MST: A luta continua!

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temaportada2-3.jpgSurgido en el fragor de las luchas populares contra la dictadura militar brasileña, que gobernó el país entre 1964 y 1985, El Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) es una de las mayores organizaciones campesinas y populares del mundo. Acaba de cumplir un cuarto de siglo de vida y, sin embargo, sigue sin ver realizada su principal aspiración: la realización de una reforma agraria en Brasil. Pero no cejan en la lucha.

Mucho ha llovido desde que, en enero de 1985, 1.500 delegados de todo el país asistieran en Curitiba al I Congreso Nacional del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra. No tanto, sin embargo, como para lavar la herencia de injusticia que arrastra un país que se fundó sobre las concesiones de inmensas proporciones de terreno para su explotación por esclavos a capitanes intrépidos que luego pagaban su tributo al rey portugués. Esa desigualdad inicial ha seguido persistiendo a través de los siglos y aún hoy es una de las marcas distintivas de Brasil.

Multitud de expertos e incluso informes de organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estiman que la realización de una reforma agraria habría sido un medio eficaz de reparar este agravio histórico. O, como les gusta decir tanto a intelectuales de izquierdas como a organizaciones populares brasileñas (muchas de ellas ligadas a la Iglesia Católica): esa deuda social.

La reforma pendiente

Una reforma agraria habría dotado de medios de vida a buena parte de la población y puesto en uso gran cantidad de tierra improductiva o destinada a una ganadería extensiva poco sostenible. Ningún gobierno ha sido capaz de llevarla a cabo. El de Joao Goulart lo intentó y fue derrocado por los militares. Los de la democracia nacida de la constitución de 1988 la han prometido en muchas ocasiones. Tantas como veces han incumplido sus promesas. En el furor de la primera hora de la democracia, el gobierno de José Sarney (1986-1990) elaboró un plan para asentar 1.400.000 familias. Sólo se procedió a dotar de tierra a 90.000.

Ni siquiera el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva se ha atrevido, pese a ser el más popular -en los dos sentidos fundamentales: respaldo en las encuestas y cercanía a las demandas populares. Hoy, siete años después de su primera elección, y cuando la era Lula toca a su fin -las elecciones presidenciales se celebran en octubre y Da Silva no puede presentarse a una segunda reelección- el desencanto por ello es evidente.

Sin embargo, no se puede decir que la existencia del MST haya sido en balde. Sin él, probablemente la constitución brasileña no reconocería la función social de la tierra. La reforma agraria habría caminado aún más lenta de lo que lo ha hecho a lo largo de todos estos años de democracia en Brasil. Y decenas de miles de familias que gracias a la organización han encontrado tierra sobre la que asentarse y a la que hacer producir engordarían las estadísticas del hambre y la miseria rural y urbana del gigante latinoamericano.

Dos concepciones de país

La ecuación básica del proyecto de país que propone el MST es sencilla: gran cantidad de tierra cultivable + gran cantidad de población campesina + grandes necesidades de alimentos para un país que se acerca a ritmo inexorable a los 200 millones de habitantes = posibilidades de vida digna para todos = menos emigración campo-ciudad, menos violencia urbana, menos miseria de favela. La alternativa del MST se basa en una agricultura familiar que satisfaga las necesidades básicas de la población en primera instancia y, en segundo lugar, se transforme, gracias al cooperativismo, en grandes unidades de producción gestionadas por los trabajadores.

La ecuación ha mostrado su validez en muchos casos concretos. Muchas de las primeras haciendas ocupadas por el MST en los años ochenta son hoy consistentes empresas agrícolas de alto rendimiento. Pero en el campo abierto de la macroeconomía, la fórmula se topó con otra ecuación igualmente sencilla, aunque mucho menos sostenible ecológicamente y más repugnante éticamente: grandes cantidades de tierra + grandes recursos para la agricultura extensiva y las industrias extractivas destinadas a la exportación = gran cantidad de lucro para grandes corporaciones económicas = exclusión socioeconómica para gran parte de la población.

En el fondo, el choque entre ambas ecuaciones es el choque entre las dos concepciones de Brasil cuyo enfrentamiento ha marcado el desarrollo de la historia del país: un Brasil para los brasileños contra un Brasil mina a ser explotada. Aunque con Lula hayan mejorado algo las cosas, sigue siendo esta segunda concepción la dominante.

Los datos, tristemente, lo demuestran. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, las propiedades mayores de 10.000 hectáreas controlan el 43% de las tierras cultivables, mientras que las propiedades menores de 10 suman el 2,7%. Los números y la extensión de los terrenos improductivos expropiados por el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA) durante el Gobierno de Lula son inferiores a los realizados durante los dos mandatos de su predecesor, Fernando Henrique Cardoso. La violencia contra trabajadores rurales apenas ha disminuido en los siete años en que el fundador del PT ha ocupado el poder.

Pese a la desilusión Lula, el MST no ha dejado de trabajar en pro de la reforma agraria. Seguramente, a sus dirigentes les hubiese gustado que el viejo lema de 1985, La ocupación es la única solución, hubiese pasado a la historia. Ya que no es así, consideran que los tres pilares básicos de su actividad: ocupar, resistir, producir, siguen siendo principios válidos. Sus activistas siguen organizando a trabajadores rurales sin tierra para ocupar haciendas improductivas en todo el país. Entre sus líderes hay algunos intelectuales de formación universitaria, pero la mayoría son campesinos sin tierra que participaron en anteriores ocupaciones de tierras merced a las cuales se tornaron pequeños propietarios agrícolas. Muchos de ellos han surgido de organizaciones de la Iglesia Católica como la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) y trabajan en estrecho contacto con ella. Los datos demuestran la capacidad de convocatoria de la lucha por la reforma agraria: Sólo en 2008, el movimiento lideró 131 ocupaciones de tierras en las que participaron casi 20.000 familias. Una verdadera prueba de su poder. Una prueba de que, pese a todo, para el MST, a luta continua.

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