Cuando la precariedad tiene cuerpo de mujer: La mirada audiovisual

Es un hecho más que constatado a escala global que las mujeres sufren de manera desproporcionada las consecuencias de la precariedad. Pero no todas las mujeres son pobres por las mismas razones, ni todas las pobrezas se viven igual. Género, clase, raza, edad, salud, nacionalidad o identidad de género influyen decisivamente en cómo se experimenta la exclusión.

La pobreza femenina no es solo cuestión de ingresos bajos o empleos precarios y mal pagados. Hablar de pobreza y exclusión implica también hacerlo de invisibilidad cultural y de discriminación estructural. Mujeres migrantes, racializadas, mayores, trans, con diversidad funcional o en situación de calle enfrentan realidades especialmente duras. Y en la mayoría de los casos, estas vidas quedan fuera del relato público o aparecen distorsionadas bajo clichés y estigmas.

Medios que miran a medias

Decir que los medios de comunicación no son neutrales parece una obviedad, pero es importante recordarlo. Lo que deciden mostrar -y lo que eligen omitir- influye directamente en lo que como sociedad percibimos como relevante. Según datos del Proyecto Global de Monitoreo de Medios de 2021, solo una cuarta parte de las personas mencionadas en las noticias son mujeres. Y dentro de ese escaso porcentaje, rara vez figuran como expertas o protagonistas con agencia.

Cuando aparecen mujeres empobrecidas, lo hacen a menudo bajo estereotipos: víctimas, madres sufrientes, trabajadoras despojadas de altavoz… En cambio, se invisibiliza su capacidad de lucha, organización o resistencia. Además, ciertos colectivos apenas existen en el imaginario informativo, salvo en contextos problemáticos y desde perspectivas paternalistas o criminalizantes. La narrativa dominante sigue asignando valor solo a ciertos cuerpos, dejando en los márgenes a quienes no encajan en el modelo normativo.

La ficción también excluye… pero a veces ilumina

El cine y las series de ficción pueden reforzar esos prejuicios, pero también tienen el potencial de abrir nuevas formas de mirar. Aunque el audiovisual ha tendido históricamente a contar historias desde la perspectiva de varones privilegiados, en las últimas dos décadas han surgido propuestas que rompen esa lógica y sitúan a las mujeres en el centro del relato, también a esas que históricamente han permanecido en los márgenes del relato hegemónico. 

Podríamos abrir este somero repaso hablando, por ejemplo, de La hija de un ladrón (2019), donde Belén Funes pone el foco en una joven madre que, en un entorno de abandono y precariedad, intenta no reproducir las violencias estructurales que marcaron su infancia.

Otras historias, como Rosetta (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 1999) o Divines (Houda Benyamina, 2016), siguen a adolescentes que sobreviven como pueden en los márgenes del sistema. Las protagonistas, desde contextos distintos, encarnan la urgencia, la rabia y la frustración de una juventud femenina empobrecida que choca con las barreras del clasismo, el sexismo y la exclusión social. Son relatos incómodos, pero necesarios porque muestran lo que normalmente no se quiere ver.

También encontramos propuestas como Tótem (Lila Avilés, 2023), que, desde la mirada infantil de una niña mexicana, muestra un entorno familiar atravesado por la pérdida y la fragilidad económica; o La maternal (2022), de Pilar Palomero, que retrata la vida de una adolescente embarazada en un centro de acogida, abordando la maternidad precoz, la pobreza estructural y las dificultades para romper el ciclo de exclusión.

Las series se han convertido en un espacio clave para explorar otro tipo de narrativas y protagonismos. Maid (Molly Smith Metzler, 2021), uno de los éxitos de Netflix de los últimos años, destaca por su retrato honesto y contundente de otra joven madre que, tras huir de una relación abusiva, se enfrenta a un sistema socioeconómico que la empuja a la precariedad más absoluta, mientras lucha por mantener a su hija con empleos mal pagados. También P-Valley (Katori Hall, 2020) ofrece una mirada potente a las vidas de mujeres racializadas que trabajan en un club de striptease, enfrentándose a la pobreza estructural, al racismo y a la exclusión sin renunciar a su agencia.

Vida (Tanya Saracho, 2018–2020) muestra cómo dos hermanas regresan al barrio obrero de su infancia y se enfrentan a la gentrificación, la precariedad laboral y los cuidados invisibles, en un entorno atravesado por la desigualdad económica. Estas producciones permiten una aproximación más compleja y crítica a la feminización de la pobreza, combinando denuncia social y relatos cargados de una profunda dignidad, ya que, en todos ellos, las mujeres no son solo víctimas pasivas, sino sujetos que resisten desde sus cuerpos, sus vínculos y sus estrategias cotidianas.

Teoría para entender el silencio

Las autoras feministas también nos dan claves desde la teoría sobre género e interseccionalidad para comprender esta exclusión y sus representaciones. Judith Butler, en su libro Marcos de guerra: Las vidas lloradas (Paidós, 2010), advertía de que no todas las vidas importan por igual: algunas se consideran dignas de cuidado y duelo, mientras otras se ignoran o se dejan morir simbólicamente. bell hooks insistió durante toda su vida en que no podemos hablar de “las mujeres” sin reconocer que muchas viven oprimidas no solo por el patriarcado, sino también por el racismo y el clasismo, entre otros muchos ejes de desigualdad. Esas mujeres son las que sistemáticamente han sido expulsadas del centro del discurso, las “subalternas” que, como escribía Gayatri Spivak, apenas pueden hablar, porque no se les ofrecen espacios reales de enunciación. 

Ahí radica otro de los grandes desafíos: los relatos sobre mujeres empobrecidas los escriben otros: periodistas, cineastas, académicos, etc., pero rara vez ellas mismas. El reconocimiento implica dar valor, voz y presencia a quienes han sido históricamente silenciadas, pero no se trata de hablar de ellas, de unas “otras” objetualizadas, sino de crear las condiciones para que se narren a sí mismas.

Transformar la mirada

Cambiar esta realidad pasa por transformar la estructura material y el relato simbólico. Apostar por una cultura más justa no implica solo sumar más personajes femeninos en la pantalla, sino permitir nuevas formas de contar, nuevos enfoques, otras voces. Implica preguntarse ¿quién cuenta las historias? ¿Desde dónde? ¿Con qué intención?

Una narrativa feminista que aborde cuestiones como la aporofobia, la precariedad, la violencia económica o las causas de la pobreza no busca decorar la miseria con una estética amable, sino revelar las raíces estructurales de la desigualdad. No idealiza el sufrimiento, pero tampoco lo esconde. Y, sobre todo, visibiliza la dignidad, la respuesta y la agencia de mujeres que luchan cada día por sostener vidas en condiciones muy adversas.

Las mujeres empobrecidas no son solo cifras o casos extremos. Son ciudadanas con derecho a ser vistas, escuchadas y reconocidas. Por eso, transformar el relato es también una forma de justicia.

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