La otra mejilla

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Foto. Chris Rojas.Éste no es un artículo estrictamente religioso. Va algo más allá. Trata también de lo que ahora se llaman sensibilidades culturales diferentes: la occidental y la medio-oriental. Aunque quien sobrescribe prefiere hablar simplemente de moral: la cristiana y la musulmana. Y trata de la distinta manera que tienen ambas de enfocar el encuentro con el otro. Permítanme usar para ello dos ejemplos recientes y extremos.

El primero ha dado bastante que hablar en los últimos meses: la construcción de una mezquita en la Zona Cero neoyorkina. Lo recordamos a grandes rasgos. Una sociedad denominada Park 51, liderada por un millonario musulmán de origen kuwaití, imán en sus ratos libres, llamado Feisal Abdul Rauf, compró en 2009 un antiguo comercio textil situado a dos calles del escenario de los atentados del 11-S con la intención de construir un gran centro islámico que albergara, entre otras cosas, una mezquita y diversos “espacios de encuentro”. El centro se llamaría Cordoba House “en recuerdo de la atmósfera ecuménica y de tolerancia” que –se supone- se respiraba en el antiguo califato andaluz.

Aunque sus promotores afirman que esta iniciativa pretende “servir de puente para todos los americanos, musulmanes o no” y “permitirá cambiar la falsa imagen de intolerancia del islam en Estados Unidos”, la construcción de la Cordoba House parece, a primera vista, más un signo de provocación que de reconciliación. Las familias de las víctimas del 11-S están indignadas y el setenta por ciento de los estadounidenses está en contra. Pese a ello, el proyecto cuenta con el –muy criticado- respaldo del presidente Obama.

El segundo caso es de este mes de enero y viene del Egipto de antes de las revueltas ciudadanas. Al papa se le ocurrió quejarse por el atentado que costó la vida a 21 cristianos en Alejandría el 31 de diciembre y reclamó una mayor protección por parte de las autoridades: “Las palabras no bastan, hace falta un compromiso concreto y constante de los responsables políticos”. En mala hora lo dijera. Porque, al poco, la Universidad Al-Azhar de El Cairo anunció la suspensión sine die del diálogo con el Vaticano. Según su gran imán, Ahmed Al Tayyeb, a causa de “las muestras contra el Islam reiteradas por Benedicto XVI, que ha insistido últimamente en que los musulmanes oprimen a los no-musulmanes que viven entre ellos en Oriente Medio”.

Esta desproporcionada reacción tiene, con todo, su importancia. La universidad cairota es uno de los centros de reflexión más reputados del islam sunita y ha mantenido tradicionalmente una relación de diálogo con Roma: al menos dos o tres encuentros se celebran cada año. Y su gran imán, conocido por sus posturas moderadas y liberales, es habitual en los encuentros interreligiosos y fue uno de los 138 intelectuales musulmanes firmantes del llamamiento para emprender un verdadero diálogo islamo-cristiano tras la polémica provocada por el discurso de Benedicto en Ratisbona en 2006.

Parece claro que aquí se mezclan –como en el primer caso- la religión y la política. Pocos días después de las palabras papales, El Cairo llamó a consultas a su embajador en la Santa Sede. Para Al Tayyeb, las afirmaciones vaticanas constituyen “una injerencia inaceptable en los asuntos internos egipcios”. Esta postura refleja sin duda la del gobierno egipcio, de quien depende directamente su cargo universitario y que, enfrentado a tensiones internas, creyó encontrar una salida en el absurdo intento de censurar a Benedicto XVI.

Esta actitud da, en cierto modo, la razón a los que, hablando ya de la mezquita neoyorkina, argumentan que el islam jamás daría prueba de una tolerancia semejante para con los cristianos. Ciertamente, es difícil imaginar a un país musulmán permitiendo la construcción de una iglesia junto al escenario de nuestro hipotético fanatismo… cuando ni siquiera lo permiten en cualquier otro lugar.

¿Y qué? ¿Vamos ahora a jugar a las comparaciones para felicitarnos por ser un poco menos fanáticos que otros? El humanismo cristiano se basa en la tolerancia y el respeto de los que no piensan como nosotros. El “humanismo” islámico se asienta, como ha escrito en un famoso artículo, un tanto benévolamente, la filósofa francesa Chantal Delsol, “en la protección paternal de los que piensan mal o no piensan”. Es triste tener que recordarlo a estas alturas, pero Occidente –cuyas raíces culturales cristianas se nos recuerdan constantemente- tiene que decidir y juzgar según su ideal moral, no según el de los otros. Y la moral cristiana se basa en poner la otra mejilla, no en el ojo por ojo. Por supuesto, hay que exigir reciprocidad cuando no la hay y reclamar lo que se considera justo, como hace el papa. Pero no actuar como ellos.

Así lo ha hecho también Obama, siguiendo en este caso su idealismo frente al pragmatismo de las encuestas. Su apoyo a la mezquita en nombre de la libertad de culto, tan preciosa a Occidente, supone mucho más que un simple respaldo. Es, en el fondo, toda una actitud evangélica: amar al enemigo como al prójimo. Si pretende que sus conciudadanos aprendar a hacerlo, lo menos que se puede decir es que lo tiene más que difícil.

Un último apunte. ¿Alguien se acuerda de la iglesia ortodoxa griega de San Nicolás, el único espacio religioso destruido con el derribo de las Torres Gemelas, que nadie parece tener interés en reconstruir?

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