La cuestión político-religiosa hoy en Brasil

  • por

Pese a los esfuerzos por reducir la pobreza, Brasil sigue siendo profundamente desigual. Tenemos en Brasil dos tendencias político-religiosas opuestas. Desde el final de los años sesenta comenzó a desarrollarse en América Latina la teología de la liberación. Esta preparó el terreno para la declaración de los obispos católicos del continente en Puebla (México), de 1979, que incorporó la «opción preferencial por los pobres«. Se trata de un compromiso social basado en los principios evangélicos, que repercute en lo político y que predica el compromiso de los cristianos y cristianas con la justicia social y las grandes causas de la persona humana, de la sociedad y hasta del planeta. Pero sin confundirse con una tendencia política determinada. No presenta candidatos propios sino que hace un llamamiento al discernimiento y a la opción libre y madura de las personas cristianas, en la línea del obispo de Roma, Francisco, que invita a católicos y católicas a salir de su gueto y a enfrentarse con los desafíos sociales, no tanto para defender una doctrina como para ejercer la caridad y la misericordia. En el caso de Brasil, está opción se ha expresado en pastorales sociales cristianas y en las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), donde pueden encontrarse miembros de diferentes partidos políticos. En palabras del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, la teología de la liberación quiere ser «una palabra coherente con una práctica«. Una práctica de compromiso con las víctimas y las personas oprimidas.

En los últimos años, en Brasil, el Movimiento Fe y Política ha estado organizando encuentros con millares de participantes. El IX encuentro tuvo lugar en Brasilia en noviembre del 2013. En una declaración de principios, este movimiento se declaró «ecuménico, no confesional y no partidista«. Sin embargo, tiene algunas orientaciones básicas: «Está abierto a todas las personas que consideran la política una dimensión esencial de su experiencia de fe, el horizonte de su utopía política«. Quiere ser un «servicio de formación e información para cuestiones de política, cultura, ecología, ética y espiritualidad«. Busca «la construcción de una sociedad alternativa al capitalismo neoliberal» y quiere promover «una ciudadanía activa«. No es un movimiento neutral, tiene principios claros, pero no participa con candidatos en los procesos electorales.

Por otro lado -y en oposición- nos encontramos con que en el Parlamento brasileño se ha formado la bancada evangélica, que en esta legislatura comenzó con 73 diputados y 4 senadores y es, en cierto modo, el tercer grupo parlamentario después del PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño, centrista, principal partido que apoya a la presidenta Dilma Rousseff) y del PT (Partido del Tabajo, de la actual presidenta). Algunos de sus principios: están contra el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual. Consta que 23 de sus miembros deben esconder a procesos ante el Tribunal Supremo Federal. Este lobby, al que se unen ocasionalmente miembros del catolicismo conservador, eligió al pastor Marco Feliciano (PSC-SP, Partido Social Cristiano) como presidente de la Comisión de Derechos Humanos. Él trató de transformarla en una plataforma a favor de su orientación política. Y llegó a afirmar ¡que los africanos son víctimas de una maldición que viene de los tiempos bíblicos! Otro de sus miembros, Eduardo Cunha, líder del PMDB en la Cámara, negocia abiertamente cargos y asignación de recursos. Y está siendo investigado por evasión de impuestos. El grupo tiene principios rígidos pero una ética bastante laxa. En las próximas elecciones se prepara para disputar cargos, con un candidato a presidente, el pastor Everaldo Pereira, del Partido Social Cristiano (PSC) y dos a gobernadores de Rio de Janeiro, Anthony Garotinho (PR, Partido Republicano) y Marcelo Crivella (PRB, Partido de la República Brasileña). Sus equivalentes en Estados Unidos son los grupos fundamentalistas conservadores.
Merece la pena recordar un incidente pasado. En 2010 fue precisa una segunda ronda para la elección presidencial, cuando las fuerzas de la posición atacaron con toda su artillería. El obispo católico de Guarulhos escribió una declaración afirmando que Dilma Rousseff se había declarado partidaria del aborto. La publicó indebidamente con el logotipo de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) y en nombre de la episcopal regional de São Paulo -de la cual era presidente- y tuvo solo el apoyo de otro obispo de la región. Lo cierto es que ese organismo regional de la CNBB no discutió el tema y el obispo fue después desautorizado por otro miembro del regional. Pero la carta, apócrifa como manifestación colectiva, había sido distribuida en millares de copias. En aquellos días, algunos obispos brasileños se reunieron con Benedicto XVI. Alguien de la curia, o de la nunciatura en Brasil, introdujo una frase en la alocución del papa en la que alertaba del peligro de votar a personas que estaban contra el derecho a la vida. También algunos pastores pentecostalistas se manifestaron en contra de Dilma (otros le dieron su apoyo público). La verdad es que ninguno de estos hechos influyó seriamente en el resultado electoral.

Pero, por todo ello, mientras tanto, se preparó un «Manifiesto de cristianos y cristianas, evangélicos/as y católicos/as en favor de la vida y de la vida en abundancia», apoyando la candidatura de Dilma. Leemos en ese texto: «Somos hombres y mujeres, ministros y ministras, agentes de pastoral, teólogos/as, padres, pastores y pastoras, intelectuales y militantes sociales, miembros de diferentes Iglesias cristianas, movidos/as por la fidelidad a la verdad, que queremos declarar públicamente: en estos días circulan por Internet, en papel impreso y en algunas de nuestras iglesias, manifestaciones de líderes cristianos que, en nombre de la fe, piden al pueblo que no vote a Dilma Rousseff so pretexto de que ella sería favorable al aborto, al matrimonio gay y a otras medidas consideradas inmorales (…) La propia candidata negó la veracidad de estas afirmaciones y se reunió con líderes de las Iglesias (…) A pesar de ello, estos rumores y mentiras continúan siendo difundidos.

Ante estas posturas autoritarias y mentirosas, disfrazadas bajo el manto de la moral y de la fe (…) No aceptamos que se utilice la fe para condenar ninguna candidatura. Por eso, hacemos esta declaración como cristianos, ligando nuestra fe a nuestra vida concreta, pero a partir de un análisis social y político de la realidad y no por principios religiosos o doctrinales. En nombre de nuestro compromiso con el pueblo brasileño, declaramos públicamente nuestro voto a Dilma Rousseff (…) Defender la vida es ofrecer condiciones de salud, educación, vivienda, tierra, trabajo, ocio, cultura y dignidad para todas las personas, particularmente para los más necesitados«.

Seguían más de 650 firmas, con ocho obispos, entre ellos Tomás Balduíno, Pedro Casaldáliga, Demétrio Valentini, sacerdotes, pastores y pastoras, laicos y laicas y hasta un monje budista que se adhirió al manifiesto. Ese manifiesto fue leído por mí mismo, junto a Jether Ramalho (conocida personalidad protestante, muy comprometido socialmente y con el movimiento ecuménico), el 10 de octubre en el Teatro Casa Grande, junto con un manifiesto de artistas e intelectuales pro Dilma, con cinco mil firmas más.

Recientemente ha surgido en Río de Janeiro una polémica en torno al Cristo Redentor de Corcovado. Recientemente, hemos tenido, en julio de este 2014, un extraño debate en torno al Cristo del Corcovado. La archidiócesis católica de Río de Janeiro vetó un episodio, Inútil paisagem, del cineasta José Padilha, parte de una película de varios autores, Rio eu te amo. En él, el actor Wagner Moura dialoga con la estatua. Por lo que se sabe, no había en ello un atentado grave contra un credo religioso particular. La Iglesia católica ya había censurado en los años 80 la película Je vous salue Marie, de Jean-Luc Godard, que fue prohibida en varios países. Pensemos en los Versos Satánicos de Salman Rushdie, que provocaron ataques violentos de grupos fundamentalistas islámicos y que condenaron al autor a muerte a distancia. Como dice el cineasta Miguel Faria Jr.: “El Cristo Redentor es un símbolo religioso asociado a la imagen de la ciudad. La curia tiene el derecho de pensar lo que quiera, pero vivimos en un país laico” (O Globo, 9-7-2014). Esa es la cuestión, una sociedad laica. Se acabaron los tiempos de la cristiandad.

La celebración del mundial de fútbol ha levantado protestas y visibilizado limitaciones en el país. La coordinadora jurídica de la archidiócesis declaró: «La archidiócesis es la propietaria de los derechos patrimoniales de autor sobre el monumento, que no solo es un símbolo de Río y de Brasil, sino un santuario con una capilla» (sic). Esos llamados «derechos patrimoniales» pertenecen a un momento histórico que tuvo algunas dificultades para aceptar la laicidad de la ciudad y de sus monumentos. El Cristo del Corcovado fue acabado en 1931, un tiempo de compromiso entre dos poderes, uno civil -el del presidente provisional Getúlio Vargas- y uno religioso, el poderoso cardenal Sebastião Leme. Vivíamos en un país en el que no siempre estaba clara la separación de poderes, con un presidente no creyente, recién instaurado, frente a la fuerza de la Iglesia católica de aquel momento. Ésta, por ejemplo, intervendría en política a través de la Liga Eleitoral Católica (LEC) y prohibiría a los católicos y católicas el votar a candidaturas partidarias del divorcio o contrarias a la enseñanza religiosa en la escuela. Posteriormente, el divorcio fue aprobado a pesar de las fuertes campañas en contra lideradas por el entonces diputado monseñor Arruda Câmara. Hoy, el problema ha pasado a ser la despenalización o legalización del aborto, conseguido con amplios supuestos en países de tradición católica como Italia o Portugal. Las leyes y dispositivos legales son para todas las personas y no deberían ser elaborados en función de un sector religioso determinado. Los católicos y católicas que defienden la censura al filme afirman que no se puede ofender el sentimiento católico brasileño, sin saber en concreto cuál sería esa violenta afrenta a la parte católica de la sociedad.

No olvidemos, tampoco, que la figura de Jesús no es patrimonio exclusivo de la Iglesia católica sino de todas las creencias cristianas que lo invocan. Además -y por encima de todo- el monumento del Corcovado es un bien público que fue declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Como mucha gente recordó con ocasión de este debate, es un icono de Río y de Brasil y no propiedad privada de una religión particular. Ya no estamos, repito, en los tiempos de la cristiandad occidental. Para Cora Rónai, “el Cristo es uno de los principales símbolos de Río, transciende la religión y, como tal, pertenece a todos nosotros, a la ciudad entera, sin distinción de credo alguno» (O Globo, 10-7-2014). Eso lleva a la articulista a considerar a la Iglesia católica una entidad retrógada, presentando una imagen negativa de ella que a muchos y muchas no nos gustaría dar por buena. Ese incidente trasmitió la imagen de una Iglesia con sabor medieval, lejos del pluralismo democrático y de un catolicismo post Vaticano II.

En mi libro Uma Fé exigente, uma política realista (EDUCAM, 2008), recuerdo que debe respetarse la autonomía de las diferentes esferas de la realidad, articulándolas, claro, pero sin confundirlas. El fundamentalismo -el integrismo, en jerga cristiana- es un salto directo en el vacío entre una fe y una opción política o técnica. Como apunto en el libro, «respetemos la distinción de espacios, gran adquisición de la modernidad«, que rompe con proyectos de cristiandad o de nuevas cristiandades. En sentido contrario, vemos surgir en el mundo islámico proyectos político-religiosos con una aplicación directa del Corán o, mejor, con una lectura concreta del mismo. Pero, en el mundo de hoy es un gran avance la norma de la laicidad de la sociedad y del Estado, no feudatarios de una opción religiosa particular. Cuando la Iglesia católica, en el concilio Vaticano II, en 1965, aprobó el principio de libertad religiosa (Declaración Dignitatis humanae), no quiso que fuese aplicado únicamente donde la población cristiana es minoría (lo que sería una posición oportunista), sino en cualquier sociedad.

Últimas entradas de Colaboración (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *