La paz es cosa de todos los creyentes

paz.jpgLas religiones son malas. Y agresivas. O esto, al menos, es lo que ha pretendido contarnos este otoño Alejandro Amenábar con su película Ágora. Se ha dicho que es un filme contra el cristianismo. Pero el cineasta, que se declara ateo, no deja mal sólo a los cristianos. Todas las doctrinas salen malparadas: paganos, judíos y seguidores de Jesús se enzarzan –en nombre de Dios- unos contra otros en una espiral de violencia que sólo acaba cuando todas las creencias, menos una, son expulsadas de Alejandría.

En realidad, Ágora pretende reflexionar sobre el peligro que supone la religión para la convivencia en una sociedad cada vez más pluralista. Lo que cojea es la conclusión a la que llega: las religiones son enemigas del pensamiento y conducen a la intolerancia. Así ha sido siempre en la historia de la humanidad: una religión aparece, desplaza, pretende sustituir, persigue y aniquila a la precedente en nombre de un dios siempre –eso sí- bienintencionado. O como escribió Voltaire: “A más Dios (o dioses), menos humanidad”. ¿Por qué? Porque las religiones, viene a decir Amenábar, llevan consigo el germen de la violencia. Y no es, ni mucho menos, el único que así piensa.

No vamos a negar –tampoco podríamos- todas las barbaridades que hemos hecho los cristianos a lo largo de la historia. O las otras tradiciones. Ni siquiera tenemos que remontarnos mucho en el tiempo: los fanatismos religiosos de ayer, con distintas caras, son los mismos que nos sirven hoy cada día los telediarios. Pero ocurre que, tras la denuncia del fundamentalismo y la violencia que hace la película, late una gran simplificación, como ha señalado el teólogo catalán Peio Sánchez: “Ninguno de los personajes creyentes tiene una fe acompañada por una ética de la coherencia”.

Dicho en otras palabras: los fanáticos no son realmente coherentes con su fe. Esto, claro, no es nuevo. Ya se lo reprochó, según cuenta Stefan Zweig, a Juan Calvino su opositor Sebastien Castellio cuando aquél permitió que Miguel Servet ardiera en la hoguera: “No se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino dejándose quemar uno mismo por esa fe”. Calvino –lo contamos el mes pasado en alandar– propugnaba la vuelta a los orígenes evangélicos, a la pureza de la fe, pero en este caso no tomó ejemplo de los mártires, sino de quienes los martirizaban.

La deriva –o la perversión- comienza cuando a Dios lo hacemos hombre y comenzamos a tomar por suyos nuestros deseos humanos. Es decir, cuando entran en juego el poder, la ambición. La religión aparece así como causa de conflictos y guerras en numerosas partes del mundo: entre católicos, musulmanes y ortodoxos en Europa del este; entre católicos y protestantes en Irlanda; entre judíos y musulmanes en Israel; entre hinduistas y musulmanes en India y Pakistán; entre musulmanes y cristianos en Indonesia…

Víctimas de la violencia

¿Causa de conflictos? Digámoslo alto y claro: ¡No! Las religiones son, en realidad, otra víctima de la violencia. Es más: son, por naturaleza, fuente de paz. Lo expresó muy bien hace unos meses el jesuita Esteban Velázquez en un artículo publicado en la revista Pueblos: la regla de oro de la convivencia humana –“haz a los demás lo que quieras que hagan contigo mismo”- tiene su origen en la sacralidad de todo ser humano. En esta regla de oro se basan las enseñanzas éticas de prácticamente todas las religiones: “No matarás”, como fundamento de la no violencia; “No robarás”, como fundamento de la justicia y la solidaridad; y “No mentirás”, como fundamento de la verdad y la transparencia.

Porque, como es sabido, para que haya paz no basta con la caridad o la tolerancia. Hay que ir contra las causas injustas que provocan la violencia. Valga para ilustrar esta aseveración lo que dijo el teólogo protestante sudafricano Alan Boesak, durante un debate de la Alianza Reformada Mundial que pretendía dar a luz una declaración sobre la paz mundial: “En este documento, la palabra “nuclear” se usa cierto número de veces, pero ni siquiera he visto una sola vez la palabra “hambre”. En mi pueblo, las personas no comprenderían la palabra “nuclear”, pero saben muy bien lo que quiere decir el hambre y la pobreza”.

entierraextrana.jpgY la justicia no es el único abono de la paz. Ésta requiere una gran capacidad de perdón, que no es olvido sino la vía de acceso a la reconciliación. Palabras mayores que llevan tras de sí un trabajo paciente, oscuro y arriesgado, que con frecuencia sólo están dispuestas a recorrer hombres y mujeres creyentes impulsados por su fe.
A partir de esta ética –que algunos llaman moral- compartida, las religiones tienen un indudable potencial pacificador. Y, sobre todo, una gran influencia. Por ello, son hoy percibidas y reclamadas como mediadoras en la resolución de numerosos conflictos. La decisiva intervención de la católica Comunidad de San Egidio –auspiciadora del encuentro interreligioso por la paz que cada año reúne a múltiples líderes de todo el mundo- en las negociaciones de paz que acabaron con las guerras civiles en Guatemala o Mozambique son bien conocidas. Pero otros muchos ejemplos de la actuación reconciliadora de creyentes de diversas tradiciones no han faltado en los últimos años: en las conferencias nacionales en diversos países africanos, en el fin del apartheid en Sudáfrica, en las tensiones étnicas y religiosas de algunos estados indios… Y hoy siguen presentes en muchos otros conflictos, pequeños y grandes, locales e internacionales, conocidos o ignorados por los medios de comunicación, promoviendo el diálogo y la reconciliación en los lugares de la vida cotidiana: escuelas, mercados, puestos de trabajo, vida política, etc.

La última muestra es muy reciente: tras el secuestro en Mauritania de los tres cooperantes de la ONG barcelonesa Acció Solidària, el Gobierno español se dirigió inmediatamente a los responsables islámicos del país para tratar de influir en su liberación. Los imanes no tardaron en condenar la acción desde sus púlpitos. La medida no es nueva: Francia hizo lo mismo hace unos años, con éxito, cuando tres periodistas galos fueron tomados como rehenes por grupos extremistas en Irak.

Islam pacifista

El componente pacifista del judeocristianismo es, para nosotros, evidente. El del islam, no tanto. Pero, por sorprendente que nos pueda parecer, la doctrina de Mahoma y la tradición musulmana también desacreditan todo tipo de violencia. La propia palabra “islam”, que significa “sumisión”, está relacionada con el árabe “salam”: paz. Cuando Mahoma entregó a los árabes los textos de inspiración divina conocidos como el Corán, pretendía precisamente acabar con el círculo vicioso de guerras en que estaban inmersas las tribus de Arabia, dedicadas sin cesar a la venganza y la contravenganza. Él tuvo que librar una guerra sangrienta para sobrevivir, pero luego dedicó sus esfuerzos a construir una coalición pacífica de tribus y lo consiguió mediante una ingeniosa y modélica campaña de no violencia. El Corán contiene, es cierto, algunos pasajes virulentos, pero a éstos les suelen seguir exhortaciones a la paz: ‘Por tanto, si te dejan vivir, y no te declaran la guerra, y te ofrecen la paz, Dios no te permite que les hagas daño’ (4:90).

En suma, el recurso a las religiones se considera hoy necesario para cimentar la paz. Pero a la vista está que no basta. Si las religiones quieren la paz, tienen que demostrarlo empezando por ellas mismas. Es la conocida tesis de Han Küng: no habrá paz en el mundo si no hay paz entre las religiones, no habrá paz entre las religiones si no hay diálogo interreligioso, y no habrá diálogo interreligioso sin las normas éticas globales que mencionábamos más arriba. Es decir, no se trata de ver quién detenta más parte de la verdad o de cómo conciliar los dogmas teológicos; se trata, como dice el pensador islámico Tarik Ramadán, de “buscar un terreno de entendimiento sobre la idea del hombre y su dignidad, sobre los problemas políticos, sociales, económicos que aquejan a la humanidad, sobre los retos del mundo contemporáneo”.

A ello se han puesto cristianos y musulmanes en los últimos tiempos. Paradójicamente, a raíz del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, en septiembre de 2007, que tildó a la doctrina islámica de irracional y, por tanto, proclive a la violencia. Un grupo de 138 intelectuales musulmanes enviaron una carta al Vaticano, invitando a buscar puntos comunes a partir del amor a Dios y el amor a los hombres en los siguientes términos: “Los cristianos y los musulmanes constituyen juntos más del 55 por ciento de la población mundial, lo que hace de la relación entre estas dos comunidades religiosas el factor más importante para una paz significativa en el mundo”. Los resultados, hasta la fecha, han sido la celebración en Roma de un Foro islamo-cristiano para estudiar qué pueden aportar las religiones para construir la paz social en un mundo cada vez más secularizado y una declaración común sobre diversos compromisos comunes en materia de desarrollo social y económico, formación de la juventud y libertad (recíproca, se entiende) de culto. ¡Ah! Y un punto que afirma, a petición musulmana, que “el terrorismo no es consecuencia de una sola religión”.

Podría plantearse que, de momento, sólo es una declaración más o menos grandilocuente. O que los citados intelectuales islámicos carecen de influencia real en el mundo musulmán. Ambas cosas son ciertas, pero lo importante es el establecimiento de un clima de confianza mutua, que habría que ampliar al resto de tradiciones religiosas para llegar a la desautorización conjunta de toda guerra, a no nombrar a Dios, a ningún Dios, a favor de ningún uso de la violencia, incluso la considerada ética o políticamente legítima.

Mientras, con frecuencia al margen de los líderes jerárquicos o espirituales, el diálogo interreligioso se está abriendo paso en situaciones concretas de solidaridad y lucha a favor de los pobres en diversos puntos de la tierra. Y con esta actitud, los creyentes –de la religión que sea- se están ganando a pulso la consideración de su papel insustituible en la construcción de un mundo mejor para todos.

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