La Iglesia nicaragüense, entre la represión y la relevancia

En Nicaragua la Iglesia católica sufre una persecución impensable hace unos pocos años. En el momento del triunfo sandinista un sector de la Iglesia ponía su esperanza en los gobernantes revolucionarios, en ocasiones con escasa crítica. Pero a partir de 2018, cuando el gobierno de Ortega sintió que perdía tanto el control como el respeto del pueblo nicaragüense, la represión del pensamiento crítico y de la libertad de expresión se generalizó. La Iglesia Católica, incluso en ese contexto, mantenía más un esfuerzo de mediación para resolver la crisis que una postura de enfrentamiento radical con el régimen. Incluso el Nuncio Apostólico, ferviente partidario de la negociación con el régimen, fue expulsado bruscamente del país.

La Policía nicaragüense prohibiendo la salida de la popular procesión de San Jerónimo, en Masaya, hace un par de años. (Foto EFE)

Al preguntarnos cómo hemos llegado a este punto de cárcel y destierro para sacerdotes y obispos, privación de la nacionalidad, expropiación arbitraria de bienes, insultos e incluso amenazas a los familiares de sacerdotes, es necesario retroceder un poco. El régimen de Ortega-Murillo, como se le suele llamar, tiene una clara voluntad de permanencia en el poder. Después del triunfo revolucionario de 1979, de convocar elecciones y ganarlas en 1985, entregó el poder tras perder las elecciones en 1990. Entonces el mando en el frente sandinista era mucho más plural y predominó un talante democrático. Pero el fracaso electoral generó una reorganización del partido centrando en la persona de Ortega, y paulatinamente en su esposa, Rosario Murillo, un poder cada vez más férreo y absoluto.

Ganadas las elecciones en 2006, con alianzas corruptas que posibilitaron reformar la ley electoral a su favor, el sandinismo orteguista ganó las siguientes tres elecciones. En el 2021, arrasando con la oposición y encarcelando a sus líderes, así como cerrando los medios de información críticos del poder. Ya desde 2018, cuando la Iglesia denunció la represión del régimen y desarrolló un servicio de mediación buscando paz y seguridad para las personas, comenzó la presión contra ella logrando la salida de Nicaragua del obispo Silvio Báez, activo defensor de los derechos humanos.

En medio del ambiente represivo, el régimen de Ortega-Murillo busca su autojustificación tanto en una política clientelista como en un discurso antiimperialista que trata de manipular valores básicos nicaragüenses. La frase típica y repetida, usada especialmente por la vicepresidenta Rosario Murillo, dice que Nicaragua será siempre “cristiana, socialista y solidaria”. Pero el estilo crítico-profético, propio de muchas Iglesias en América Latina, resulta insoportable para quienes querían apropiarse de un cristianismo manejado desde el poder y dedicado a la proclamación abstracta de valores. Por otra parte, tras haber experimentado en 2018 una seria oposición popular e intelectual al gobierno, el régimen no permite el disenso en lo más mínimo.

El presidente Ortega, con 78 años, muestra ya dificultades para gobernar. En el círculo restringido del poder se debate si su esposa, Rosario Murillo, o su hijo Laureano deben sucederle. La necesidad de un cambio generacional y la fatiga y desencanto de la población con el régimen, así como las tensiones internas del partido, conducen a encerrarse más en el abuso de autoridad. No faltan quienes piensan que la brutalidad de respuesta a toda crítica, aun la constructiva, señala no solo la debilidad del régimen, sino una especie de estertor agónico. La crítica de violaciones de derechos humanos es considerada traición a la patria. La cárcel, el destierro y la privación de nacionalidad son los castigos más frecuentes dados a los opositores.

En este ambiente se llega al extremo de prohibir de facto mencionar en la oración eucarística los nombres de obispos como Rolando Álvarez o Silvio Báez. Hacerlo significó la expulsión del país para sacerdotes extranjeros, o amenazas, conflicto y diversas formas de persecución para los sacerdotes nicaragüenses. Los espías, popularmente llamados “orejas”, se hacen presentes en muchas iglesias a la hora de la eucaristía.

El control y limitación de los recursos de la Iglesia en el ámbito de la caridad, es otra manera de reducir la incidencia social de la Iglesia. Más de 3.000 ONG han sido suprimidas, muchas de ellas pertenecientes a la propia Iglesia. Sus bienes han sido nacionalizados. Esto la ha llevado a una especie de vida clandestina, que mantiene desde el silencio público sus labores de conciencia, defensa y apoyo a la población. La reunión en grupos de confianza, la oración de comunidades laicales que analizan la situación y respaldan a la Iglesia, la comunicación con los nicaragüenses desterrados, sostienen la esperanza.

 Así las cosas, en una situación política de crisis que necesita del abuso de la fuerza para subsistir, y con una Iglesia que mantiene la base más amplia de la resistencia en valores y en visión de futuro, la solidaridad internacional es necesaria. La Iglesia continúa siendo indispensable si la crisis que se avecina se vuelve ingobernable. Sabe mediar y mantener un diálogo constructivo. Tiene en sus filas a las personas con el mayor peso moral, tanto dentro como en el exterior del país. Tiene una estructura capaz de servir y gestionar emergencias humanitarias.

La Iglesia universal tiene la responsabilidad de animar la solidaridad con esta iglesia local perseguida. No solo para mantenerla viva, sino para contribuir al futuro cercano del país. El futuro nicaragüense será más pacífico, más democrático y más respetuoso de los derechos humanos, si la Iglesia mantiene en el país su vitalidad y su presencia activa, aunque lo haga hoy desde el silencio. Tanto los nicaragüenses en el exterior como las iglesias particulares deben desarrollar estrategias de apoyo eclesial que respalden esa labor casi clandestina de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos que mantienen esperanzas y valores. El retorno de Nicaragua a la libertad, al respeto de derechos básicos y al desarrollo inclusivo será más fácil si la Iglesia mantiene su vitalidad.

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