Hans Küng: Hasta siempre, profesor

Hace un mes moría Hans Küng, un teólogo atípico que ha influido significativamente en la vida de muchas personas creyentes, e incluso no creyentes. Marta Merino lo conoció por ¿casualidad?, primero por su obra, más tarde personalmente. Una experiencia que cambió su vida y que hoy comparte. con los lectores y lectoras de alandar.

Por Marta Merino

Todo empezó en enero de 2003. Por entonces ejercía yo de secretaria del consejo pastoral de mi parroquia, era promotora del grupo misionero, cantaba  en el coro de 8, con padres neocatecumenales y una hija en catequesis de confirmación…  Vivía tranquila y modélicamente mi fe de carbonera cuando, hojeando la revista del Círculo de Lectores, descubrí un título que no sabía a novela: La Iglesia Católica. No conocía de nada al autor, pero me sentí impulsada a adquirirlo.

Marta Merino con Hans Küng. Foto: Archivo Marta Merino

Poco me imaginaba que aquellas escasas 300 páginas iban a dar un vuelco a mi vida. El autor, por un lado, resumía de modo fundamentado los veinte siglos por los que ha transitado —con debilidad humana— nuestra Iglesia y, por otro, proponía los cimientos de una Iglesia que ha de ser plural y capaz de reconciliar a religiones y pueblos.  Lo leí de un tirón y me quedé en shock. Mi familia me había advertido que el autor de marras tenía un expediente abierto en Roma, el incómodo 377/57(i).  

Volví a leerlo: el estudio del Jesús histórico, el “fuera de la Iglesia sí hay salvación”, la disposición para dialogar con otras religiones, la necesidad de rectificar los errores de nuestra tradición… y empecé a hacerme preguntas: ¿por qué he descubierto en este libro tantos temas y aspectos de los que nadie me había hablado jamás? No me atreví a plantear en mi entorno las innumerables preguntas que me brotaban por si me tachaban de  hereje. Sin embargo, la vida me traería respuestas rápidas y hasta fáciles.  

A los pocos meses, llegó a Madrid Hans Küng a presentar el primer tomo de sus memorias en el colegio mayor Chaminade. Acudimos muchos más de los que allí caben, pero me pude colocar a un metro del escenario para ver de cerca al autor de mis cuitas religiosas: un suizo de 75 años de excelente aspecto, seguramente deportista, tranquilo, de ojos claros muy vivos y sonrisa amable. Como esperaba, disfruté de una conferencia distinta, serena, documentada, arriesgada y mucho más evangélica que las que había escuchado hasta aquel día.

Al final del acto, tras los que buscaban dedicatoria en el libro recién adquirido, esperé la última porque no llevaba el de su biografía, sino el de La Iglesia Católica. Él, al darse cuenta, me miró sorprendido, yo no perdí un segundo y le dije:

Profesor, este libro ha cambiado mi vida. Quiero reconocerle lo que ha significado para mi sentir religioso y le doy infinitas gracias.

Me alegra haber podido ayudarle en su proceso.

Ocho palabras que no olvidaré. 

Y a partir de ahí empecé a localizar personas de otra cuerda distinta a la mía parroquial. Descubrí que aún existía la Iglesia de base, comunidades neotestamentarias, apertura hacia los no creyentes, diálogo interreligioso, curas casados, compromiso socio-político con los más desfavorecidos, activismo en pro de los derechos humanos y celebraciones en la frontera. Sentía que debía empezar a estudiar en otra línea de formación teológica. Y de nuevo el destino me allanó el camino, esta vez de la mano de otro profesor, Juanjo Tamayo, que me fue iniciando en la Teología de la Liberación y el nuevo paradigma teológico mundial.

Llegó el Forum de Barcelona 2004 con el Parlamento de las Religiones en su programa. Entre las personalidades invitadas (GorbachovLula da SilvaRigoberta MenchúCarlos FuentesJosé SaramagoSalman RushdieLionel JospinRomano ProdiValéry Giscard d’EstaingFrank Gehry y un largo etc.) figuraba Hans Küng. 

Y allí, a las puertas del salón de conferencias, a más de treinta metros de distancia, supe que se acercaba él por la nube de seguidores que sistemáticamente le rodeaba pidiéndole dedicatorias y fotos. El profesor simplemente levantó la vista y empezó a andar hacia mí con decisión mientras sus admiradores —inexplicablemente— se iban quedando atrás

Leyó mi nombre en la tarjeta acreditativa y me dijo en castellano: “¿Charlamos un rato?”. Resulta poco creíble, pero así sucedió. Yo le había pedido a Tamayo el favor de presentarme a Hans pero aún no había habido oportunidad para ello. ¿Cómo supo Hans quién era yo entre los miles de asistentes? Tal vez Zaqueo subido al sicomoro sintió la misma sorpresa que experimenté yo cuando el profesor me invitó a pasear y departir junto al mar

Al principio, escogimos el inglés en nuestro diálogo (él podía hacerlo también en francés, italiano, holandés, alemán y latín), pero al avanzar la conversación pasamos al castellano sin ninguna dificultad para él. Dígame, ¿en qué le puedo ayudar?, ¿de qué desea usted hablar?  Y me preguntaba a mí misma si estaría junto al pozo de Jacob…

Pronto quedó claro que yo había pecado de imprudencia o quizá solo de impaciencia, pues en aquel momento solo tenía estudiados dos de sus numerosos libros y él se dio cuenta enseguida. Sin embargo, no se molestó; al contrario, me anticipó algunas respuestas que con los años fui encontrando en su vasta obra. Otras, sin embargo, las formuló para despejar allí mismo mis dudas más personales. 

A pesar de su aparente timidez, a medida que profundizábamos nuestro diálogo, se iba dejando llevar por la emoción, sonreía acogiendo mi falta de nivel y solo al hablar de su situación personal dentro de la Iglesia su entusiasmo se rebajó.

En aquella hora larga a solas con Hans Küng aprendí que la verdad no se puede abandonar por escandalosa que parezca; él la eligió porque no puede hacer daño ni a la Iglesia ni a nadie. Y que a pesar de las consecuencias, con la verdad hay que resistir, descartando el paso atrás. Por otro lado, el deber de obedecer nunca excluye, pero nunca, la decisión de conciencia. La obediencia lleva a absurdos. El propio Jesús a los doce años desobedeció.

 No pude evitar preguntarle por el papel de la mujer y me explicó que «no existe razón teológica seria sobre la que justificar la prohibición del presbiterado femenino». Guiñando un ojo añadió que «para la mayoría de las religiones del mundo, las mujeres son un problema». A pesar de no considerarse feminista, sostenía que «el papel de la mujer es vital para el desarrollo de la Iglesia como institución y para la expansión del Evangelio».

También le pedí opinión sobre el documento Dominus Iesus (Ratzinger-Bertone) que parecía dar un portazo al diálogo interreligioso, ecuménico e intercultural, y cómo había podido llevar a su autor a Tubinga: «Solo los fuertes proponen colegas fuertes y los mediocres a mediocres».

Desviándome un poco de lo religioso, quise confirmar si le gustaba la música clásica y efectivamente, recuerdo que conocía a fondo y disfrutaba las  obras de Mozart, Wagner y Bach.

En aquella ocasión, hablamos de la muerte (Hans era el mayor de ocho hermanos, pero había perdido dos siendo muy jóvenes) y él ya empezaba a pensar en la suya propia. Y por último le pedí su opinión sobre la vida después de la vida y de la reencarnación.

Sobre lo que hablamos allí, se asentó el cambio radical que había yo iniciado con su libro La Iglesia Católica. Después vinieron más lecturas, conferencias, correos electrónicos… y el seguimiento de su obra hasta el final.  

Solo unas horas antes de su muerte, Hans dijo que le gustaría irse ya, y luego se durmió tranquilamente durante la siesta, según W. Gramer, antiguo alumno del profesor y amigo hasta el final. Había dejado preparado su funeral hasta el último detalle: ecuménico, música de Bach y el capítulo 11 de la Carta a los Romanos (…Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia…). Estoy convencida de que el Señor ha sido más misericordioso con él que sus propios vicarios. 

Con infinito agradecimiento.

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