Respuesta al Sr. Martín Bermejo

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Quiero hacerle saber que, si tuviera conocimiento de la persona y la vida de Paloma Castro, no habría escrito esa carta suya publicada en la revista alandar nº 282 de noviembre de 2011.

Puedo asegurarle, Sr. Bermejo, que Paloma Castro no tira piedras al tejado de nuestra querida Iglesia. Lo que está haciendo desde su más temprana juventud es sanear los cimientos del edificio y subsanar las vías de agua que han ocasionado el tiempo, la cerrazón, la falta de diálogo, el querer mantener el poder a toda costa, las alianzas con el dinero, el bloqueo a las constituciones del Vaticano II… y todas las otras posturas de la jerarquía que ella cita en la entrevista a la que Vd. hace referencia.

Le dice a Paloma Castro que “…preferiría ver cómo se preocupa más por el necesitado y menos por la Iglesia vaticana…”. Si realmente quiere comprobarlo, vaya al barrio Suerte de Saavedra, de Badajoz y podrá verla entregada en cuerpo y alma. O pregunte por ella en el barrio Los Pizarrales de Salamanca; pregunte también a las personas con problemas de alcohol y drogas de Segovia…

En cuanto a “...alabar sus grandes cualidades humanas (de la Iglesia), tales como las de los misioneros que dejan su vida en distintas zonas del mundo, precisamente por amor al prójimo”, también le conviene saber que Paloma forma parte de una familia en la que dos hermanos ya fallecidos fueron misioneros en América Latina, totalmente encarnados en el mundo de la pobreza y la marginación, al servicio del Reino, en nuestra Iglesia, sancte et meretrix.

Es cierto, Sr. Bermejo, la democracia real no ha llegado nunca a nuestra Iglesia. Así nos luce el pelo que nos luce: en el siglo XIX perdimos el mundo del obrero; en el siglo XX, el de la juventud y el de la mujer (sabe Vd. que las madres han dejado de enseñar el padrenuestro, la oración más bella, a sus hijos?). ¿Quién limpiará las iglesias en el siglo XXI cuando se acabe esta generación de abuelas a la que pertenezco?

Hablando de democracia real, ¿recuerda que, en un principio, hubo mujeres ordenadas a los ministerios del presbiteriado y diaconado? ¿Recuerda la elección de obispos por aclamación del pueblo? Fue San Agustín, si no me equivoco, ¿verdad?

Respecto al penúltimo párrafo de su carta, creo que ya no merece la pena ni una sola línea, ni una sola palabra.

Una última observación: ¿por qué tanto miedo a la crítica? A mí me ha enseñado a ser crítica el Maestro. Sin ir más lejos, en el evangelio del domingo 30 de octubre pasado, Mateo 23, 1-12, Jesús hace una crítica tremenda al estamento religioso de su tiempo y advierte a la gente que le seguía para que hicieran lo que les oían decir, pero no lo que les veían hacer.

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