La infancia migrante en el centro de la diana.

Si cuidamos a los niños que llegan y les damos educación y formación, pueden ser el futuro de este país.

El lenguaje que empleamos condiciona nuestro modo de situarnos ante la realidad. Las palabras que usamos configuran, para bien o para mal, nuestro imaginario del mundo en que vivimos. Hoy el término mena se utiliza por la ultraderecha para estigmatizar y atacar a lo que no son más (ni menos) que niñas y niños solos.

por Álvaro Mota Medina

De un tiempo a esta parte se ha extendido el uso del término mena para referirse a los menores que llegan a nuestro país sin acompañamiento adulto. La generalización de este neologismo ha permitido visibilizar la vulnerabilidad y desprotección en la que viven muchos niños y niñas migrantes, pero también sirve como ariete para estigmatizarlos: el desmedido aumento del apoyo social a la extrema derecha y la adhesión a sus lecturas simplistas y sesgadas de la coyuntura social están siendo un caldo de cultivo propicio para alimentar la idea de que estos menores generan problemas de convivencia en nuestras calles y barrios y copan las ayudas sociales de la administración en detrimento de otras personas.

Según el informe ‘Los derechos de los menores migrantes solos y su garantía por las Comunidades autónomas’, elaborado por María Jesús Larios Paterna, profesora titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona, las causas principales que motivan la salida de los menores de edad de sus países de origen son la falta de oportunidades de desarrollo económico y educativo y la huida frente a la violencia, los conflictos armados y la vulneración de derechos básicos.

Zidane nació en Tetuán hace 21 años, el 1 de enero de 1999. Se define como un chico educado, simpático y agradable que ha vivido una infancia y una juventud normal. Es amante del deporte. Le gusta el taekwondo y el fútbol y, como tantos otros niños de su generación, abandonó su país a una temprana edad. A los 12 se encaramó a los bajos de un camión para viajar hasta Ceuta, donde fue internado en un centro de menores. Él define su éxodo como la persecución del paraíso europeo:

“Lo que me movió a salir fue el deseo de cumplir mi sueño, el de tantos niños, pero este sueño no es real. Nos pintan Europa como si fuera el paraíso, pero no lo es ni para su gente. En Marruecos vemos ejemplos a nuestro lado de personas que han estudiado, que tienen una carrera, un máster…pero no hay oportunidades para ellos”.

En este centro de menores, el primero de muchos, Zidane experimentó de primera mano la vulnerabilidad y la desprotección: conoció a otros niños en su misma situación y sufrió malos tratos por parte de miembros de las fuerzas de seguridad.

“El centro es peor que la cárcel. Hay peleas, agresiones, gente que muere… Nadie quiere estar allí y, por eso, los muchachos aprovechan cualquier oportunidad para salir y meterse en los camiones”.

A pesar de esto, se declara afortunado porque siente que salió de su país por decisión propia y no por verse obligado a ayudar a los suyos. Frente a otros chicos que mandan periódicamente dinero a sus familias, sus dos padres trabajan. Lleva ocho años sin verlos.

La descripción de las características de muchos de estos centros y de las condiciones en las que viven estos niños y niñas en las calles alerta sobre las deficiencias del sistema de protección y los protocolos con los que cuenta nuestro país. La necesidad de regularizar y dotar de recursos suficientes a estos procesos se inscribe en un marco internacional.

La Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 20 de noviembre de 1989) es el instrumento internacional de mayor importancia en el reconocimiento de los derechos de la infancia. Este documento establece que “es obligación del Estado proporcionar protección especial a los niños privados de su medio familiar y asegurar que puedan beneficiarse de cuidados que sustituyan la atención familiar o de la colocación en un establecimiento apropiado, teniendo en cuenta el origen cultural del niño” (artículo 20).

Además, tal y como recoge el Comité de Derechos del Niño en la ‘Observación general número 6 sobre el trato de menores no acompañados de su familia fuera de su país de origen’, el objetivo de la protección es dar “una atención adecuada y duradera para el niño, que empieza con el estudio de las posibilidades de reagrupación familiar”, pero siempre preservando “el respeto del principio de no devolución y el principio de interés superior del niño”, que debe “estar vinculado a una solución duradera que resuelva sus necesidades de protección”.

Sin embargo, en la gestión de las administraciones, como es el caso de la Comunidad de Madrid, se insiste a menudo únicamente en reforzar la presencia policial en lugar de buscar soluciones de más alcance. Así lo ha señalado en un artículo para El Salto José Miguel Aragón, participante de los movimientos vecinales del Distrito de Hortaleza.

José Miguel sostiene que otro de los errores en la gestión de esta situación por parte de la Comunidad de Madrid es la externalización de la atención de muchos centros de menores, que se han puesto en manos de empresas privadas sin ninguna vocación educativa.

“Hay muchos centros y por lo tanto no sería justo considerarlos a todos igual. Pero en muchas ocasiones parece que son espacios donde se tiene a los chavales porque no hay otro remedio y es difícil trabajar con ellos perspectivas de futuro. En concreto el centro de primera acogida de Hortaleza está desbordado y tampoco se cuida a los trabajadores, muy precarios a veces y en condiciones muy duras, con pocos recursos y apoyos”.

La estancia en los centros es solo una parte dentro de un duro camino en el que los niños y niñas también se ven expuestos a la intemperie de las calles y, llegada la mayoría de edad, a lidiar con los numerosos muros del Derecho y la administración españolas para normalizar su situación legal.

A lo largo del periplo que comenzó desde que abandonó su hogar, Zidane ha pasado por diversas ciudades de España y Francia (Ceuta, Huelva, Marsella, Lyon, Niza, Toulouse…) y reconoce que los medios económicos con los que cuenta el sistema de protección francés son superiores a los del español.

“Lo primero que falta es una orientación y una mayor atención a los menores. Muchas veces te dejan hasta la una de la mañana en la calle. Estaría bien que hicieran control de consumo en los centros, pues cuando mucha gente empieza a robar y consumir estas dinámicas se generalizan entre los jóvenes”.

José Miguel incide en la importancia de la intervención educativa en las calles, donde viven los chavales, y la puesta en marcha de estrategias de mediación con el vecindario del barrio.

“También es importante generar más recursos en los centros y hacerlos más amables para que los chicos quieran vivir en ellos. Hay que dotarlos de actividades que permitan a los niños y niñas tener un ocio diferente y coordinarlo con las asociaciones de los barrios.Y, junto a todo esto, mejorar la coordinación con el sistema educativo formal y que los menores no sean carne de cañón del fracaso escolar”.

Este vacío que a menudo dejan las administraciones es cubierto en numerosas ocasiones por la labor que se ejerce desde la iniciativa vecinal y desde organizaciones de la sociedad civil y de la Iglesia. Zidane destaca el acompañamiento recibido por parte de instituciones como Cruz Roja, Cáritas y Don Bosco y, a pesar de lo descrito sobre sus experiencias en los centros de menores, afirma que en España se ha sentido muy acogido:

“La gente no te hace sentir que estás fuera. En este país, especialmente en el sur, la gente es muy amable, cercana. Esto me hace sentirme tranquilo.

Protestas contra el racismo en el barrio de Hortalezas. Foto Alandar

El mayor elemento de discriminación lo encuentra al afrontar el tortuoso camino de la normalización de su situación legal frente a la administración española.

Para Zidane, como para muchos niños y niñas que llegan a nuestro país, el paso a la mayoría de edad supone una segunda frontera a la que hay que hacer frente.

“Cuando alcanzas la mayoría de edad pierdes muchos derechos. Una vez que eres mayor de edad, necesitas tres años hasta que puedas conseguir el permiso de trabajo. Ahora me siento un poco rechazado por no tener papeles. Tengo bachillerato y quiero seguir estudiando, quiero mantenerme a mí mismo. Veo injusto que un extranjero venga y necesite esperar tres años para conseguir los papeles. Tres años y luego necesitas un contrato de trabajo de jornada completa. Te piden cosas muy difíciles. Hay mucha gente que viene aquí y quiere ayudar a este país, ofrece sus habilidades y ofrece todo para este país. Yo le ofrezco todo a este país”.

Pensado para chavales que ya han cumplido los dieciocho años es el proyecto que ha puesto en marcha la Asociación El Olivar, en la que participa José Miguel. La asociación, que tiene sede en el barrio de Hortaleza de Madrid (calle del mar Amarillo, 21) se define como recurso residencial y espacio de prevención y reinserción social para jóvenes sin hogar. Por esta experiencia, que se está poniendo al servicio de lo comunitario, pasan muchos chicos extutelados.

“La plataforma está dando sus primeros pasos. Estamos en una fase inicial, creando grupos de trabajo y diseñando acciones en varios ámbitos, como incidencia y sensibilización. El objetivo es que los pasos más firmes empiecen a verse en un mes aproximadamente”.

En el caso de Zidane, ahora convive con otros dos jóvenes en un piso tutelado de Cáritas en Badajoz, donde recibe acompañamiento para ir definiendo semanalmente su plan de vida al tiempo que amplía su formación. Tranquilo y confiado, y con una alegría incombustible que no deja traslucir ninguna herida de guerra tras su larga odisea, se muestra esperanzado en que de aquí a noviembre de este mismo año pueda normalizar plenamente su situación.

Nos cuenta, con una mezcla de orgullo y resignación, que ya ha superado una entrevista laboral pero que ha tenido que rechazar el puesto por no haberse cumplido aún el período necesario para obtener el permiso de trabajo.

Afirma que su deseo es conseguir su residencia en España, poder encontrar un trabajo, crear una familia y ser un ciudadano “como cualquier persona” y asegura que es la ayuda de Dios, “que es el mismo para los musulmanes que para los cristianos, lo que le ha permitido llegar hasta aquí.

Con esa fe sostiene sin titubear que tenemos que cuidar a los niños y niñas que nos llegan dándoles recursos, acogida, educación y formación. Haciéndolo también estaremos cuidando y dándole un futuro a nuestro país.