La buena muerte

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portada2.jpgSupongo que no soy la única entre la clientela más vetusta de alandar que en su ya lejana adolescencia estuvo en un colegio en el que en alguna época se rezó una oración en la que se pedía a Dios “una santa vida y una buena muerte” (seguro que tampoco soy la única que modificaba las adjetivaciones, interesada sobre todo en “una buena vida”, que la santa muerte no gozaba de representaciones tan concretas). Creo poder afirmar que ni yo, ni ninguna de mis compañeras, ni las piadosas alentadoras del rezo tenían la más remota conciencia de estar promoviendo la eutanasia. Sin embargo, precisamente ése es el exacto y etimológico significado de ‘eutanasia’: “buena muerte”.

Aunque hace mucho tiempo que, por su relevancia, la despenalización de la eutanasia es un tema de actualidad, algunos hechos ocurridos, el relato que de ellos nos llega y, tal vez, que se ha extendido el número de quienes reclaman el reconocimiento de tal derecho, entre otros factores, lo colocan en situación de vivo debate público.

Los términos del debate

Como suele suceder en los conflictos, la primera divergencia está en los términos en que las diferentes partes suelen plantear la cuestión. Aunque a primera vista parece un tema legal, hay poderosas implicaciones médicas, filosóficas, éticas, políticas, etc. Y, como escribe Salvador Paniker, “El debate, a menudo, más que ideológico es de enfrentamiento de sensibilidades.” El problema es que en este tipo de debates las sensibilidades suelen quedar bajo la mesa y lo que aparece sobre ella son las argumentaciones que las vehiculan.

Para Pániker, presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, “el núcleo de la cuestión es que cada cual pueda decidir por sí mismo, desde su plena capacidad jurídica y mental, o, en su defecto, a través de un previo testamento vital, cuándo quiere y cuándo no quiere seguir viviendo.” Pero la cuestión dista de ser simple. Tras el debate de la despenalización (o no) de la eutanasia está, por ejemplo, si las leyes pueden imponer al conjunto de la sociedad la ética de una parte (que considera que lo que percibe como bien es el bien).

Para saber de qué hablamos, comencemos por la terminología. La eutanasia pasiva consiste en no proporcionar medios que prolonguen artificialmente la vida del enfermo, sin ahorrarle sufrimientos. La eutanasia activa se refiere acortar la vida del paciente para ahorrarle sufrimientos, cuando no hay posibilidades de curación, o cuando la persona no quiere prolongar su vida en sus circunstancias actuales. Parece estar fuera de cuestión que no es humano prolongar la vida de alguien por medios artificiales y dolorosos. Otra cosa es ayudar a alguien a poner fin a una vida que no quiere seguir teniendo, y es aquí donde se produce la controversia.

mar_adentro.jpgDos clases de muerte

Tanto quienes están a favor como quienes se oponen a que se despenalice la eutanasia se declaran defensores del derecho a la vida. Ya no suelen coincidir tanto en qué entienden por ‘vida’ unos y otros. El propio Pániker niega que esté en cuestión la vida. “La alternativa –dice- no es entre vida y muerte, sino entre dos clases de muerte: una rápida y dulce, y otra lenta y degradante.”

Ahí está el quid de la cuestión. ¿Tiene alguien derecho a disponer de la vida, aunque sea la suya? ¿Tiene alguien derecho a obligar a otra persona a vivir en contra de su voluntad? ¿Es justo privar a otro de su vida? ¿Es justo imponérsela?

Esto, no lo olvidemos, en términos legales. Porque, aunque parezca una obviedad, despenalizar o no la eutanasia no produce situaciones paralelas: si no es delito, no es obligatoria; si lo es, se convierte en imposible para quien la desee. Otra cosa será que la ley haya de garantizar las mejores condiciones médicas y asegurar que los derechos del enfermo, especialmente cuando no pueda tomar decisiones, se respeten, pero eso ya sería discutir sobre el contenido de la ley, no sobre su existencia. Y lo que está en discusión es su existencia.
Entre los más acérrimos detractores de la despenalización de la eutanasia están algunos sectores de la Iglesia. ¿Por qué? Según Pániker, «la religión católica ha querido siempre monopolizar el miedo a la muerte, a las postrimerías, es su arma para conseguir tu obediencia. Por eso se opone a la eutanasia, porque es una forma de desdramatizar la muerte, es un derecho a dimitir cuando mi vida se degrada más allá de ciertos límites, porque la vida no es un valor absoluto«. Sin embargo, en su opinión, “la Iglesia tendría que ser la primera en defender la eutanasia como atenuación de la tortura”.

Derecho a dimitir: el testamento vital

Los defensores de la despenalización la plantean como un derecho. “La eutanasia voluntaria -y subráyese lo de voluntaria- es sencillamente un derecho humano. Un derecho humano de la primera generación de derechos humanos, un derecho de libertad”, afirma Salvador Pániker. Y, como tal, al Estado lo que le corresponde es garantizarlo.

Las asociaciones Derecho a Morir Dignamente han promovido el documento de voluntades anticipadas, conocido genéricamente como testamento vital, en el que la persona expresa su voluntad sobre las atenciones médicas que desea o no desea recibir caso de padecer una enfermedad irreversible o terminal que le haya llevado a un estado que le impida expresarse por sí mismo. La federación de estas asociaciones ha elaborado un modelo para facilitar este trámite. Cataluña fue la primera comunidad autónoma en regular este derecho en el 2000; actualmente, todas las Comunidades Autónomas tienen regulada por ley documentos de este tipo y en todas ellas existe un registro oficial de testamentos vitales.

portada4.jpgSe trata de un documento privado que puede firmarse ante notario o ante tres testigos. Dos de ellos no pueden ser familiares en segundo grado ni estar vinculados por relación patrimonial a la persona que hace el testamento. Éste, que puede ser anulado por la persona en cualquier momento, incluye tres puntos, a los que se pueden añadir las indicaciones que la persona estime convenientes:

1. Deseo finalizar mi vida con una limitación del esfuerzo terapéutico, evitando todos los medios artificiales, tales como técnicas de soporte vital, fluidos intravenosos, fármacos (incluidos los antibióticos), alimentación artificial (sonda nasogástrica) o cualquier otro tratamiento que pueda prolongar mi supervivencia.

2. Deseo unos cuidados paliativos adecuados al final de la vida, que se me administren los fármacos que palien mi sufrimiento y aquellos cuidados que me ayuden a morir en paz, especialmente –aún en el caso de que pueda acortar mi vida- la sedación terminal.

3. Si para entonces la legislación regula el derecho a morir con dignidad mediante eutanasia activa, es mi voluntad morir de forma rápida e indolora de acuerdo con la lex artis ad hoc .

Estas asociaciones (http://www.eutanasia.ws) proporcionan asesoría y facilitan los trámites.

Actualmente, es la única posibilidad legal para garantizarse lo que Pániker llama “derecho a dimitir”. “La vida –escribe- puede ser maravillosa y puede ser espantosa. Depende. Y la única manera de conseguir que, al menos, sea digna es reservándose uno el derecho a abandonar el mundo cuando comience el horror. El derecho a dimitir”.

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