A propósito de la reciente campaña vocacional de la Iglesia católica

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La mejor justificación-legitimación del vídeo promocional en pro de la vocación al ministerio ordenado que acaba de hacer público la comisión de la Conferencia Episcopal Española encargada de tales menesteres, es la cantidad de sacerdotes de toda edad y condición que hoy día manifiestan con hechos, siguen manifestando, en efecto, que se toman en serio su vocación de servicio a la comunidad a la luz del Evangelio y el amor a la Iglesia universal, desde la específica vocación de presbíteros.

Lo peor, empero, es que en no pocos momentos del montaje publicitario -dicen muchos que técnicamente muy logrado- se percibe una idea del ministerio ordenado que sigue oliendo a naftalina; mejor, a clericalismo, a elitismo: los curas seguirían siendo esa casta de elegidos, de segregados del común de los mortales que, no en balde, según reza el propio vídeo promocional, ni problemas económico-laborales tendrían, frente a una juventud española que, sencillamente, pierde a pasos agigantados hasta la alegría de vivir, la esperanza, la ilusión… Millones de jóvenes en España sudando sangre, sudor y lágrimas para estar a la altura de la dura competencia existente por conseguir y mantener un trabajo en los tiempos que corren, o teniendo que plantearse el salir fuera, al extranjero, porque aquí es que no hay nada casi, o viendo cómo sus vidas no pueden desarrollarse en plenitud (planes de vida en pareja o matrimonial, viajes, ampliación de estudios, emancipación, posibles hipotecas…), en tanto se lanza la oferta, desde la cúpula de la Iglesia católica, de que -si están dispuestos al menos a ser funcionarios del culto, meros burócratas (pero, eso sí, burócratas segregados del resto de la comunidad cristiana y, además y sobre todo, bien estimados, bien reconocidos por el resto de la comunidad, puesto que ser cura a pesar de los tiempos actuales de secularismo y de increencia, sigue vistiendo, sigue siendo algo estimable)-, casa y comida segura tendrán.

Chapó por los curas auténticamente entregados a su ministerio; solo que ello no es obstáculo que impide o impida incluso que muchos curas sean, simplemente, funcionarios de la Iglesia católica, meros burócratas del culto, administradores de sacramentos y poco más: ni vida entusiasmante de fe, ni vida comunitaria, ni compromiso militante. Nada.

Chapó por los curas auténticamente entregados a su ministerio, sea donde sea que estén; pero ello no impide que no pocos curas, jóvenes y no tan jóvenes, sigan practicando el trato paternalista con los seglares -en tanto ellos como curas, como casta segregada, elegida, “privilegiada”, poco menos que exigen que se les trate con “respeto reverencial”, no digamos ya si estamos ante obispos, cardenales…-, incluso en casos la mar de curiosos en que el cura en cuestión manifiesta ignorancia supina en tantas disciplinas del saber, las propiamente teológicas incluidas. Sospecho que no pocos ciudadanos, creyentes católicos y, sobre todo, no creyentes católicos, simplemente consideran que lo que podríamos denominar como la movida clerical no tiene apenas nada que ver con el espíritu de las Bienaventuranzas, esto es, con la predicación liberadora, igualitaria y fraterna de Jesús de Nazaret, pues no en balde la Iglesia universal se habría convertido en una estructura de sacralización del poder.

Sospecho que muchos jóvenes de nuestro tiempo lo que no quieren es entrar a formar parte de una Iglesia católica que les sigue pareciendo que más que funcionar desde las claves de comunidad fraterna de iguales en torno al único Señor (este es el corazón del mensaje evangélico), sigue funcionando más bien, desde hace ya más de 1.500 años, como una suerte de pirámide administradora del poder sagrado; sagrado, sí, pero no raramente en exceso “contaminado” de ínfulas de grandeza y de borrachera de poder terrenal. Con obispos que parecen funcionar más que como hermanos mayores en la fe puestos por la comunidad cristiana para animar, confirmar y consolar en la fe, como meros burócratas practicantes del trato paternalista a cambio de ese “respeto reverencial” exigido únicamente porque el peso de las tradiciones eclesiásticas exige tal guion, no porque de suyo el Evangelio lo contemple así. En definitiva: es ese modelo de Iglesia católica (clerical, paternalista, piramidal, jerarcocéntrica) el que muchos jóvenes rechazan, me temo, me parece; rechazan, sí, me sigue pareciendo, a pesar del aparente avance de sectores ultraconservadores e integristas en la Iglesia católica.

No faltan voces críticas dentro de la Iglesia que afirman que lo que está poniendo de manifiesto la crisis vocacional actual es que el modelo o paradigma clerical desde el que se ha entendido, promocionado y vivido el ministerio ordenado desde hace más de 1.500 años, prácticamente está tocando a su fin. Alegan tales críticos que en los tres primeros siglos del cristianismo no hubo casta sacerdotal alguna porque la Iglesia se configuró en torno a la realidad de ministerios, de carismas en pro de la comunidad cristiana, que ni siquiera revestían el carácter de absolutos o vitalicios. Siglos en los cuales aún el clero no se había apropiado de la administración de sacramentos ,y con tal apropiación, aún no había pasado a detentar la centralidad del poder eclesial.

Cierto o no cierto, históricamente hablando, lo que señalan críticamente algunos autores sobre la realidad eclesial de los primeros siglos del cristianismo… En fin: los actuales tiempos de crisis vocacional siguen sosteniendo algunas de esas voces críticas hacia el interior de la comunidad cristiana, hacia donde están queriendo apuntar es hacia la recuperación de ese modelo de Iglesia original, primitiva, fundacional, en el que la administración de los dones de la propia comunidad cristiana, los sacramentos, la vida de la gracia, todo lo propiamente salvífico de la buena nueva de Jesús de Nazaret, se hacía de manera más fraterna, igualitaria, incluso democrática; y, por ende, más evangélica.

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