Por Mariam del Toro

La editorial La Vorágine publica el primer poemario de Miguel Ángel Vázquez, escritor y director de Alandar. Un libro marcado por su experiencia vital en la Honduras del golpe de Estado y prologado por Bertha Zuniga Cáceres, hija de la activista asesinada en 2016 Berta Cáceres. Un poemario sobre la violencia, la vida y la esperanza.

Miguel Ángel Vázquez tras la presentación de su poemario. Foto. Luzysombra

Desde hace unas semanas tengo un nuevo libro de cabecera. Un libro con poco más de cien páginas, que me devuelve a ese lugar, en algún país del Sur, donde nos sentimos atravesados en la propia conciencia al haber podido escuchar y habernos dejado interpelar en el punto exacto, ahí donde confluyen las vertientes políticas, económicas, sociales y culturales del proceso de concientización de los pueblos.

El autor de este poemario, Miguel Ángel Vázquez, buscador incansable de formas de cambiar el mundo, lo ha titulado: «Aguacate para cuatro» y nos habla en él de cómo se fue «a hacer las Américas y fueron ellas las que le hicieron a él», ya que, en Honduras, en este viaje que nos va desvelando poco a poco, descubre que «el mundo no es como nos lo contaron».

‘Aguacate para cuatro’.

Aguacate, fruta sagrada, regalo de los dioses, alimento del quetzal. Ahuácatl, árbol del Testículo para los aztecas y los mayas, árbol de la generación de la vida, vinculado su fruto a los dioses de la fertilidad. Aguacate que es el agua del corazón, la fruta que late, el agua que refresca el vuelo de los quetzales.

Ese fruto que, tantas veces, muchos tienen que compartir en cuatro pedacitos.

Este poemario de lenguaje bellísimo, deslumbrante, aunque sin apego a la belleza, está prologado por Bertha Zúniga Cáceres, que dice de él que es «un ameno recorrido por este lugar donde se muere mil veces, pero se vuelve a nacer de mil formas».

Estos versos me sacuden, me hacen brotar alguna lágrima, me conducen a caminar despacio bajo el malinche, a mí, que considero que el esplendor incomparable de los malinches en flor es uno de los regalos más hermosos que nos ofrece la naturaleza; o me invitan a entrar y salir de alguna pulpería, en busca de cualquier cosa que podáis imaginar.

Miguel Ángel fue a trabajar como cooperante en la Rivera Hernández, un barrio marginal de San Pedro Sula, en aquel entonces la ciudad más violenta del planeta y más vulnerable. Se encontró con un golpe de Estado y un pueblo en Resistencia. Colabora allá con Paso a Paso, que nació para cuidar y proteger a los y las menores y a sus familias en situación de riesgo.

En la Rivera Hernández conviven pandillas, maras, que «se disputan su territorio cuadra a cuadra, esquina a esquina». En la Rivera Hernández lo único que abunda es la falta del Estado, la policía corrupta y todo lo que le hace ser el sector más bravo de San Pedro Sula, ostentando durante años la tasa más alta de homicidios de la ciudad. Allí donde «los derechos son para las derechas».

Cuentan que las historias de las maras no se escriben. Se las llevan los pandilleros a la tumba en su memoria. Solo se escribe en tinta sobre sus cuerpos.

En Paso a Paso, donde «no hay mayor acto de rebeldía que defender la alegría»,  se crea un lugar más seguro y con alternativas para los pequeños. Además de la educación académica e integral, se apuesta por trabajar con los sueños personales y colectivos.

Allí llegó Miguel Ángel para acuerpar el proyecto.

Aguacate para cuatro. Ed. La Vorágine (2020)

Nos dice en sus versos que «cada niño es una denuncia que me toca, me arde, me hiere…». Y vive activamente en la Rivera Hernández, donde «es más fácil adquirir un AK-47 que un libro».

Quienes solemos marchar a convivir en los países del Sur, de continuo «gobernados por delincuentes», como nos dice Bertha, descubrimos nuestra absoluta solidaridad e identificación con los más pobres de la tierra.

Como el propio autor escribió, hay lugares en los que ser testigos implica acabar mojándose por encima de cualquier previsión, aunque se viaje sin mas aspiraciones que acompañar a un puebo en su lucha.

Es ahí, en ese Sur, en esos Sures, donde descubrimos nuevas perspectivas de vida y «las miradas paternalistas sucumben ante la sabiduría comunitaria y ancestral». Donde también, a ratos, encontramos el Paraíso.

Y constatamos que, a pesar de todo, de la injusticia y el hambre, de los pies descalzos, los disparos y la muerte, como nos cuenta el autor, siguen existiendo motivos para la esperanza, para seguir luchando, aun cuando te traspase las entrañas todo «el dolor escondido que cabe en una furgoneta destartalada».

Hay noches en que abro el libro por cualquier página, al azar. Entonces, asombrosamente, los niños y niñas de las ruas de Recife me cogen de la mano. Mis queridos Pequeños Profetas se hacen presentes y me siguen sembrando con su terrible realidad, con sus sueños y sus ilusiones, con sus esfuerzos y sus fracasos, gracias a los versos de este buen amigo.

A Miguel Ángel alguien le dijo una vez que estaba «llamado a fracasar porque se empeñaba en derribar muros con flores». Y yo le sigo viendo, tierno y a la vez subversivo, trayendo entre sus manos «un ramo de flores de demolición». Y no hay fracaso.

Miguel Ángel nos recuerda que «la mayor denuncia es comunicar la esperanza» y que «no hay mayor subversión que el amor». Que, como decía Roque Dalton, la alegría es también revolucionaria, como el trabajo y la paz.

Otro poeta actual, Carlos Salinas, que es también músico y docente, sostiene que la poesía nos eleva hacia los más puros sentimientos, porque nos humaniza. Las acciones poéticas buscan transformar. Sí, la poesía es un rito que nos evoca pasiones, dolor, alegría, reflexiones profundas… Pero es también una caricia sincera, un silencio que nos convoca a seguir creyendo.

Todo esto vais a encontrar en ‘Aguacate para cuatro’.