¿Qué representa la elección de León XIV para los movimientos laicos de Perú y América Latina?

Ha pasado poco más de un mes desde la elección de Robert Prevost como el nuevo jefe de la Iglesia católica. Como era de esperar, la partida del papa Francisco sumió al mundo en la interrogante sobre quién sería su sucesor, dado el rol de líder mundial que éste se forjó a lo largo de sus doce años de pontificado.

El entonces obispo Prevost durante una de sus visitas pastorales. Foto: Prensa Latina

León XIV se dio a conocer a todo el orbe con un primer gesto que rompió el protocolo, hablando en español y enviando un mensaje de cariño y cercanía al pueblo de Chiclayo, una ciudad de Perú, el país de América Latina en el que Prevost realizó su labor como pastor y misionero agustino desde muy joven. Los medios de prensa invadieron esa ciudad y lo que recogieron fue una infinidad de relatos de gente que dio testimonio de un cura bueno, de un pastor sencillo y cercano a su pueblo. Las fotografías y videos que han dado la vuelta al mundo refrendan lo que los chiclayanos han contado sobre el papa: que es una persona sencilla, que es cálida y cercana, que se conduele de los que sufren, que cargó cajas con mascarillas para hacerlas llegar al personal de primera línea durante la pandemia o que se hizo presente en el lugar de las inundaciones por el fenómeno de la Niña.

Prevost optó por adoptar la nacionalidad peruana y hacerse ciudadano de un país como el Perú que, al igual que todos los de América Latina, está marcado por profundas desigualdades, que ha enfrentado la violencia institucionalizada de la que los obispos latinoamericanos hablaban ya en la Conferencia Episcopal de Medellín en 1968, cuyas poblaciones emergentes y pueblos andinos y amazónicos viven el olvido y la desatención de sus necesidades y son permanentemente postergados por el Estado, un país que sufre el impacto de la corrupción y la violencia promovida por el crimen organizado.

Ahora, sabemos también que Robert Prevost tiene una trayectoria que le permite tener una visión muy completa y profunda de la iglesia católica mundial desde lugares muy diferentes. Ha conocido la Iglesia desde su experiencia de cristiano, laico, seminarista y religioso en los Estados Unidos; ha conocido la Iglesia desde la experiencia de misionero en Chulucanas; ha conocido la Iglesia como formador en el Seminario en Trujillo y también como párroco en esa ciudad; la ha conocido como provincial de los agustinos en Chicago, la ha conocido como su superior en todo el mundo donde están presentes; también como obispo de Chiclayo y del Callao y en la Conferencia Episcopal Peruana, y como parte de la curia en el Vaticano en los dos años anteriores a ser elegido como el nuevo pontífice.

Los testimonios que todos hemos recibido dan cuenta de una vida entregada al trabajo pastoral, asumido como un camino espiritual en sí mismo, como una manera de hacer presente al Dios en el que cree y predica; una vida que realmente moviliza, y que anima y convoca a los demás a dar testimonio del Jesús del evangelio. Todo ello da cuenta de una enorme capacidad como pastor que acoge, acompaña y fortalece, pero también como un hábil y versátil gestor, capaz de sacar adelante un proyecto eclesial.

La noticia de su designación fue un motivo de alegría y de esperanza en medio de un mundo atravesado por la guerra y el genocidio, por la profundización de las brechas sociales y por la indiferencia de millones de personas que son víctimas cómplices del consumo digital direccionado por algoritmos intencionalmente creados para estimular la sonrisa fácil que nos distrae de la tragedia cotidiana del hambre y la injusticia.

En la bula Spes Non Confundit, el papa Francisco nos alentaba a que, en este Año Jubilar, pudiéramos poner especial empeño en mostrar al mundo que la Esperanza No Defrauday brindar una atención especial a las necesidades de los niños, adolescentes y jóvenes, de los ancianos y los enfermos, de las personas privadas de libertad, de los migrantes, de las personas en situación de calle y los pobres; y nos recordaba que la paz en el mundo es fruto de la justicia. Francisco nos legó una agenda muy precisa, los rostros a los que tenemos que devolverles la esperanza; un camino, el camino de la sinodalidad, de una Iglesia empeñada en aliviar las necesidades de los vulnerables; un método, el método de la conversación en el espíritu, para que sea el Espíritu Santo el que inspire nuestra acción y nuestra conversión, y nos legó un referente, a León XIV como un testimonio vivo de cómo vivir, de qué hacer para que el reino de Dios que predicó Jesús sea una realidad en la vida de los hombres y mujeres del mundo, en especial de los más vulnerables y necesitados.

La elección del papa León XIV representa para los movimientos laicos de Perú y América Latina una enorme responsabilidad y un gran desafío: el de responder con acciones concretas a animar, cuidar y fortalecer la esperanza en los rostros sufrientes de Cristo hoy, pero también representa la certeza de que sí es posible hacerlo. El cómo nos lleva a la enorme necesidad de formarnos. La formación espiritual tiene que llenarse del contenido de los potentes mensajes que nos señala el evangelio y el magisterio de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y la mirada actual de todo el pensamiento del papa Francisco. La formación debe dar pie al fortalecimiento de la vida comunitaria en el interior de los movimientos y esta, a su vez, debe llevarnos a la acción concreta.

Debemos recordar que mucha es la mies y pocos son los obreros. Cada acción cuenta porque muchas son las necesidades que estos rostros concretos nos demandan. Vivamos este tiempo de gracia, como un Kairós, como un tiempo óptimo para hacer que la vida plena y en abundancia sea posible para todos y todas.

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