No se lo impidáis

Las discusiones eran frecuentes. Daba la impresión de que cualquier ocasión era buena para ello y Jesús tuvo que emplearse a fondo con el grupo de discípulos. En una ocasión los envió “a predicar con poder de expulsar demonios” y pervive el recuerdo del encontronazo que tuvieron con aquellos que, sin ser del grupo, también expulsaban demonios en nombre de Jesús. La reacción de los discípulos no se hizo esperar y trataron de impedirlo a toda costa y no pararon hasta conseguirlo. Orgullosos, se lo fueron a contar a Jesús convencidos de que les daría la razón. “No son de nuestro grupo” (Mc 9:38) le dijeron y Jesús reaccionó de un modo que los debió dejar sin entender absolutamente nada: “No se lo impidáis” (Mc 9:39).

En su exhortación, Francisco nos recuerda que en nuestras comunidades cristianas se siguen dando conflictos y que, tras ellos, lo que hay es la búsqueda de poder y prestigio: “Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica” (EG 98).

El entorno de Jesús experimenta la tentación de la autoafirmación marcando el territorio, dejando clara la identidad desde las diferencias, reforzando el sentido de pertenencia desde el rechazo a los distintos, proyectando prejuicios y estereotipos, encerrándose en el propio grupo por miedo a diluirse en el encuentro con el otro. Experimenta la tentación de monopolizar el nombre de Jesús como si fuera una marca de su propiedad. Siempre rondará la tentación y el engaño de identificar la propia forma de vivir el Evangelio como la forma de vivirlo. Un engaño que conducirá, una vez y otra vez a lo largo del tiempo, al rechazo de todas aquellas personas que no son de los nuestros.

Volvió a suceder cuando, cansado de tantas desavenencias, San Pablo tomó cartas en el asunto de los enfrentamientos que se estaban dando entre grupos dentro de la comunidad de Corinto: “Fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte” (1 Cor1: 26-27). No hay nada como el dato de realidad para situarnos de nuevo. A los de Corinto se les fue la mano y Pablo puso a unos y a otros en su sitio.

En su primera carta a la comunidad cristiana de Corinto les dejó bien claro que todos formaban un mismo cuerpo: “Sois cuerpo de Cristo”, les dijo. ¿A qué vienen, entonces, estos enfrentamientos y divisiones? ¿Es que no sabéis que habéis recibido el mismo Espíritu? Es él quien va trabando la unidad entre la diversidad de los miembros. Es cierto que hay una manifestación particular de este Espíritu en cada uno, pero ¿habéis olvidado que es para el bien común? Esta diversidad “la activa el mismo y único Espíritu, dando a cada uno lo que a él le parece” (1 Cor 12, 11). Lo podía decir más alto pero no más claro. Con estas palabras, San Pablo sacaba el conflicto entre las distintas facciones del ámbito de los pareceres opinables y lo ponía en referencia a una evidencia incuestionable que desarma posturas enconadas. Es un cambio de registro que obliga a todos a posicionarse de otra manera. Es una conversión necesaria en la que todos deberíamos andar metidos.

Pero parece que no tenemos aprendida la lección y Francisco sigue insistiendo en que hay modos de proceder entre nosotros que son inaceptables: “En algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas” (EG 100).

Ilustración. Pepe Montalva

Ilustración. Pepe Montalva

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