El cambio climático ha generado una nueva forma de migración forzosa. Los llamados migrantes o refugiados climáticos huyen de tierras en las que ya no es posible la vida ya sea por sequía extrema, temperaturas imposibles o, como el caso de la comunidad Guna Yala de las islas de Panamá, por las inundaciones a causa de la subida del nivel del mar. Se prevé que en dos décadas 140 millones de personas al año se desplacen forzosamente debido a esta emergencia histórica. Los Guna Yala se plantean hacerlo en los próximos años, antes de que sus islas desaparezcan.

Yolanda Sobero.

En el horizonte, se perfila una franja sobre la que se elevan palmeras. A simple vista, un paisaje idílico. Podría ilustrar cualquier reclamo para pasar unos días en el Caribe. Pero la imagen postal está incompleta, así que acerquemos el foco a una de estas islas. Unas están deshabitadas, otras sirven para que los turistas confirmen su tópico tropical. Otras están habitadas por uno de los pueblos indígenas de América que mejor ha logrado mantener su identidad y autogobierno.

Sí, se trata del Caribe y son un grupo de 365 islas e islotes de origen coralino, de las que sólo 38 está habitadas y muy densamente dada su pequeña superficie, ya que alojan más de 33.000 personas. Son parte de Guna Yala, la tierra de los Gunas, un pueblo originario que, a lo largo de la costa de Panamá y el norte de Colombia, ha sabido mantener su identidad y su autogobierno dentro del estado panameño.

En el archipiélago de Guna Yala o de San Blas, hay dos tipos de islas: las habitadas por las comunidades gunas, como Gardí Sugdub, Gardí Muladup, Usbud o Carti Tulipe, y las islas que se dedican sólo al turismo en régimen de cooperativa familiar o de una comunidad, como Ucudub, Achuerdu o Achuru. Pero todas ellas son de uso colectivo para los gunas. No se pueden vender, ni se admite inversión extranjera.

Acerquemos el foco a una de estas islas en las que habitan los gunas; por ejemplo, a Gardí Sugdub, la mayor y más poblada del sector de Cartí, el área más occidental del archipiélago. Su perímetro, como el de otras islas cercanas, es una sucesión de cabañas y embarcaderos.  Desembarquemos. La isla es pequeña y a medida que nos adentramos en ella, la apariencia de idílica postal caribeña se desvanece.  Estrechos callejones de tierra, rodeados de apiñadas viviendas de caña, palma y cinc. Apenas una hectárea de coral y tierra emergentes, en la que viven más de mil personas y que, a diario, transitan muchas más, entre gunas de otras comunidades y turistas.

En Gardí Sugdub, como en otras islas e islotes habitados, la población no deja de crecer y, a falta de espacio, se ha ido ganando espacio a la mar mediante muros de coral. Pero, cada día, son más vulnerables. En noviembre, época de lluvias, el agua ya les llega a los tobillos. Pero también sufren temporales a destiempo, este enero, un temporal de fuertes vientos y oleaje han dañado las viviendas más expuestas y forzado a suspender todas las comunicaciones en el archipiélago.

En la memoria guna, está grabado un gran cataclismo: el Muu Giakua, el maremoto que, en la madrugada de 1882, barrió Guna Yala. El sismo, uno de los mayores registrados en Centroamérica, provocó 4 gigantescas olas que inundaron la mayoría de las islas e hicieron desaparecer varias comunidades.

Los gunas perciben ahora que algo en su entorno está cambiando y que podría conllevar un gran cambio en sus vidas. Las islas se inundan cada vez con mayor frecuencia, las pérdidas son mayores y la vida se hace más difícil. Los temporales las azotan a destiempo. El nivel del Caribe sube, las barreras coralinas desparecen.

Coral frente a la subida del mar

Eutasio Valdés, más conocido como Atahualpa, es un estudioso del medio ambiente y ha colaborado con el Congreso General Guna en varios proyectos de educación ambiental. Eutasio, o Atahualpa, suele llevar a los niños a la orilla del mar y les explica el valor de los corales. Muchos creen, nos dice, que son solo piedras, “akua” en guna, que solo sirven para asentar y agrandar las islas. Ignoran que son seres vivos que hay que proteger porque nos protegen de los temporales, de la erosión del oleaje. 

Héctor Guzmán, biólogo marino del Instituto Smithsonian de Panamá, ha investigado la destrucción de esta muralla coralina y asegura que, desde hace años, incluso “han empezado a extraer corales de islas y de cayos semiprístinos y no poblados. Y esta desaparición de los corales y arrecifes implica, además, una disminución de la pesca. Es decir, se trata de una destrucción masiva del hábitat”.

De esta forma, los gunas han construido más de 20 kilómetros de muros de coral y han ganado a la mar más de 6 hectáreas. Solo en Gardí Sugdub, se han levantado más de 1.200 metros de muros de coral, que han acrecentado su superficie en más de un 20 por ciento. 

No solo se han destruido los arrecifes de coral, sino también los manglares, los cuales sirven para aminorar las mareas altas. La desaparición de estas barreras naturales hace a los gunas aún más vulnerables frente a un fenómeno mayor y global: el cambio climático, o más bien, emergencia climática, que afecta ya de lleno a otras islas y estados del Caribe y del Pacífico, como Tuvalu, Dominica, Cuba, Sri Lanka, Tonga, Maldivas… Cada vez con mayor frecuencia sufren desastres, desde huracanes, ciclones a sequías. Las poblaciones locales pierden sus medios de vida, sus cosechas, sus viviendas, sus ganados, sus medios de subsistencia. 

«Los gunas pueden verse forzados a regresar a tierra firme, a sus selvas originarias de las que partieron hace siglo y medio, huyendo de la malaria y la fiebre amarilla»

Aumento de las migraciones climáticas

El Banco Mundial, poco sospechoso de veleidades ecologistas, publicó en 2018 el “Informe Groundswell: Prepararse para las migraciones internas provocadas por los impactos climáticos”. Sus conclusiones son dramáticas. Prevé que, en los próximos años, se intensificarán las migraciones internas debido una combinación de factores: aumento demográfico, medios tradicionales de subsistencia amenazados o inviables por los cambios de los regímenes de lluvias, fenómenos atmosféricos, como huracanes, lluvias o sequías, más intensos e imprevisibles, inundación de las zonas bajas costeras por el aumento del nivel de mar… De tal manera que el “Informe Groundswell” estima que, si no se adoptan ya medidas a nivel nacional y global, en 2050 habrá 140 millones de migrantes internos por motivos climáticos; de ellos, 17 millones en América Latina.

Sin embargo, hay quienes aún niegan que este cambio, que estas emergencias climáticas, sean producto de la acción humana, de la contaminación, de los gases invernadero, de la destrucción de ecosistemas. Pero, en Panamá, pueden encontrarse pruebas incontestables del calentamiento de los mares y la consiguiente elevación de su nivel. El biólogo marino Héctor Guzmán lo ha hecho no con proyecciones o modelos matemáticos, sino con datos reales proporcionados por el Canal, ya que, al construirse, se instalaron en el lado del Caribe instrumentos para registrar los cambios del nivel del mar. Los obtenidos desde entonces muestran que el nivel del mar aumenta alrededor de 2 a 3 milímetros cada año.

Traslado a la costa

En los últimos 30 años, las islas de Guna Yala han perdido más de 50.000 metros cuadrados, ya que, en esta zona, el mar ha subido unos 30 centímetros en medio siglo, 11 más que la media mundial.

Por todo ello, la comunidad de Gardí Sugdub tiene ya avanzado el proyecto para trasladarse a la zona costera que se divisa desde la isla. El traslado es un proyecto avanzado. En tierra firme, cuenta con un terreno propio de unas 22 hectáreas en una zona bien comunicada. Se han construido ya un hospital y un colegio y se han acotado terrenos para levantar las viviendas. Aún así, el proyecto avanza muy despacio. Otras comunidades insulares, como Gardí Muladub, siguen de cerca el plan de traslado, ya que sus problemas son similares: superpoblación y carencia de servicios esenciales, como agua potable, electricidad, saneamiento, recogida y reciclaje de basuras.  

Más allá de la apariencia paradisíaca de su entorno, Guna Yala es una de las comarcas más pobres de Panamá y más del 60 por ciento de la población guna ha migrado a otras zonas del país.

Este traslado será otro tipo de migración. No será individual, sino colectiva. Les permitirá además mantener la relación con sus islas, de las que ahora depende en buena parte su subsistencia. El turismo y la pesca, en particular la langosta, seguirán siendo sus principales fuentes de ingresos, si el cambio climático lo permite.  

Los gunas pueden verse forzados a regresar a tierra firme, a sus selvas originarias de las que partieron hace siglo y medio, huyendo de la malaria y la fiebre amarilla. 

“Nana”, la Tierra, es la madre de las raíces de los gunas. “Muu”, la Mar, es la abuela que les da sustento y les ha permitido comunicarse con propios y extraños. Los gunas preferirían no tener que elegir entre la una y la otra, pero ahora se ven, cada vez más, empujados a regresar a tierra firme, a sus selvas originarias de las que partieron hace siglo y medio. 

Banco mundial. Previsión de desplazados por el cambio climático en 2050.

ÁreaEst. desplazados
África subsahariana86 millones
Asia meridional40 millones
América Latina17 millones