A la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Vaticano

Me produjo una gran tristeza su carta del 21 de octubre de 2008, en la que me daba 30 días para retractarme de mi creencia y mis declaraciones públicas en apoyo de la ordenación de mujeres en nuestra Iglesia, si no quería ser excomulgado.

He sido sacerdote católico durante 36 años y tengo un profundo amor a mi Iglesia y a mi ministerio.

Cuando era un joven militar sentí que Dios me llamaba al sacerdocio. Entré en Maryknoll y fui ordenado en 1972. Con el paso de los años, he encontrado muchas mujeres en nuestra Iglesia que, como yo, se sentían llamadas por Dios al sacerdocio. Ustedes, nuestros líderes de la Iglesia en el Vaticano, nos dicen que las mujeres no pueden ser ordenadas.

Con todo el debido respeto, creo que lo que enseña nuestra Iglesia Católica en este asunto es un error y no se sostiene en un examen serio. Un informe de la Comisión Bíblica Pontificia, en 1976, apoyaba la investigación de expertos en Escritura, en Derecho Católico y de muchos fieles católicos que estudiaron y reflexionaron las Escrituras y que concluían que no hay justificación en la Biblia para excluir a mujeres del sacerdocio.

Como personas de fe, nosotros profesamos que la invitación al ministerio de sacerdocio proviene de Dios. Profesamos que Dios es la Fuente de la vida y creó a los hombres y a las mujeres con el mismo grado de dignidad. La doctrina actual de la Iglesia Católica respecto a la ordenación de mujeres implica que nuestro adorado y todopoderoso Dios, el Creador del cielo y la tierra, no puede autorizar en modo alguno que una mujer a sea sacerdote.

Hay mujeres en nuestra Iglesia que nos dicen que Dios les llama al sacerdocio. Quiénes somos nosotros, como hombres, para decir a las mujeres: “Nuestra vocación es válida, pero la de ustedes no lo es”. ¿Quiénes somos nosotros para manipular la llamada de Dios?

Tanto el sexismo, como el racismo, son pecado. Y por mucha energía o tiempo que empleemos en tratar de justificar la discriminación, al final siempre es inmoral. Centenares de iglesias católicas se están cerrando en EEUU a causa de la escasez de sacerdotes. Mientras tanto hay centenares de mujeres entregadas y proféticas que nos dicen que Dios les llama a servir a nuestra Iglesia como sacerdotes.

Si hemos de tener una Iglesia vibrante, bien arraigada en las enseñanzas de nuestro Salvador, necesitamos la fe, la sabiduría, la experiencia, la compasión y el coraje de mujeres en el sacerdocio.
La conciencia es muy sagrada. La conciencia nos da un sentido de lo justo y lo equivocado y nos insta a hacer la cosa correcta. La conciencia es lo que impulsó a Franz Jagerstatter, un humilde granjero austriaco, marido y padre de cuatro jóvenes niños, a rehusar afiliarse al ejército de Hitler, lo que llevó a su ejecución. La conciencia es lo que impulsó a Rosa Parks a decir que ella no aceptaba sentarse en el asiento trasero del autobús. La conciencia es lo que impulsa a mujeres en nuestra Iglesia a decir que ellas no pueden quedarse calladas y negar que sienten la llamada de Dios al sacerdocio. La conciencia es lo que impulsó a mi querida madre y a mi padre, ahora de 95 años, a esforzarse siempre en hacer las cosas correctas como fieles católicos que criaron a cuatro hijos. Y después de mucha oración, reflexión y discernimiento, es la conciencia la que me impulsa a hacer lo correcto. Yo no puedo retractarme de mi creencia y declaraciones públicas que apoyan la ordenación de mujeres en nuestra Iglesia.

Trabajar y luchar por la paz y la justicia son una parte esencial de nuestra fe. Por esta razón, yo hablo abiertamente contra la guerra en Irak. Y desde hace dieciocho años, me he estado pronunciando contra las atrocidades y sufrimientos causados por la School of Américas-SOA. [Una Escuela del Ejército de Estados Unidos para entrenar a oficiales latinoamericanos para la guerra]. Hace ocho años, mientras asistía en Roma a una conferencia por la paz y la justicia, fui invitado a hablar sobre la SOA en Radio Vaticano. Durante la entrevista, indiqué que yo no podría denunciar la injusticia de SOA y quedarme callado sobre las injusticias en mi Iglesia. Terminé la entrevista diciendo: “Nunca habrá la justicia en la Iglesia Católica hasta que las mujeres puedan ser ordenadas”. Yo me mantengo firme hoy en este parecer.

Tener un clero totalmente masculino implica que los hombres son dignos de ser sacerdotes católicos, pero las mujeres no lo son.
Según USA TODAY (28 de febrero de 2008) sólo en Estados Unidos, casi 5.000 sacerdotes católicos han abusado sexualmente de más de 12.000 niños. Muchos obispos, enterados del abuso, se quedaron callados. Estos sacerdotes y obispos no fueron excomulgados. Mas las mujeres en nuestra Iglesia que son llamadas por Dios y son ordenados a servir al pueblo de Dios, y los sacerdotes y obispos que las apoyan, son excomulgados.

El silencio es la voz de la complicidad. Por lo tanto, invito a todos los católicos, a los compañeros sacerdotes, a los obispos, al Papa Benedicto XVI y a todos los líderes de la Iglesia en el Vaticano, a hablar con voz fuerte sobre esta grave injusticia de excluir a las mujeres del sacerdocio.

El arzobispo Oscar Romero de El Salvador fue asesinado a causa de su defensa del oprimido. Él dijo, “Que los que tienen una voz, hablen con franqueza por los sinvoz”.

Nuestro querido Dios nos ha dado una voz. Hablemos claro y valientemente y caminemos en compañía solidaria, como haría Jesús, con las mujeres que son llamadas por Dios al sacerdocio en nuestra Iglesia.

En Paz y Justicia,

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