De Ramadán a Pascua

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Foto: Ingmar Zahorsky.Cuando escribimos estas líneas, hace unas semanas que terminó el mes sagrado musulmán -Ramadán- y que se celebró la fiesta del desayuno (Aid al-Fitr), Pascua Chica. Noveno mes del calendario lunar. Un período que, al estilo de la Cuaresma cristiana, anima a los creyentes a entrar en un período de ayuno de lo negativo (lo que impide crecer), de recogimiento y de reflexión. «¡Oh, creyentes! Os está prescrito el ayuno (…) Es el mes de Ramadán, en que fue revelado el Corán como dirección para los hombres y como pruebas claras de la Dirección y del Criterio (distinción entre el bien y el mal). Y quien de vosotros esté presente ese mes, que ayune en él. Y quien esté enfermo o de viaje, un número igual de días. Dios quiere hacéroslo fácil y no difícil. ¡Completad el número señalado de días y ensalzad a Dios por haberos dirigido! Quizá, así, seáis agradecidos» (Corán II: 183-185).

Esta abstinencia se simboliza a través de la privación de la toma de alimentos, bebida y relaciones sexuales durante las horas de sol, a modo de purificación (del cuerpo y del alma), además de evitar malas acciones, pensamientos perjudiciales y palabras insanas. Respetando, eso sí, a quienes, en diversas circunstancias, se les permite (están exentos) no realizar el ayuno, como es el caso de las embarazadas, quienes estén de viaje, los enfermos y los niños. En los tres primeros casos, cuando haya concluido ese período habrán de realizar una especie de recuperación y hacer el ayuno con posterioridad.

Pero Ramadán no es únicamente continencia: es, además, generosidad y un modo de compartir. De reuniones compartidas con familiares y amigos al caer la tarde, justo cuando la luz solar desaparece y toca aviar el organismo en compañía de quienes nos acompañan en nuestra andadura vital.

Recargar energía

La manera en que se recompone el organismo al comienzo de la noche y antes de que salga el sol, momento en que se hallará completamente restaurado, está cargada de materia que aporta energía, que, al menos en teoría, no ha de suponer un banquete sino algo frugal, aunque restaurador, en consonancia con el significado del mes. En la zona del Magreb y en Europa, un té, unos dátiles, unos frutos secos, para romper el ayuno y, a modo de cena, una harera (sopa), unos pinchitos. Luego, al alba, justo antes de que el sol aparezca, se realiza una comida ligera.

Más allá de las disquisiciones médicas, no se puede obviar el simbolismo de la depuración-saneamiento del cuerpo y del alma. Oración, meditación, reflexión y trabajo en ambos sentidos.

Renovación

Es un profundo sentimiento de deseo de renovación, de transformación, de limpieza, de crecimiento. De borrar lo inservible y deshacernos de lo dañino, conservando lo que nos hace crecer y añadiéndole renovados ardores luminosos. Al igual que en Cuaresma.
Pasadas ya varias semanas del Fitr los musulmanes recibirán este año el 7 de noviembre el Aid al-Adha (Fiesta del sacrificio), llamada también Aid al-Kabir, la Pascua Grande. La celebración de celebraciones, en el Corán en el sura XXXVII 102-109, cuando Dios-Diosa paró los pies a Ibrahim en el momento en que éste, obedeciendo sus órdenes, se disponía a matar a su hijo Ismail. En la Biblia encontramos también este relato, siendo en este caso Isaac el hijo que Abraham se disponía a sacrificar (Gen 22, 1-19).

Pascua

Así, al igual que los cristianos, que tras el período cuaresmal (de retiro, de meditación, de ciertas renuncias) celebran la fiesta mayor, la Pascua, las y los musulmanes celebran la Pascua Grande, el Aid al-Kabir. El sacrificio que supone la invalidación de todos los sacrificios humanos a través del sacrificio del cordero pascual. Un holocausto para que ya no haya más holocaustos. De alguna manera, salvando todas las distancias, uno de los mensajes de la Pascua cristiana es una crucifixión para quitar cruces.

Y es ese momento de la Pascua el de dar el paso y hacer visibles los bríos resplandecientes que nos habitan tras los períodos de recogimiento. El tiempo de celebrar, con comida, con bebida y con regocijo, el sí a la vida (en su sentido más amplio, no en el de los autodenominados grupos pro-vida), a la alegría, a la resurrección-liberación (del yugo de las cruces, de las opresiones, de las injusticias, del sufrimiento, de las tristezas, de la resignación) y al gozo.
Ni Dios quería que Ibrahim (Abraham) matara a Ismail (Isaac, su hermano, en judeocristiano), ni nuestro designio es llevar una cruz a cuestas ni esto es un valle de lágrimas.

Ni sacrificios ni obediencia ciega

Pero sería escaso quedarnos en lo que ambas pascuas suponen de desautorización de los sacrificios (“con el sacrificio del cordero basta”) y omitir lo que algunos consideramos lecciones de desobediencia. De puesta en tela de juicio de la obediencia ciega. Opinión que desde gran parte de la teología islámica (y también cristiana) no se comparte y que, incluso, se interpreta como “elogio de la obediencia a la divinidad”. De acuerdo con esa visión, la escena supondría algo así como una prueba de obediencia, fidelidad y temor hacia Dios, además de una prueba de fe (Sura 37:106 y Gen 22:1).

Frente a quienes ven sumisión al Ser Supremo otros ven una llamada a la rebeldía. Vamos a ver, menudo dios (a) aquel que nos pidiera sacrificar a nuestro retoño (“¿pero qué haces, cómo puedes creerte que yo te reclamara matar a tu hijo y cómo eres capaz de aceptarlo? anda y toma este cordero”, podríamos imaginamos que dice Yahvé (Allah). Ante un dios (a) que nos lo pida, desobediencia. Un dios grande y misericordioso no pediría eso, parece que dijera Dios (“No toques a tu hijo (…) Alzó Abraham sus ojos y miró y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo”).

Y, por otro lado, en lo que se refiere a la Pascua cristiana, a Jesús se lo cargaron justamente por desobediente, por enfrentarse a los poderes, a quienes sembraban todo de cruces y holocaustos, con una vida dedicada a derramar savia y alivio.

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