«El amor es la misión y la vocación de toda mi vida»

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Una bailarina sufí, tradición mística de profunda sencillez. «El que lo prueba, conoce. El que lo explica, miente. ¿Cómo puedes describir la verdadera forma de Aquello en cuya presencia te evaporas?»

Rabi’a Al-Basri

Sufismo. Belleza, contemplación… Sencillez, desprendimiennto, diálogo del alma con Dios, amor. El sufismo es algo bien rico y plural, como evidencian sus diversas dimensiones, además de los diferentes tipos y escuelas (del árabe al persa, pasando por el indo-pakistaní y el otomano). Resaltan la constitución del conocimiento y la consumación de la ligazón y el vínculo del alma (dejarse trabajar por Dios a través de la renuncia, el desprendimiento y el amor) con Dios (Ibn Arabi, Rumi y Hallaj). Como cruzar una frontera para establecer una conexión, un vínculo extraordinario y excepcional con Dios, en el que el alma se libera de las esclavitudes contingentes para llenarse, como el corazón, de amor y del toque y el abrazo amoroso del amado y, así, de esa unión, liberar y regalar también amor en derredor. Así lo describió Hallaj: “A esa persona ha de venir a buscarla el propio Principio en el que se dilucidan todas las grandezas y todas las significaciones. Entonces la persona comprenderá” (ver poema completo al final del artículo).

Pero esta fusión asombrosa no les pertenece solo a ellos: también a ellas, las mujeres sufíes. Destaca entre todas Rabi’a Al-Basri, la primera mujer mística y poeta del islam, cuyos poemas fueron recopilados por el poeta sufí Farid Al-din Attar. Hay extensa información sobre este tema en «Muslim Women Mystics», de Margaret Smih.

Locos por Dios y por el amor

En toda mística hay una disposición y hay un encuentro entre el alma y Dios; un trabajo (y un gozo) de conocimiento y de amor intenso (Ibn Arabi). “Derramé mi amor sobre ti, y lo hice para que fueras formado bajo mi mirada” (Corán 20:37). O estos versos de Hallaj: “En lo más profundo de mí no hay pensamiento si no es para Ti. Y mi lengua no dice más que Tu Amor”. Rumi: “Pertenezco al alma de Amado (…) Él es el primero, Él es el último”.

Estos son los sufíes. Unos, chiítas y otros, sunnitas, pero todos locos por Dios y por el amor de Dios; y todos los grandes sufíes y poetas sufíes con un legado inundado de profunda sencillez, de deleite y de hermosura, de rasgos como la sencillez, humildad, la pobreza, la paciencia, la contemplación, la confianza, el desprendimiento. Siempre en pos del amor, de la luz y del conocimiento. “Seguramente hay un precio por el conocimiento; sólo se le da a aquellos que saben preservarlo y no perderlo” (Al-Ghazali).

Y ya así viene expuesto en el Corán: “Dios es la Luz de los cielos y de la tierra (…). Dios guía hacia Su Luz a quien quiere ser guiado, y [con tal fin] Dios plantea parábolas a los hombres, pues solo Dios tiene pleno conocimiento de todo” (Corán 24: 35).

Bello universo personal y comunitario

Al rico universo sufí, del que destaca también la belleza del lenguaje (Schimmel lo estudió muy bien) y los símbolos (el amado, la mujer, el vino, la embriaguez, el jardín, el ruiseñor, el pájaro, el fuego… qué belleza) lo define también la perfecta armonización entre lo particular y personal de esa íntima experiencia de Dios y la dimensión comunitaria. Una experiencia de amor en el que hay un ámbito de compartir, de enriquecimiento con los otros, de amor también. En este espacio es donde entra la importancia del acompañamiento, la comunicación (con los otros) y la hermandad, a través de las cofradías y fraternidades, de las tariqas.

Asimismo, cierto sufismo puede chocar con cierta ortodoxia islámica (si es que se pudiera llamar así) en lo relativo al uso de la música (ritmos para preparar y entonar el alma), que rechazan porque produce cierto enajenamiento (Corán 5:90) y del fervor hacia ciertos maestros; las zawias (o cofradías) a menudo se organizan en torno a una figura de especial relevancia por su sabiduría, su aura, su espiritualidad extraordinaria y su relación con Dios.

En primer lugar, la existencia de un maestro (que en un momento dado puede derivar en santón), a quien se corre el riesgo de venerar (cuando el único objeto de adoración ha de ser Dios). Y, en segundo lugar, el uso de la música y la danza (derviches), que lleva al éxtasis, a la embriaguez… No son pocos los que confieren a lo musical una preciosidad exquisita que ayuda a ese trabajo de desprendimiento, de purificación, de amor, de conexión especial con Dios.

Existen maravillosos poemas de amor que son cantados por músicos en el umbral de la tumba de su maestro; y ejemplos de unión, de las hermandades que, juntas, gozan de esa compartida adoración a Dios (el único) y de esa experiencia mística de seguirlo sobre todas las cosas con un cada vez mayor desprendimiento también de todo lo que sobra en ese camino de conocimiento en el que consideran se zambullirán si no cierran las puertas del alma, del corazón y del entendimiento. Abrir las puertas al amor. “El Amor es el que lo dirige todo; estoy totalmente dominado por el Amor”, declara Rumi.

En el universo sufí del amor destaca además la poesía mística turca y persa, de gran brillantez poética, que puede interpretarse tanto desde un punto de vista erótico y amoroso profano como místico. «¿Por qué tanta delicadeza, tanta ternura al comienzo de nuestro amor? ¿Por qué tantos cariños, tantas delicias después?» (Omar Khayyam).

«En todas las religiones hay un perfume de verdad»

El sufismo se aleja, asimismo, de la ortodoxia, además de por el gusto por la música, por la admiración hacia ciertos maestros (¿bellos sabios locos?) y por una admiración por la naturaleza que pudiera parecer roza el panteísmo (aunque no lo hace), por la centralidad del amor, como ya hemos visto. El amor y Dios por encima de reglas, normas, dogmas, creencia de estar en posesión de una única verdad a la que se llega desde la profesión de una confesión determinada. Es la virtud de reconocer el aroma de Dios, el amor, en rincones de lo más diversos. En donde el otro, los otros, nos invitan, también, a dejarnos seducir.“No soy cristiano, ni judío, ni musulmán. No soy de Oriente ni de Occidente, ni de la tierra ni del mar. Mi sitio es estar sin sitio, mi huella es no dejar huella. No hablo de cuerpo y alma, ya que pertenezco al alma del Bienamado…” (Rumi).

«He reflexionado acerca de las denominaciones confesionales esforzándome en comprenderlas. Ahora considero que existe un principio único con numerosas ramificaciones. No pidáis a una persona que adopte determinada denominación confesional; con ello la desviarías del Principio, que es solio y fundamento. A esa persona ha de venir a buscarla el propio Principio en el que se dilucidan todas las grandezas y todas las significaciones. Entonces la persona comprenderá» (Hallaj).

«Dios, el Omnipresente y el Omnipotente, no está encerrado en ningún credo ni religión, porque donde quiera que os volváis, allí está el rostro de Dios» (Ibn al-‘Arabi).

«¡Oh musulmanes! Qué significa este aire de superioridad? Abre tu corazón al cristiano, libera tu mente de esta vanidad. Siguiendo a Mahoma, ¿te consideras creyente y a él le consideras infiel por seguir al Mesías?» (Diwan).

(Estos y otros poemas se encuentran en la colección Otras Aguas Vivas de la editorial Darez Nyumba dirigida por Emilio Galindo Aguilar).

«¿Qué hace al sufí? La pureza de corazón” (Kabir).

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