Hace poco más de un año, el 10 de febrero de 2019, el Papa Francisco admitía públicamente la existencia de abusos sexuales realizados por obispos y sacerdotes contra monjas y religiosas católicas en relación a las cuales tenían autoridad.

Jolanta Kafka, presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG). Foto UISG

En la declaración en la que se reconocían los abusos a religiosas, Francisco llegó a utilizar los términos «esclavas sexuales» admitiendo que el problema era conocido desde hacía años.

Alandar ha considerado un año después que, con motivo de la celebración de un nuevo 8 de marzo y junto a los movimientos que se están produciendo en colectivos de mujeres dentro de la Iglesia que no están dispuestas a seguir con más tiempo en silencio, sosteniendo una realidad de desigualdad en la que las agresiones sexuales son la culminación de un iceberg mucho más profundo (María 2.0 de las mujeres de Münster, Voices of Faith, Revuelta de Mujeres en la Iglesia) debíamos abordar los pasos dados por las víctimas y por la propia institución para conocer, restaurar y sanar estas actuaciones de delito y anti Evangelio.

En otro momento será necesario abordar el papel de los agresores, tanto en las responsabilidades que les competen directamente como en las raíces del problema que -quizás- tengan tanto o más que ver con la concepción de persona sagrada y ejercicio del poder (enmascarado en servicio) que la institución eclesial otorga al presbítero (y que gran parte del resto del Pueblo de Dios acepta), que con aspectos tales como el celibato y la percepción del sexo en la Iglesia.

Si los abusos a menores es una realidad dentro de la Iglesia que se ha mantenido oculta durante tiempo hasta donde alcanzan las posibilidades de obtención de datos rigurosos, el abuso a monjas y religiosas ha comportado un silencio mayor, si cabe, y su desvelamiento no ha hecho nada más que empezar, a pesar de que las primeras denuncias, sustentadas en diferentes informes, se produjeron hace décadas.

Un texto de L’Osservatore Romano

Las declaraciones del Papa de 2019, se produjeron en respuesta a un artículo sobre el abuso laboral y sexual de las monjas publicado en el suplemento de L’Osservatore Romano ‘Donne Chiesa Mondo’, dirigido desde 2012 por la periodista e historiadora Lucetta Scaraffia, la cual dimitió tres meses después de la publicación del texto. Esta periodista ya había publicado en marzo de 2018 otro artículo sobre la explotación laboral de religiosas por parte de cardenales, obispos y sacerdotes.

Como afirma Teresa Forcades, directora de Iglesia Viva y monja del monasterio de Sant Benet de Montserrat, en el nº 279 de la revista “el abuso laboral sistemático y la condescendencia con que las monjas son a menudo tratadas por los prelados romanos y por muchos obispos y sacerdotes, mina su autoestima y crea un patrón de relación de poder que dificulta que las monjas que luego padecen un abuso sexual por parte de un clérigo reaccionen de forma asertiva”.

También en marzo de 2019 la cadena de televisión pública franco-alemana ARTE emitió un documental de los directores Éric Quintin y Marie-Pierre Raimbault: “Religiosas abusadas: el otro escándalo de la Iglesia”.

Primeras denuncias

Pero las denuncias se remontan en el tiempo: En 1994 fueron denunciadas agresiones y abusos a religiosas por la monja irlandesa Maura  O’Donohue, médica de las Misioneras Médicas de María, que trabajó en África entre 1958 y 2003. Realizó un informe detallando los casos que, por sí misma, había podido documentar en 22 países. Los responsables eclesiales lo ignoraron durante siete años pero en 2001 se filtró a la prensa, junto con otros cuatro informes más de diferentes superioras de órdenes religiosas y el de un sacerdote norteamericano.

A pesar de que en su informe O’Donohue documentaba casos en todo el mundo, incluyendo Irlanda, Estados Unidos e Italia, la respuesta oficial por parte de la jerarquía eclesiástica fue que se trataba de un problema circunscrito a ciertos territorios y afectaba solamente a algunas zonas del continente africano. Una constante en relación a las denuncias han sido las estrategias llevadas a cabo para silenciarlas hasta que el propio Francisco las ha reconocido públicamente.

La hermana Jolanta Kafka es la presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) que reúne a 1.900 congregaciones y en ellas a más de 450.000 religiosas. En una entrevista realizada en enero de este año por Ritanna Armeni, del Consejo de Redacción del suplemento ‘Donne Chiesa Mondo’, a la pregunta “hace tiempo se planteó el problema de la violencia contra las mujeres en la Iglesia. Problema importante y grave denunciado por el propio Papa. ¿Qué percepción, qué conciencia hay del fenómeno? ¿Se ha hecho algo?”, Kafka respondía: “El Pontífice rompió el silencio sobre la violencia y esto nos da la oportunidad de hablar, de ser, también como UISG, un lugar de escucha y ayuda no solo en relación con la violencia sexual, sino también ante cualquier abuso de poder. Desde hace algún tiempo, decidimos enfrentar el problema siguiendo tres direcciones. Crear espacios donde las hermanas puedan hablar (no hay nada peor que sentirse víctima y no encontrar un lugar de escucha), ofrecerles apoyo terapéutico y legal y llevar a cabo un trabajo de capacitación integral para que las mujeres sean más conscientes de su dignidad y sus derechos”.

Más servidumbre que servicio

En el mismo número de ‘Donne Chiesa Mondo’, la filósofa feminista Luisa Muraro reflexiona sobre las palabras del Papa cuando dijo que también dentro de la Iglesia “el rol de servicio de la mujer resbala hacia un rol de esclavitud” invitándolas a “decir no cuando se les pida algo que es más de servidumbre que de servicio”. Según Muraro, “la constatación del Papa Francisco es justa y aún lo es más su invitación. Pero ¿quién dará discernimiento necesario a una humanidad femenina educada para confundir el amor con la subordinación?”

Hace años, sor Marcella Farina, hablando a las Superioras Generales reunidas en Roma, las invitó a prestar atención al feminismo. “Nos concierne -dijo- porque habla a las mujeres y también nosotras, consagradas, somos mujeres” ¿Quién es sor Marcella Farina? El catecismo habla de la autoridad carismática que es don del Espíritu Santo, dado también a las mujeres. Marcella Farina es una de ellas.