Así se construye

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Quisiera escribir alguna reflexión que me surge después de leer la carta publicada en el número 282, “¿Crítica o corrección fraterna?”

Tal vez echando piedras contra nuestro propio tejado, pero en ningún caso desde la intolerancia, somos muchos los que vivimos las incoherencias de nuestra amada Iglesia como incoherencias propias, no como algo ajeno a nosotros, sino como una realidad presente en nuestra vida, que debemos seguir construyendo.

Santa Joaquina de Vedruna también señaló las injusticias de su tiempo, promoviendo la enseñanza para las mujeres, por ser precisamente ellas quienes se encontraban excluidas de este derecho, teniendo así limitada su posibilidad de promoción en el mundo y en la Iglesia. Ahí se la jugó Santa Joaquina, transgrediendo leyes por estar más cerca de la Iglesia de carne que de la Iglesia de piedra. No sé si las afirmaciones a las que se dan respuesta en la carta “¿Crítica o corrección fraterna?” se pueden hacer lejos de la Iglesia de carne, pero me consta que no es el caso.

Así se construye. Diciendo y haciendo lo que el Evangelio te enseña, teniendo un mismo discurso de puertas para dentro y de puertas para fuera, desde el amor, aunque cause dolor. Porque causa dolor ver y oír lo lejos que está mi Iglesia, lo lejos que está mi vida de lo que Jesús nos enseñó. Causa dolor en quien lo oye, pero también en quien lo dice, porque amamos a esta Iglesia que nos ha transmitido lo más precioso que tenemos: nuestra fe. Precisamente porque está en juego la fe que se transmite (o no), queremos cuidar a nuestra Iglesia cada uno con nuestra granito, acercando la vida al Reino.

No somos perfectos. Ninguno. Pero, afortunadamente, Dios nos ha dado la capacidad de discernir lo bueno de lo malo por encima de nuestros aciertos y errores. Si Dios a todos y no a unos pocos elegidos nos ha dado esa capacidad, nos toca ser responsables a los miembros del pueblo de Dios. Por favor, que nadie condene y que entre todos cambiemos lo que haya que cambiar.

¿Democracia en la Iglesia? Estamos de acuerdo en que no existe. ¿Que nunca existió? Bueno, usted sabe que al menos en los primeros siglos posteriores a la muerte de Jesús la organización de las comunidades era asamblearia, girando en torno a ministerios que surgían de los carismas que los miembros de las comunidades descubrían y vivían como dones que Dios había puesto en el hermano. ¿Era esto democracia? Desde luego era algo muy diferente a la organización actual. Y no somos más santos que aquellos hermanos.

Por último, ¿qué gana quien dice las cosas a las que usted da respuesta? Yo creo que nada más que la tranquilidad de tener la conciencia en paz, aun a costa de recibir cartas como la que ha suscitado mi comentario.

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