Carta a un obispo

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pag2_cartas_destacada_web.jpgQuerido Sr. Rouco:

Qué pena que, de nuevo, desaprovechen la oportunidad que la historia nos brinda a todos los hombres y mujeres de caminar juntos, de la mano. Una vez más se pone usted por encima, creyendo que dan en la clave del problema; y, no contento con esto, creen que la mejor opción es darnos la solución. Pues no, muy señor mío, se equivoca o, como a usted le gusta decir, peca de ignorancia o prepotencia.

Los que estamos en la calle no necesitamos que usted nos dé la solución, es más, no queremos que nadie nos solucione nada. Queremos buscar soluciones entre todos y todas, por eso participamos en las asambleas que ya se están reuniendo en los barrios.

Queremos charlar como si nada -como dice Eduardo Galeano- encontrarnos, proponer, debatir, sentir, mirarnos y caminar juntos hacia un mundo más justo, más humano, donde todos y todas contemos.

¿No será que a usted le da miedo? ¿No será que a los miembros de la Iglesia les asusta este movimiento? Por sus declaraciones me inclino a pensar que sí, que esto no va mucho con ustedes. Les van más otro tipo de concentraciones.

De entrada, este sábado había más gente en las asambleas de barrios que en muchas de sus parroquias; más jóvenes, adultos y niños en la calle que en las catequesis.

Ya sé que seguramente no nos tenga en muy alta estima, porque a usted y a sus amigos y amigas de trajes largos les gustan más las familias, jóvenes, adultos, que no debaten, que no plantean disonancias. Les gusta la gente que se cree sin rechistar todo lo que salga de su boca, los tranquilos, los mansos, los que utilizan el Evangelio en su beneficio para oponerse a cualquier cambio, aunque para eso pisoteen a mucha gente.

Usted y lo que usted representa huelen a podrido desde hace tiempo. Ya sé que no se dan cuenta, porque se han acostumbrado a olor.

Jesús de Nazaret fue un repudiado, asesinado por revolucionario. Recuerden esto y rece usted un poquito más.

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