Sana envidia

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La ordenación de obispas anglicanas ha sido posible gracias a la voluntad de comunión. A mediados del pasado mes de julio, la inglesa ciudad de York, de añosas remembranzas medievales, volvió a ser testigo de la historia. Ocurrió allí algo que, entre guerras varias, persecuciones de minorías religiosas y cambios de sillas cardenalicias, pasó desapercibido por estos pagos. Y que, desde la perspectiva católica, produce envidia. Sana, pero envidia. A saber: el Sínodo de la Iglesia anglicana de Inglaterra aprobó -¡por fin!- el acceso de las mujeres al episcopado, veinte años después de que se les permitiera ser sacerdotes.

Envidia, naturalmente, por el fondo de la cuestión. Una decisión así es hoy impensable en la Iglesia católica –y, desde luego, en la ortodoxa-, que ni siquiera se plantean el sacerdocio femenino, puesto que supondría la ruptura de la sacrosanta tradición apostólica mantenida durante dos mil años: los apóstoles fueron hombres. Aunque, dicho sea de paso, sea bastante triste que a estas alturas andemos los cristianos y cristianas debatiendo estas cosas, que deberían ir de suyo desde hace mucho tiempo.

Envidia, también, por el método, del que ya hemos hablado en estas páginas en alguna otra ocasión. En la Iglesia anglicana no han intentado, precisamente, evitar las discusiones, que han durado más de diez años. Era, de hecho, la segunda vez que votaban sobre el asunto. La primera, en 2012, no se alcanzó por los pelos la mayoría de dos tercios de votos necesarios en cada uno de los tres estamentos del sínodo: obispos, sacerdotes y laicos. Frente a lo que pudiera suponerse, mientras los ordenados votaron ampliamente a favor, fueron los laicos quienes rechazaron –por apenas seis votos- la consagración episcopal femenina. El estamento seglar estaba formado en su mayoría por miembros de un grupo conservador que, en realidad, no se oponía a la consagración episcopal femenina, pero reclamaba el derecho de no reconocer su autoridad.

Momento de la llegada del arzobispo de Canterbury a la reunión sinodal. El resultado de 2012 supuso un fuerte golpe para la credibilidad de la Iglesia anglicana, sumida desde hace tiempo en una profunda crisis de confianza y de práctica, en una sociedad británica masivamente favorable al nombramiento de obispas. Así que sus dirigentes, con el nuevo arzobispo de Canterbury, Justin Welby, a la cabeza, siguieron insistiendo. La confrontación durante estos dos años ha sido dura. Y, aunque esta vez se consiguió una amplia mayoría, el debate -tempestuoso por momentos- duró más de cinco horas. Los argumentos teológicos no han cambiado en este tiempo. Los partidarios de la medida insistían en que Jesús se hizo humano y no hombre en el sentido masculino del término. Los contrarios argumentaban que la autoridad eclesiástica tiene que ser icono de Cristo y una mujer no puede ser icono de un hombre.

¿Qué ha ocurrido, entonces? Básicamente, que ha habido voluntad de comunión por ambas partes. Los conservadores se sintieron escuchados y el sínodo hizo todo lo posible para tener en cuenta sus objeciones. El texto finalmente adoptado incluye una serie de cláusulas destinadas a compensarlos. Así, una parroquia recalcitrante podrá pedir a su obispa, si la tiene, que delegue su poder en un hombre, a condición de justificar teológicamente su rechazo.

Muchos de los que votaron en contra en 2012 decidieron abstenerse –las abstenciones no se contabilizaban, lo que facilitaba alcanzar el porcentaje requerido- en nombre de la “unidad” y la “reconciliación”. El obispo conservador de Burnley, John Goddard, declaró que “en conciencia votaré en contra, pero espero que se apruebe la medida y que trabajemos juntos en nombre de Dios”. “Hemos mostrado al mundo cómo nuestra Iglesia es capaz de vivir en el amor con un cierto grado de desacuerdo”, concluyó el primado Welby.

Un ejercicio de sinodalidad real y una idea de comunión muy diferente a la de la Iglesia católica. En un sínodo anglicano, las intervenciones son públicas; se sabe quién está a favor y quién opina qué. En los sínodos romanos, los debates –si los hay- son absolutamente secretos y es imposible encontrar a alguien que reconozca y asuma posiciones diferentes a la oficial. Por miedo, precisamente, a romper la comunión tal como la concibe la jerarquía latina.

O eran secretos. Francisco se ha mostrado en varias ocasiones partidario de abrir las ventanas de la Iglesia a la diversidad de pareceres. El sínodo sobre la familia que se celebra este mes será una gran oportunidad para comprobar hasta dónde llega esta intención, teniendo en cuenta que los asuntos que abordará –comunión de las personas divorciadas, contracepción, etc.- no generan precisamente consenso en la jerarquía. ¿Habrá divergencias? ¿Se reconocerán distintas posiciones? ¿Se conocerá el contenido de las discusiones? Algo, al menos, continuará igual que siempre: es cierto que se ha pedido la opinión previa de todos los fieles pero, a la postre, solo se reúnen para decidir los obispos.

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