosía y, mientras lo hacía, alimentaba y se gozaba con mis sueños de adolescente que quería ser abogada o escritora. Quizá por eso siempre me ha fascinado el arte de la costura, el milagro de la aguja y el hilo, del pespunte y los hilvanes, la destreza de asegurar que los botones no se te van a caer en el momento más inoportuno y la habilidad de recomponer cremalleras o sustituirlas por otras nuevas, aunque tenga un gran déficit en todo ello que, por más que lo intento, no consigo superar. Pero la vida da muchas vueltas y ahora convivo con una compañera que, entre sus muchas habilidades, posee el arte de la costura y el patchwork, de modo que con aguja e hilo transforma retales viejos y aparentemente “inservibles” en cojines, bolsas, manteles o camisas increíbles y lo hace con la naturalidad y la sencillez de creer que su tarea es insignificante.

Cuando veo la agilidad de sus pies y sus manos controlando la máquina de coser alimento otros sueños muy distintos a los que tenía cuando era pequeña: una pequeña cooperativa de hombres africanos y mujeres banglas haciendo arreglos de ropas, para gentes a las que, como yo, arreglar una cremallera les resulta un enigma. Un pequeño taller de confección y venta de ropa de diseño con tejidos étnicos y una marca “mantera” patrocinada por Richard Gere o Susan Sarandon con el lema: “Yo también apoyo a los manteros”. O el sueño de acabar con todos los talleres textiles en los países del sur mantenidos con mano de obra esclava de mujeres y niños y que suministran a las grandes marcas y sus transnacionales sin que esto sea considerado delito.

Quizá por todo eso una de la metáforas que me resultan más sugerentes para referirme al misterio de amor y dignidad en el que somos, nos movemos y existimos (Act 17,28) es la del Di-s costurera. Una imagen, por otra parte, bastante desarrollada por autoras feministas como Mari Harris para narrar la acción creativa y cuidadosa de Di-s en la historia y su provocación para entrar en complicidad con ella:

“Dios nuestra Madre, está sentada y llora. El maravilloso tejido de la creación que había tejido con tanta alegría está mutilado, desgarrado, hecho jirones y su belleza, devastada por la violencia. Pero he aquí que se dispone a reunir los jirones para tejerlos de nuevo. Reúne los jirones de nuestras tristezas, las lágrimas, las frustraciones, el dolor, la ignorancia, las violaciones, la muerte. Y reúne también los jirones del trabajo duro, la compasión de muchos corazones, las iniciativas por la paz, las luchas contra la justicia (…) y nos invita a sentarnos a su lado, a tomar parte en su trabajo, a participar en la tarea jubilosa de volver a tejer junto a ella el tejido de la nueva creación”.

También el Evangelio habla de agujas y costuras, recordándonos que no se puede remendar un paño nuevo en vestido viejo, porque tal remiendo tira de lo nuevo y se rompe el paño (Mt 9,17). Quizá por ello este curso que estamos iniciando es un buen momento para plantearnos qué puntadas queremos echarle al tejido del Reino en nuestro aquí y ahora, conscientes de que estamos viviendo un tiempo de oportunidades que hemos de aprovechar para forzar un cambio de giro en la sociedad civil y en la Iglesia, largamente esperados y gestados entre muchas adversidades y resistencias. Tiempos de oportunidades que hay que apoyar, haciendo propuestas y buscando cómo hacerlas viables, pero también sin perder el sentido crítico y generando contrapoder para que quienes sí nos representan sigan haciéndolo y no terminen cediendo a las presiones de los grupos más hostiles a los cambios y defensores de su statu quo.

Por eso tenemos que seguir empeñadas y empeñados en echar puntadas fuertes en el tejido de la cultura del encuentro y del cuidado. Nuestros barrios, están hambrientos de acogida, de hogar, de reconocimiento. Aunque la globalización nos abre a nuevas perspectivas convivenciales, está suponiendo también en sus aspectos más negativos la demonización del diferente y la ideología de la seguridad y la sospecha a cualquier precio. La acogida y la hospitalidad son hoy, más que nunca, un signo profético que requiere tiempo, cuidado, discernimiento, calidad y apuesta gratuita por ello. Acoger es abrir el espacio y el tiempo al encuentro con otros/as diferentes y hacerlo desde una actitud de reconocimiento y mutua necesidad, lo cual nos lleva muchas veces al esfuerzo de intentar sentir y pensar desde donde no estamos, a suspender juicios, a arriesgar en el diálogo y a aceptar lo que el otro quiera ofrecernos, a no imponer ritmos sino a ir detectándolos. Acoger nos complica la vida e implica riesgos, porque la acogida es también política y nos posiciona en los ambientes.

Esta puntada requiere hilar muy fino en el tejido de las relaciones, porque la relación es la puerta de entrada a la organización y porque la política más poderosa es la que se sostiene en el amor y en la fuerza de los vínculos. Por ello hemos de ser tercas y tercos en el empeño de confeccionar relaciones inclusivas y de igualdad, cuidando la reciprocidad y superando las asimetrías que se nos imponen: personas con papeles/sin papeles; autóctonos/migrantes; creyentes/increyentes; mujeres/varones; musulmanes/cristianos; refugiados /inmigrantes, etc. Hay que seguir echándole ahínco a la tarea de tejer ciudadanía activa y crítica, cuidando el empoderamiento y el protagonismo de las personas y colectivos más vulnerados en su derechos y tejer de la diversidad comunidad, desde el compartir sueños, luchas, saberes, etc.

Otra puntada imprescindible es la apuesta por la reciprocidad, la mutualidad y la disposición a entrar en dinámicas hondas de compartir. Compartir es partir con. Esta preposición es fundamental para comprender su significado. Es muy distinto partir algo para otro que partirlo con otro. Compartir conlleva participar de un universo y cotidianidad común, supone reciprocidad. Quien comparte se hace compañero y compañera, no es un ayudador. Las palabras “compañero” y “compañera” vienen de cum-panis, palabra que evoca comer el mismo pan, es decir, participar de la misma vida, del mismo sueño. Compartir es “yo doy de lo mío” (lo que tengo, lo que soy) y “tú das de lo tuyo” (lo que tienes lo que eres). Es alteridad y mutualidad. El poder de dar y el poder de recibir es el dinamismo de la humanidad que nos permite sobrevivir como género humano.

Otra técnica con la aguja y el dedal que nos es imprescindible no olvidar en este inicio de curso es que la vida se teje más al hilo del proceso que el de los planes y esto nos pide entrar en una nueva compresión y relación con el tiempo, más cualitativa que cuantitativa, más como kairos, que como cronos. Es decir, más vinculada al acontecimiento, al encuentro y a los pequeños cambios cotidianos que a los ritmos de las agendas ansiosas y los planning, que terminan por devorarnos y devorar porque las transformaciones más radicales de nuestra vida -incluidas las históricas- son más carrera de fondo que de velocidad. Pues a enhebrar agujas a y a seguir tejiendo en colectivo al hilo del sueño de Dios que nos habita.

Autoría

  • Pepa Torres

    Teóloga y religiosa Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, vive en una comunidad intercongregacional en el madrileño barrio de Lavapiés. Allí apoya los movimientos sociales y la defensa de los derechos humanos, especialmente desde la Red Interlavapiés. Escribe en alandar la sección "Hay vida más allá de la crisis".

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