Por María Bustamante Liria y Pablo Vidueira Mera*

Un momento de crisis es aquel en el que los modos de pensar y actuar en uso comienzan a quedarse pequeños, pero en el que los nuevos modos de pensar y actuar aún no están suficientemente implementados. A raíz de cambios como el creciente costo de la energía fósil, el cambio climático y el deterioro ecológico global y de otros problemas que persisten en nuestro mundo y que se ven agravados por los citados cambios, como el hambre y la desigualdad, se dice que el sistema alimentario actual -basado en un modelo industrial- está en crisis. A continuación queremos mostrar algunos indicios de ello.

Un sistema alimentario “roto”

El sistema alimentario actual puede comprenderse desde múltiples perspectivas. La perspectiva dominante en gran parte del mundo hoy tiene que ver con sistemas alimentarios cuyo propósito fundamental se ha desplazado desde la alimentación y la nutrición de las personas a la extracción de materias para su comercialización y especulación con fines relacionados ya no solo con la alimentación de las personas, sino también con la producción de biocombustibles, la alimentación de ganado y la fabricación de otros productos industriales. Este modelo dominante necesita intensificar y concentrar la producción de alimentos, de modo que se hace imprescindible el uso muy elevado de insumos como agua, fertilizantes, herbicidas, insecticidas, etc. con los que se trata de generar unas condiciones de cultivo estandarizadas que maximicen el crecimiento de semillas que han sido específicamente seleccionadas para estas condiciones de cultivo estandarizadas y que también forman parte de los insumos que deben ser adquiridos en detrimento del uso de variedades locales adaptadas.

La agroecología quiere dar respuesta al sistema alimentario roto

Asociación de cultivo de tomatillo silvestre con albahaca para prevenir la proliferación de plagas en Cañete (Perú). FOTO MARÍA BUSTAMANTE LIRIA

Este modelo “industrial” nacido de la revolución verde está fuertemente contestado desde numerosos sectores. En el mejor de los casos se valoran sus contribuciones al aumento global de la producción de alimentos, pero se cuestiona su sostenibilidad en términos del intensivo uso de recursos necesarios, la transformación de los ecosistemas y la pérdida de bienes y servicios derivados de la producción de alimentos -especialmente de carácter social, ambiental y cultural-, la dependencia del petróleo, su escasa capacidad de adaptación a un contexto cambiante -especialmente debido al cambio climático- y la amenaza que representa a la seguridad alimentaria de  millones de personas que no logran acceder a los alimentos producidos por este modelo. La falta de accesibilidad viene por un aumento en los precios de los productos o, directamente, por la ausencia de los mismos en los mercados locales. Esto se debe en parte al hecho de que la orientación al mercado de estos sistemas prioriza el cultivo de aquellos productos con mayor valor añadido en el mercado frente a aquellos de mayor valor nutritivo y prioriza también su exportación frente a la distribución doméstica y los mercados locales.

Según el agroecólogo Miguel Altieri, este modelo dominante consigue alimentar solamente a un 30% de la población global mientras necesita el 70 -80% de la tierra arable, el 70% del agua y el 80% de los combustibles fósiles empleados en la producción de alimentos. Otros indicios del agotamiento de este tipo de sistemas alimentarios industriales, además de los ya mencionados, tienen que ver con la incapacidad para dar cabida a los y las pequeñas productoras, quienes en muchas ocasiones no cuentan con la capacidad financiera para desarrollar una producción tan intensiva en el uso de insumos y competir bajo este modelo. Relacionado con esto, existen también graves problemas en la concentración de la tenencia de la tierra y problemas subsecuentes de desplazamiento y pobreza. El desplazamiento de la pequeña agricultura impacta negativamente en las economías locales, en el mantenimiento de ecosistemas, la preservación de la biodiversidad y la conservación de la cultura local. Las consecuencias son graves, pero lo son aún más si dimensionamos el peso de la agricultura familiar. Esta representa más del 90% de las explotaciones agrícolas en el mundo, supone el mayor empleador del mundo y suministra más del 80 % de los alimentos del mundo, con una participación fundamental en la producción de alimentos frescos.

Por último, otro gran grupo de problemas tiene que ver con la salud: tanto de los productores y el planeta, por su exposición a los agroquímicos necesarios en este tipo de sistemas como de quienes consumen los alimentos producidos bajo una óptica que no prioriza la nutrición y la salud, sino el beneficio económico. Un informe lanzado a finales de 2017 por la Global Alliance for the Future of Food y IPES-Food trata de cuantificar los costes ocultos derivados de las externalidades negativas del sistema alimentario sobre la salud. Algunos de los datos en este informe se refieren a 760 mil millones de dólares anuales derivados de costes médicos de la obesidad, 673 mil millones derivados de la diabetes, 3’5 billones derivados de la malnutrición y  67 mil millones derivados del hambre y la inseguridad alimentaria.

Por estos motivos y otros se escucha frecuentemente que “el modelo actual está agotado”. Son varios los enfoques que tratan de generar cambios en el sistema alimentario que permitan avanzar en la solución de los problemas mencionados: sistemas alimentarios de bajo impacto ambiental, resilientes al cambio climático, sistemas alimentarios locales o sistemas alimentarios que tratan de valorizar el carácter multifuncional de la agricultura (como generadora de bienes y servicios económicos, pero también sociales, culturales y ambientales). Para muchos lectores pueden ser familiares conceptos como la agricultura ecológica o la agricultura orgánica, que sin duda contribuyen al cambio de los sistemas alimentarios hacia una mayor resiliencia y sostenibilidad. Sin embargo, el sistema alimentario actual necesita de un cambio que no es incremental sino transformativo en sus dimensiones política, económica, ambiental y socio-cultural. Trabajar en estas dimensiones independientemente y/o sin modificar las causas profundas que generan los problemas descritos, supondrá sin duda un avance, pero no la transformación del sistema alimentario actual en un sistema que genera salud, justicia, libertad y una vida digna de una manera sostenible. Es aquí donde la agroecología tiene una propuesta sustentada por conocimientos, prácticas y la estructura social necesaria como para que la transformación ocurra.

La propuesta de transformación: agroecología

La agroecología surge y se nutre del conocimiento y prácticas de la agricultura campesina. A partir de aquí y a través de la investigación participativa se logra generar conocimientos científicos que hacen posible el diseño y aplicación de herramientas, métodos y formas tecnológicas específicas adaptadas a cada contexto. Formalmente, la agroecología se definió en los años 30 como la aplicación de la ecología en la agricultura. Esto implica trascender la lógica de “el cultivo” para avanzar hacia una visión más integral en la que se contemplan y valoran las muchas interacciones que suceden entre “ese cultivo” y otros cultivos, especies vegetales y animales, luz, agua, nutrientes, productores, consumidores, comunidades, paisajes y un largo etc.

Por otro lado, la agroecología es también un movimiento social y político que busca impulsar una transformación del modelo alimentario actual, incluyendo las dimensiones de producción, transformación, distribución y consumo de alimentos y su relación con la sociedad y la naturaleza. Para esto es indispensable una estructura social comprometida y políticamente activa y un marco político que brinde condiciones óptimas para su desarrollo y escalamiento, desde formas de gobernanza más participativas hasta políticas públicas de apoyo y financiación.

Como movimiento social, la agroecología apuesta por la soberanía alimentaria. Esto quiere decir que busca promover la autonomía local y los ciclos locales de producción y consumo, los mercados locales y la independencia de insumos externos -soberanía energética y tecnológica. Continuando con la dimensión socio-cultural, la agroecología busca transformar el sistema alimentario para satisfacer las necesidades y empoderar a los colectivos desfavorecidos como los pequeños y pequeñas productoras campesinas y la población consumidora de ingresos bajos.

Integración de ganadería en los sistemas agroecológicos. FOTO MARÍA BUSTAMANTE LIRIA

De este modo, la agroecología se basa en conceptos y principios para el diseño y gestión de sistemas agroecológicos que buscan imitar o acercarse lo más posible a un sistema natural, potenciando la diversidad genética y de especies a nivel de finca y paisaje. Esta gestión se realiza de manera integral, combinando los diversos componentes ecológicos, económicos y sociales de los paisajes agrícolas. Al desarrollar sistemas de producción altamente diversos se facilitan las interacciones y sinergias entre los componentes biológicos, respaldando así procesos que enriquecen la fertilidad del suelo, mejoran la productividad y mantienen la sanidad de los cultivos. La gestión integral de la biodiversidad y el fortalecimiento de los procesos naturales contribuyen a la transformación de una agricultura convencional hacia una multifuncional, que provee diversos bienes y servicios económicos, sociales y ambientales.

Además de impulsar prácticas alternativas en línea con las características antes descritas, la agroecología busca incrementar la eficiencia en el uso de los recursos naturales como el agua, aire, suelo y energía solar, a través del cierre de ciclos biológicos que contribuyen al reciclado de biomasa y nutrientes entre otros. De esta manera se disminuye la dependencia de insumos y energía externa, que en la mayoría de situaciones acarrea una disminución de costos. Finalmente, al imitar a sistemas naturales y emplear un enfoque que integra componentes ecológicos, económicos y sociales, la agroecología responde a la necesidad de los agricultores de adaptarse a sistemas complejos y cambiantes en lugar de controlarlos, es decir, incrementa la resiliencia de los sistemas agroecológicos.

Desde una perspectiva práctica, existen varios conjuntos de principios definidos por diversas instituciones que proporcionan guías para la transformación agroecológica en las dimensiones económica, socio-cultural, ambiental y política. Los principios son útiles en la generación de una acción colectiva, ya que son prescriptivos y directivos, pero también pueden adaptarse a distintos contextos y situaciones. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) plantea una serie de principios que se basan en las características de la agroecología mencionadas con anterioridad. Por otro lado, el documento redactado por CIDSE cuenta con una revisión exhaustiva de los principios de agroecología planteados por diversos organismos.

Algunas conclusiones

La agroecología trata de hacer un análisis comprehensivo a partir del cual avanzar en la transformación del sistema alimentario hacia una mayor justicia, salud, resiliencia, sostenibilidad y diversidad. A diferencia de otros enfoques, la agroecología no pretende plantear soluciones a problemas parciales del sistema alimentario, porque entiende que un sistema no puede cambiarse solo parcialmente. En su naturaleza transformadora está su poder, pero también la dificultad de su implementación. Sin embargo, a pesar de haber recibido una atención muy moderada, recientemente la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) hospedó el segundo symposium internacional sobre agroecología, lo cual supone un paso adelante en la adopción y en el respaldo institucional global de la agroecología. Esto es importante porque, aunque la agroecología comienza en lo local, para alcanzar su poder transformador debe escalarse a nivel de territorios y paisajes amplios y, para ello, el apoyo con políticas y marcos normativos es imprescindible. De hecho, la presencia de este apoyo institucional ha sido definitivo en algunas experiencias de éxito notable de la agroecología.

 

*María Bustamante Liria es investigadora de la Universidad Politécnica de Madrid y Pablo Vidueira Mera es evaluador en la Global Alliance for the Future of Food e investigador de la Universidad Politécnica de Madrid