Profeta de hoy

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He admirado y sigo admirando a todos aquellos que pusieron su inteligencia y su quehacer al servicio del espíritu y la letra, de los objetivos y contenidos, así como los procedimientos y actividades del Concilio Vaticano II. Dicho esto, quiero resaltar el trabajo de Juan José Tamayo, a quien me atreví a considerar un profeta de nuestro tiempo, es decir, de hoy, en mi libro Profetas de ayer y de hoy y no me arrepiento, pues ha pensado y sigue pensando que nuestra Iglesia está como hibernando a la sombra de la cruz, como diría Bernanós. Por eso, casi sólo se dedica a conseguir pingües prebendas y antiguos privilegios, como acumular «campos, casas, alquileres de viviendas…» registrándose miles de bienes a nombre de la Iglesia, matriculándose edificios que pertenecen al pueblo, invirtiendo en Bolsa, negándose a pagar el IBI, defendiendo con uñas y dientes sus privilegios, concedidos durante la dictadura por legitimar el golpe militar, dejando caer unas migajas epulónicas a cambio de su recaudación de las arcas del Estado, por la vía fácil y segura de la declaración de la renta, teniendo al Estado como fiel y sumiso recaudador.

No me extraña que este hombre siga intentando empujar y motivar a abrir ventanas y descorriendo cortinas, para que entre aire fresco, aunque sus dirigentes vayan tabicando cualquier iniciativa o propuesta de los profetas de hoy.

Antiguamente, a los profetas se los cargaban. Espero que Juan José no tenga un final así, con el fin de que pueda seguir abriendo caminos con su capacidad para una Iglesia que, por fin, pueda convencer, en vez de vencer.

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