Posibilidades para ensanchar

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En torno a la tumba de Roger de Taizé brotan flores y oraciones. Al Hermano Roger le quedaban ya pocas fuerzas. Tenía 90 años. Nunca sabemos el día ni la hora y él tampoco lo sabía. Pero aquella tarde del 16 de agosto de 2005 llamó a un hermano y le dijo: “¡Anota bien estas palabras!”. Después, cuentan los hermanos de Taizé, hizo una larga pausa, como si buscara la manera de poner palabras a lo que estaba pensando. Y entonces dijo: “En la medida en que nuestra comunidad cree en la familia humana posibilidades para ensanchar…”. Y se detuvo, estaba demasiado cansado y no pudo terminar la frase. Los hermanos sabían que su prior ya era mayor y estaba débil. Cuentan que ya le habían preguntado a Roger que quería que hiciesen si la muerte le sobrevenía durante la oración y él les había dicho “continuad con la oración, no paréis la oración”.

Nunca sabemos ni el día ni la hora, seguramente él tampoco lo sabía. Poco tiempo después de pronunciar aquellas últimas palabras una joven que sufría un trastorno mental se acercó a él durante la oración y, con un cuchillo, le agredió de muerte. Su memoria, su legado y su teología son enormes y a la vez sencillas.

En esas “posibilidades para ensanchar” se pueden resumir todos los esfuerzos de su vida por generar unión entre las Iglesias cristianas, entre las distintas religiones, entre los seres humanos, vinieran de donde vinieran. Posibilidades para ensanchar nuestros corazones, nuestros brazos, nuestras casas. “Hacer todo lo posible para que sea más perceptible para cada uno el amor que Dios tiene por todo ser humano, sin excepción, por todos los pueblos”, es la lectura que dan de aquel último suspiro los hermanos de la comunidad ecuménica. Un impulso para avanzar por ese camino en el que Dios “ensancha nuestros pasos” (Salmo 18,37).

Este verano se cumplen 10 años de la trágica muerte del Hermano Roger, pero los números han querido que también se conmemore este año el centenario de su nacimiento, que se celebró con oraciones por todo el mundo el pasado 12 de mayo.

La acogida y la vida en comunidad habían sido sus premisas desde que se estableció en la colina de Taizé, en la borgoña francesa, para dar refugio a personas que huían a causa de la Segunda Guerra Mundial. Al terminar la guerra, cuando los siete primeros hermanos se comprometieron a llevar una vida común y vivir con sencillez, ya se habían puesto los cimientos para esta comunidad ecuménica en la que conviven hombres cristianos de Oriente y Occidente, protestantes, católicos y ortodoxos. Su manera de orar ha sabido llegar a lo esencial. Quedarse con lo que une a todas las Iglesias cristianas y no centrarse en lo que las separa. También, desde los años 70, una comunidad de monjas religiosas de San Andrés se estableció en las inmediaciones de Taizé y comenzó a con los hermanos, en una acogida cada vez más amplia, internacional y ecuménica.

Cada año miles de jóvenes pasan por la colina de Taizé para encontrar a Dios, encontrarse a sí mismos y encontrarse con los demás, “como quien acude a una fuente”, tal y como lo describió Juan Pablo II. También cada año miles de jóvenes participan en los Encuentros europeos que van rotando por las ciudades del continente –este año la sede será Valencia– a modo de “peregrinación de confianza por toda la Tierra”. El trabajo y el compromiso de esta comunidad única en el mundo transforma en realidad esas “posibilidades para ensanchar”.

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