Perdón, Gracias, Por favor

Quizá las cosas más importantes de la vida se aprendan de pequeño y luego simplemente las vamos haciendo madurar y encajar. A mí mi madre me enseñó como algo fundamental el saber decir “perdón”, “gracias” y “por favor”. Vamos a ello.

PERDÓN. Cuatro años dirigiendo la nave de Alandar dan para mucho y por eso, revisando, no quiero dejar de empezar pidiendo perdón por las veces en las que no haya estado a la altura de la historia de nuestra revista. El listón que dejan 37 años de vida es alto y no siempre se llega. Quizá alguna vez me pudo el sentirme más polizón que capitán de esta cooperativa de navegantes utópicos. Siempre intenté, eso sí, hacerme equipo en cubierta. Si alguna vez herí, abandoné o desilusioné van mis sinceras disculpas por delante.

GRACIAS. Gracias infinitas a toda nuestra comunidad, a ti que me lees ahora, por la confianza a prueba de balas, el apoyo incondicional y hacerte siempre presente en los momentos de celebración y en los más complicados.

Ahora, me lo van a permitir, voy con nombres. Es prácticamente obligatorio. Gracias, antes que a nadie, a Salva, a Pilar, a Luismi, motores invisibles de la revista, cabeza y corazón colectivos del proyecto, amigos. A Ana, la persona que más me ha aguantado estos años, también con la que más me he reído, voz cercana de Alandar ante la comunidad. Y también, claro, a Charo, confidente en las decisiones complejas, compañera, mi partenaire en una suerte de ‘Dúo Pimpinela’ que, oye, al final ha funcionado bien.

No abandonen nunca este espíritu tierno y subversivo que ha caracterizado a la revista durante cuatro décadas

Gracias, por supuesto, a Pepe Montalvá, nuestro maquetador, mi compañero de cierre. Cuántas madrugadas compartidas en la distancia, cuánto asombro del melón que les escribe ante el talento de este nano.

Y gracias, muy muy especialmente, a mi equipo, a ese consejo de redacción inasequible al desaliento que, mes tras mes, desde una gratuidad que abruma, han pensado, mimado, redactado y moldeado los textos que han llegado
hasta sus hogares. Maquinaria perfectamente engrasada, altavoz de las voces de los nadies, asamblea de sabias y sabios. Han sido cuatro años de aprendizaje, risas y amistad a su lado. Han sido compañerxs y casa. Desde su humildad no han querido salir fotografiados en este número. Yo me llevo mi corazón lleno de sus nombres. Que queden escritos. Ellas y ellos son: Pepa Moleón, Lala Franco, Juan Ignacio Cortés, David Álvarez, Álvaro Mota, Cristina Ruiz, Corina Mora, Araceli Caballero, Ana Gamarra, Eloy Sanz, Nacho González, Teresa de Febrer, Nacho Igartua, Luis Fermín Moreno, Josemi Aragón y José Luis Jiménez. Cualquier acierto de estos cuatro últimos años es suyo, todos los errores acháquenmelos a mí.

POR FAVOR. Termino con un par de peticiones muy importantes, y me atrevo a pedírselo por favor. La primera de todas es que, a pesar de las dificultades que pueda suponer acompañar en este salto digital que da la revista, no la abandonen. Entiendo, como enamorado del papel que soy, que igual puede parecer que no es lo mismo, que cuesta más ubicarse y hacerse al formato, pero, igual que un Alandar sin papel puede ser factible, un Alandar sin ustedes, sin su comunidad, es totalmente imposible.

La segunda es que, si al final y con todo no deciden dar el salto junto a Alandar, no dejen de ser Alandar. No abandonen nunca este espíritu tierno y subversivo que ha caracterizado a la revista durante cuatro décadas, no aparquen esas ganas de transformar la realidad desde sus extrarradios, no dejen de preguntarse “¿dónde dormirán esta noche los empobrecidos?”. El mundo lo necesita (urge) y no puede permitirse el lujo de dejar de contar con ustedes.

Termino esta carta, que es una carta de despedida pero, por encima de todo, una carta de amor, reconociéndome al fin, no ya como capitán ni como polizón, sino como integrante junto a ustedes de los soldados derrotados de su misma causa invencible. ¡Seguimos!

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