El que meta gana

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Leía en el estupendo artículo de Lala Franco y Fernando Torres sobre el laberinto económico de la Iglesia española que, según el Barómetro del CIS de abril de 2014, que sobre una base de población de 47 millones, 33 millones se identifican como personas religiosas, de los que 20 millones no asiste casi nunca a misa u otros oficios religiosos.

A mí esto me parece un rotundo fracaso del departamento de marketing de la Iglesia, ya que la estadística viene a decir que al 60% de personas que han probado tu producto no les resulta interesante.

Está claro que ir a misa es un puto coñazo. Sé que decir tacos es innecesario y generalizar es injusto, pero añadir la palabra “puto” a cualquier cosa en los tiempos que corren es imprescindible para que las palabras no se desvanezcan. Y sobre lo de generalizar, obviamente es injusto ya que cada vez más parroquias de barrio rompen esquemas y empiezan a ser verdaderas comunidades, que han dejado de preocuparse por el futuro para volver al origen, a la infancia.

En Mateo 18 algo, podemos leer a Jesús diciendo: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entrareis en el Reino de los cielos”.

¿Y si nos diéramos por aludidos no como individuos, sino como ente? Volver a ser niños no es un mal modelo, podría valer para la misa. En la celebración hay un momento, el de la paz, en el que se rompen las reglas, el orden, el silencio, los niños abandonan sus asientos, hartos de estar sentados y corretean en busca de sus padres, primos o amigos a darles un beso, la mano o un abrazo. Durante unos minutos hay naturalidad, hay vida y, por tanto, hay esperanza.

Deberíamos reinventar la celebración siendo la paz el momento central sobre el que habría que reconstruir el resto. Por cierto, los mayores también hacen cosas rompedoras en ese momento, se giran, sonríen, se aprietan las manos, se mira a los ojos de los desconocidos y se les desea la paz.

Sé que es un sacrilegio no poner en el centro del evento la eucaristía, pero vuelvo a los niños y, fijándome en ellos, no veo la misma alegría de antes cuando se acercan a comulgar. Tal vez sí la hubo en su primera comunión, pero supongo que la ausencia de regalos detrás convierte a la segunda, tercera y siguientes comuniones en algo menos festivo.

Según las cifras, de cada tres personas que en algún momento fueron parte, dos se han largado y ya no vuelven, pero no reniegan de sus raíces y siguen considerándose personas religiosas. Pero, ¿por qué ese abandono masivo?

Tal vez hayamos tenido la respuesta siempre delante sin darnos cuenta, cuando Jesús comentaba aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”. En aquel tiempo los discípulos no querían que los niños molestasen a Jesús; “no se lo impidáis”, respondía ante el esfuerzo de sus apóstoles. En estos tiempos tal vez tendría que decirles de nuevo lo de “no se lo impidáis” y añadir: “Pero tampoco les obliguéis”.

Hoy es domingo, me levanto, no hay que madrugar, hoy no hay cole, desayuno, juego con mis juguetes, mi hermano pequeño me pega, yo se la devuelvo algo más suave porque le quiero. Nos vestimos algo mejor que de costumbre, hoy tenemos que ir a misa, estoy contento porque después suele haber aperitivo y me tomaré una coca-cola.

Entramos en la parroquia y mis padres se sientan estratégicamente entre mi hermano, mi hermana y yo para que nos portemos bien. Durante una hora tenemos que estar callados, nos ponemos de pie, decimos cosas en alto, canción, nos sentamos, nos levantamos de nuevo, escuchamos, repetimos palabras, canción, los mayores se golpean el pecho diciendo cosas, yo ya estoy imaginándome cómo va a ser la tarde con la bici, de nuevo de pie, canción, mi madre nos da unas monedas, a mí se me cae, a mi hermano también, de rodillas, sentados, de pie, canción, el padrenuestro que me lo sé, sentados, de pie, la paz, le doy un beso a mis hermanos y padres y a comulgar, ya queda menos. Sentados, de pie y ¡¡¡aperitivo!!

Expertos del marketing eclesial, mejoren el producto, en sí es muy aburrido y los niños inquietos se sienten obligados a hacer cosas que no comprenden, provocando el efecto abandono en cuanto pueden. Contraten a niños para que les asesoren, son verdaderos genios.

Aquella coca-cola del aperitivo sabía a gloria y hoy son los publicistas de Coca-cola los que se han hecho niños y acaban de crear una campaña con las reglas del fútbol de la calle: un niño le pregunta a otro del equipo contrario por el resultado y le dice “vamos diez a dos” y, como el partido llega a su fin, los dos están de acuerdo en que «el que meta gana».

Solo haciéndonos niños podemos entender una decisión así, el equipo que solo lleva dos goles puede ganar el partido y eso hace que sea divertido hasta el final y que sea divertido para todos. El equipo que lleva diez puede perder todo el trabajo en el último gol, pero merece la pena por varias circunstancias: una de ellas es la emoción, ya que hasta el último segundo nadie va a bajar los brazos por resultar imposible la remontada.

Los niños no creen. Los niños saben lo que los demás creemos y lo saben no porque les lavemos el cerebro desde pequeños, lo saben porque lo ven, lo intuyen o lo sienten. Y luego llegamos nosotros y les llevamos todos los domingos a ver una película que siempre acaba igual, el “prota” resucita. ¿Donde está la emoción?

Si yo fuera un niño os daría mejores argumentos.

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