LCR SOBRE EL CUIDADO

Foto: Erwin Bosman/Pixabay

Teníamos un paciente ingresado de 82 años, sin mujer ni hijos, cuidado por sus sobrinos y por una cuidadora contratada, diagnosticado de una enfermedad urológica sin posibilidad de tratamiento curativo. Al pasar a planta me cuenta su sobrino que ya no pueden seguir cuidándolo porque necesita más ayuda y ellos trabajan. La charla se desarrolla en la puerta de la habitación en el pasillo, yo le escucho, pero de pie y sin intimidad, y me pide que no le dé el alta hasta que puedan organizarse o hablar con la trabajadora social. Lo dejé ingresado y solicité valoración por la Unidad de Cuidados Paliativos para que ellos le ayudasen a gestionarlo.

Es un hecho que se queda en mi cabeza porque no estoy del todo a gusto con mi forma de proceder, por eso lo quiero leer creyentemente.

Veo a una persona muy vulnerable, el paciente, que ha perdido parte importante de su red familiar, me cuentan las enfermeras que su mujer y su hijo murieron y que sus sobrinos lo han acompañado y cuidado como buenamente han podido. La importancia de la familia, no solo para la fiesta, para celebrar la Nochebuena, que se acercaba, si no para estar cuando la vulnerabilidad llega. Me surge una acción de gracias para esos sobrinos que cuidan de su tío, Dios los ha tocado para tener un corazón fuerte para amar. A su vez me surge una súplica al Padre, porque la sociedad no está preparada para cuidar al vulnerable, hemos perdido la red de cuidados que había antiguamente, ahora todos trabajamos y no sabemos cómo hacer cuando alguien cercano necesita de nuestra ayuda. La sociedad ha evolucionado como si no existiera la debilidad, como si nunca fuéramos a necesitar que nos cuiden o tener que cuidar a alguien. Le pido al Padre para que nos ayude a profundizar en esto, que genere en nosotros el deseo de crear redes de cuidados. Le pido al Padre por una pastoral de la salud en nuestra diócesis que vaya por ahí, para crear comunidades para cuidar. Que el Espíritu Santo nos ilumine para que nos demos cuenta de lo que necesitan nuestros vecinos más vulnerables.

Por otro lado, está la profesional, que soy yo. No me quedé contenta con mi forma de actuar. Atendí al familiar en el pasillo, como siempre hacemos, porque siempre vamos con prisas. Lo escuché, pero no como me hubiera gustado hacerlo. No lo juzgué en ningún momento, comprendía sus necesidades. Pero no me fui bien tras la conversación. Jesús se hubiera apartado a un lugar más íntimo, se habría sentado a su lado y le hubiera escuchado con más tiempo. Todo eso no lo hice, por eso tengo desasosiego. Voy muy deprisa para llegar a todo, pero no llego con la profundidad que me gustaría. El familiar necesitaba que yo le dedicara tiempo, me estaba contando algo doloroso para él, habían claudicado en el cuidado. Pido perdón al Padre, por no haber sido testigo de su mensaje en ese momento, porque Dios solo estuvo ahí parcialmente. Me surge orar desde Mateo 11, 28-30: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…” Necesito encontrar paz en el Padre.

Tras el sosiego que encuentro en el Padre, me surgen las ganas de crecer en el cuidado en mi ámbito profesional. Soy consciente de que no tengo todo el tiempo que me gustaría y que necesitan mis pacientes y familiares, pero tras esta lectura creo que tengo que decidir qué situaciones necesitan que yo les dedique más tiempo para que pueda cuidar como lo haría el Padre. Lc 21, 34-36: “Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo, para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre”. Así quiero estar atenta, sin que nada me distraiga, orando cada día para darme cuenta de los que necesitan de mí.

Autoría

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *