Si realmente a nadie se le escapa que el ciclo de la vida nos depara  nacer, vivir y morir, a nadie le debiera resultar extraño admitir el hecho mismo y preguntar por su sentido y su relación  con  la acción terminal de la muerte. Que tengamos que hacerlo de una manera u otra, viene después.

por Benjamín Forcano

La muerte, nos pertenece, la llevamos dentro desde que nacemos y, sin obsesión ni temor, debiéramos integrarla como parte de nuestra vida.  Interesa  saber si,  después de todo, el morir es total, con un pasar a la nada; o un pasar a la plenitud de vida y de dicha eternas. Nuestra manera de ser evitaría entonces las alienaciones de quienes se sumergen en mundos ilusorios, que malogran su existencia y derivan  en desgracia para los demás.

Para quien entiende la muerte como propiedad de nuestra naturaleza, le resulta lógico aceptarla como parte y meta de un  proyecto de vida que vale la pena vivir y se nos corona con la posesión imperecedera de ese proyecto en la plenitud del Dios Amor, que nos creó, sustenta y plenifica.

La encrucijada de nuestro vivir: entre el acá y el más alla.

Cuando alguien se nos va, hay algo que no borra nuestro temor: ¿Con el morir, tenemos motivos para seguir amando la vida, o para renunciar a ella? ¿Vale la pena vivir si nada cabe esperar después de la muerte? Y, de ahí, salta esta otra pregunta: ¿Encontramos en el ser humano fundamento y justificación para que nuestro caminar lo hagamos comunitariamente desde la igualdad, la justicia, la solidaridad, la verdad y el amor asegurando la dignidad y felicidad de todos como si fueran nuestros?

Aquí aparece, pienso, la línea divisoria entre aceptar o rechazar la muerte: ¿Es castigo o premio, culmen de un deber umplido, pérdida  o  ganancia, derrota o victoria final? Optar por lo uno o por lo otro, configurará la vida de unos y de otros.   

Ni siquiera desde la  opción de quien asume la muerte como caída en la nada, se explica la postura de quienes, ansiosos de vivir la única vida presente, se aferran a ella, acumulando poder, riqueza, éxito, placer, aunque sea con desprecio, marginación y opresión de los demás.

El imperativo ético de la igualdad y de la justicia, de la solidaridad y del amor, es intrínseco al ser humano. Y el impetivo religioso transcendente lo asume y refortalece.

La muerte es personal

Lo expuesto sirve para ocuparnos serenamente del tema de la eutanasia: el morir es de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal.

A la muerte no se llega de improviso, en el día a día vamos forjando un estilo de vida, que será determinante a la hora de dar cumplimiento  al acto último del morir. Hacemos nuestro lo que bellamente expresa elmaestre Don Rodrigo:

                   “Y consiento en mi morir

                   con voluntad placentera,

                   clara y pura,

                   que querer hombre  vivir

                   cuando Dios quiere que muera

                   es locura “  (Jorge Manrique, Coplas)

O lo que acentúa de una manera ya cuerdo don Quijote: “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa”, “y querría hacerlo de tal modo que diera a entender que  no habría sido mi vida tan mala”.

La muerte tiene sentido desde la interpretación que hacemos de la vida.Y así podemos considerarla: Como derecho de toda persona a morir con dignidad; Como derecho inviolable a la vida de todo moribundo; Como conflicto entre el derecho a una muerte digna y la prolongación artificial de la vida terminada.

Si yo tengo que morir es casi seguro que en un momento o en otro me preguntaré por la consistencia de los imperativos éticos intramundanos, por la fisura irrestañable que me deja la muerte del otro, por la actitud que debo adoptar ante ella.

Como libres que somos, no podemos eludir el límite de la muerte y seguir afirmando si adquieren sentido esos imperativos desde nuestra irremediable fragilidad: ¿Cómo se le hace justicia a un hombre muerto injustamente? ¿Cómo se devuelve la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos si la muerte ha acabado definitivamente con ellos?

Estos interrogantes tienen difícil respuesta, si no hay pervivencia individual más allá de la historia. Sólo si Dios es el dueño de la vida, se puede garantizar el carácter incondicional de los valores éticos. Jesús con su resurrección es el prototipo de la incondicionalidad de la ética.

La muerte efectúa de esta manera una función de iluminación en el “más acá” mortal, nos hace trascender la misma historia, y apoya la incondicionalidad  de la ética.

Frente a este tema  albergamos una idea superarraigada: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar, la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia  para terminarla o acortarla. Esta es la postura común y se entiende que a la base de ella existan  razones para  mantenerla. 

Conviene advertir el absolutismo de este principio, que pugna por salir a cada paso en el tratamiento que de la eutanasia, bien porque se muere una sola vez y para siempre, bien porque el don más grande recibido gratuitamente no lo puede uno mismo dar por concluido.

La vida no es un valor absoluto

Sin embargo, la vida humana en su más amplia y azarada historia,  nunca ha renunciado a prescindir de la vida, cuando se interponían otros valores: ¿En el proceso del tránsito hacia la muerte, pueden darse situaciones y existir razones que hagan éticamente válida la decisión de acabar con ella acortándola?

Así: ¿Es digna la decisión  de perder la vida cuando se traiciona un secreto que podía suponer la muerte para muchos? ¿No nos asiste el derecho  a defender la vida frente a un ataque injusto,  aún a sabiendas de poder perderla o perderla el injusto atacante? ¿Es éticamente loable la decisión de quien por amor se ofrece para rescatar y hacer sobrevivir a otro? ¿No es lícito afrontar el martirio antes que renegar de la popia fe? ¿Son indignos o héroes quienes defienden la patria antes de dejarse invadir y dominar?

La vida es el primero y más grande valor, pero no un valor absoluto. Hay situaciones que hacen éticamente válida la decisión de renunciar a ella.

¿Qué significa la eutanasia?

Una muerte feliz, vivida responsablemente. La eutanasia significa aquí, como su nombre indica, vivir una muerte buena, feliz, lo cual no se da si no se hace responsablemente.

Y ese vivir responsablemente la muerte supone el ser consciente y  dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente . Es una decisión éticamente correcta el asumir  que no se me implique y prolongue artificialmente en una suerte de vida vegetal; que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado vegetal y me obligan a seguir en un proceso que ya no es humano, que me sea dado decidir racional y libremente, como me corresponde.  

¿Para cuándo una legislación necesaria y equilibrada que aborde el tema de la eutanasia

Defendemos  la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad, que no es lo mismo que el suicidio asistido, que es algo ilegal .

Analizamos la situación concreta, aplicando una correcta interpretación de la ORTOTANASIA , que integra el respeto  al valor de la vida, el respeto al valor de una muerte digna, evita el mantenimiento artificial de dolores y sufrimientos indebidos en una situación de enfermedad incurable con consentimiento del paciente. 

La cuestión, en términos actuales, se resuelve desde una aplicación de la ortotanasia, integrando con equilibrio los dos valores en conflicto: el del derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente.

No hay más que valorar los siguientes aspectos:                                        

  1. Con ser importante, la vida no es un valor absoluto sino relativo, hay un momento en que a todos se nos acaba.
  2. Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.                                                            
  3. Pero, hay situaciones extremas de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.     

Es entonces, cuando al enfermo le asiste el derecho a morir con dignidad, que se le respete y se le permita un mínimo de calidad de vida y, en consecuencia, no se le apliquen medios desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida en un nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico”           

No es, pues, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esas técnicas o medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.

Este modo de pensar, fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 a propósito de las personas que hacen su testamento vital: “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.

Igualmente, el Catecismo Romano en el Nª 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.                                                        

Con esto no se pretende provoca la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no, por los que tienen derechos legales respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.