Un camino de Santiago con presos

En el Camino de Santiago hemos descubierto que en el camino de la vida todos somos personas, con diferentes mochilas, que todos nos necesitamos y que tenemos mucha vida que compartir

Como cada año, hemos disfrutado una semana de nuestro camino de Santiago con presos de la cárcel de Navalcarnero, con voluntarios de la capellanía y de la parroquia de Fuenlabrada y lo que hemos descubierto es algo que quizás a veces nos cuesta descubrir: que en ese camino de la vida todos somos iguales, que todos nos necesitamos y que todos tenemos mucha vida que compartir. Todos somos personas, con diferentes mochilas, con diferentes problemas y debilidades, y que el Dios de la vida y de la esperanza se hace presente en nuestro caminar diario.

Cuando empezamos a caminar cada año lo hacemos constatando que unos están en prisión y otros estamos en libertad, pero caminando ya no hay esa distinción, porque todos somos personas. Además, los creyentes decimos que todos somos hijos e hijas de Dios, que ese Dios Padre-Madre nos quiere a todos por igual, no por lo que hacemos, sino por lo que somos: sus queridos hijos e hijas.

Este año el camino era mucho más esperado porque, como otras actividades de la cárcel, no se realizó en los últimos dos años por la pandemia. Todos teníamos especialmente ganas de vivirlo y de disfrutarlo. Y así lo hicimos. Después de sortear todas las dificultades institucionales, nos pusimos en camino el día 3 de julio.

Como siempre hubo momentos para todo, para reír, para cansarnos, para a veces desanimarnos… pero fuimos descubriendo que todos teníamos algo que aportar y que merecía la pena seguir hacia adelante. El camino de la vida y el Camino de Santiago aparecían como dos realidades muy unidas.

Fue un tiempo de encuentro, de fraternidad, de compartir, de experimentar que todos necesitábamos salir de nuestras cárceles particulares, no solo de Navalcarnero, de lo que nos impide ser libres. Cada uno desde diferentes motivaciones y creencias nos fuimos uniendo. Descubrimos que nuestra mochila de la vida merece la pena compartirla, porque así nos liberamos A todos nos sirvió para reflexionar en torno a lo que vivíamos, y a lo que podíamos hacer.

En el centro de nuestro camino, el mismo Dios Padre-Madre que cada día nos invitaba a seguir y estaba a nuestro lado. Fue un camino de vida reconciliador con todos y con nosotros mismos.

Cuando tuvimos que regresar a la vida cotidiana, todos lo hicimos con pena, especialmente los que volvían a la cárcel de Navalcarnero, pero nos llenaba la experiencia de los días vividos y compartidos. La vuelta fue dura. De hecho, cada año, cuando vuelven a entrar, algo por dentro se nos rompe, pero merece la pena continuar, seguros de que podemos cambiar.

Mi nombre es Salvador. Actualmente estoy internado en el centro penitenciario de Navalcarnero cumpliendo una condena de 15 años, de los cuales ya he cumplido 11 años.

Me gustaría expresar en estas páginas las diversas sensaciones y emociones que he experimentado recorriendo el camino de Santiago, con Javier el capellán y un grupo de voluntarios y voluntarias. Gracias a ellos he podido disfrutar y vivir de esta maravillosa experiencia.

Entre las sensaciones y emociones se encuentran:

  • La alegría, la tristeza, el sacrificio, la recompensa, la añoranza, la ilusión, el compañerismo, el respeto, la empatía, el cariño, la amistad y, cómo no, el dolor que causan las llagas en los pies (todo hay que decirlo).
  • Entre todos los sentimientos, hay uno especial por el cual eres capaz de afrontar los retos, superar todos los obstáculos y avanzar hacia adelante, no solo en el camino sino también en la vida, por difícil que sea el recorrido. Y ese sentimiento es LA ESPERANZA.
  • La esperanza de una segunda oportunidad, poder empezar de nuevo, de que pronto llegue el día en que pueda volver con los míos y ver crecer a mi nieta, la esperanza de que aún no sea tarde para mí.
  • La alegría de poder compartir las vivencias, anécdotas y sensaciones experimentadas, como la que sientes cuando te da el sol en la cara, cuando al respirar el aire puro hace que te sientas vivo, cuando al mirar al frente eres capaz de ver hasta el horizonte abierto sin muros que lo impidan. Cuando admiras esos hermosos paisajes colmados de diversos colores, colores vivos que te alegran la vista y el alma.
  • La añoranza cuando echas tanto de menos esas pequeñas cosas que un día tuviste y perdiste, como poder pasear por el campo con tus seres queridos o ver una puesta de sol o el amanecer o, simplemente, sentarte en el sofá, junto a tu esposa y ver una telenovela (que conste que yo odiaba las telenovelas), pero ahora daría lo que fuera para poder ver una, acurrucado a su lado. En fin, podría escribir páginas y páginas sobre estas pequeñas cosas que no supone valorar ni retener.
  • El sacrificio, bueno en este caso ha sido físico, pues uno ya no es un chaval.
  • La recompensa de haber superado cada etapa del camino, a pesar de haberme lesionado y sentir la sensación de superación, tanto en el camino como en la vida cotidiana.
  • La ilusión por conocer nuevos lugares, por viajar y descubrir nuevas oportunidades y experiencias, la ilusión de sentirme realizado y emprender un nuevo camino y, cómo no, la ilusión de poder sentirme libre por unos días.
  • El compañerismo, cuando alguno de nosotros necesitaba ayuda y compartíamos buenos y malos momentos juntos.
  • La empatía, cuando un compañero estaba pasando un mal momento nos poníamos en su lugar, sin juzgarlo.
  • El cariño recibido de todos y cada uno del grupo en los momentos difíciles, que también los hubo.
  • La amistad con las personas que vas conociendo y, por supuesto, con las personas que están a tu lado compartiendo tus pasos.
  • La tristeza al recibir la noticia de que mi hermana había fallecido.
  • El deseo de que todo mejore, de ser libre y volver a empezar. Siento que no ha sido Santiago el final del camino, sino el principio de un nuevo camino.

También me gustaría pedir disculpas a todas las personas que me acompañaron durante esta experiencia por no haber estado a la altura en ciertos momentos.

Y, sobre todo, agradecer a todas las personas que han hecho posible que pudiera tener el placer de vivir esta increíble experiencia, especialmente al capellán Javier. Ha sido una experiencia muy gratificante y sumamente positiva para mí. GRACIAS DE CORAZÓN A TODOS”.

Soy César Alejandro. Siempre había escuchado hablar del camino de Santiago y me causaba incertidumbre por vivir la experiencia y tuve la suerte de poder hacer una parte del camino que, sin duda, superó todas mis expectativas, en todos los sentidos, porque me reí, lloré, me divertí, me cansé… pero sobre todo aprendí muchísimas cosas que reflejan una parte de mi vida.

Conocí a personas maravillosas que me hicieron ver que todos tenemos problemas y que todo tiene solución. Estas personas me hicieron saber con sus actos que, a pesar de la situación en la que yo me encuentro, estoy en prisión, no tenían ningún tipo de prejuicio sobre mí. Ellos simplemente querían compartir y vivir la experiencia conmigo.

A mis compañeros de prisión pude conocerlos mejor y aprendí mucho con ellos. Nos reímos mucho juntos, vamos que a pesar de estar cansados se notaba que estábamos bien. Y concretando, el camino fue muy duro, ya que todos los días nos levantábamos súper temprano y caminábamos unos 20 kilómetros. Mientras, contábamos anécdotas, nos conocíamos más y disfrutábamos de los bonitos paisajes de Galicia. Todas las tardes descansábamos, paseábamos por el pueblo en el que nos hospedábamos, reflexionábamos sobre el camino realizado y sobre nuestras vidas, con lo cual pude conocer más a cada uno. Resumiendo, me gustó mucho vivir la experiencia y sin duda haré otra parte más del camino.”

El Camino de Santiago me ha parecido una experiencia inolvidable que sin duda volvería a repetir. He tenido la oportunidad de compartir este viaje con unas personas maravillosas (amigos, compañeros, monitores, etc.). Desde el primer día que llegamos a Muxia hasta el último, pasamos momentos de mucho cansancio, mucho dolor, risas, pero sobre todo mucho esfuerzo. Lo importante es que aprendí que todo lo que te propongas lo puedes conseguir pasito a pasito, con mucha paciencia, esfuerzo y mucho valor. Doy las gracias a todo el grupo de la Iglesia por cómo organizaron el viaje, cómo nos acogieron. Recé, lloré, bailé, vi paisajes preciosos, fuimos a la playa, compartimos momentos grupales muy divertidos y lo más es que me llevo a gente encantadora que me ha apoyado en todo momento. En fin, caminé como nunca con un solo objetivo: hacer una de las etapas del CAMINO DE SANTIAGO. Ha sido un viaje inolvidable. GRACIAS”.

Al transcribir los testimonios no puedo por menos que llenarme de emoción y sentir que Dios camina con nosotros, en la vida de todos, especialmente, en las vidas de estos chavales que, por circunstancias, se encuentran cumpliendo prisión. Me sale agradecer a Dios que como siempre nos haga sentir sus “mediadores” cada vez que vamos a visitarlos a ese lugar de sufrimiento que se llama cárcel, en el que intentamos poner un poco de vida. Y personalmente cada día que piso aquel suelo, siento que piso suelo sagrado, Tierra Santa, porque, como en alguna ocasión me han dicho, siento que estoy “al pie de los crucificados”.

*Capellán del Centro Penitenciario Madrid IV- Navalcarnero

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