¿Cómo fue posible que un jesuita, hijo de un general franquista, militante del nacionalcatolicismo, llegara a ser el “cura rojo” del Pozo del Tío Raimundo, en el barrio madrileño de Vallecas, convirtiéndose en activista del sindicato Comisiones Obreras y del Partido Comunista?

Llegó hace unas semanas a las pantallas el documental “Un hombre sin miedo”, que cuenta la historia de la transformación del padre Llanos. Dirigido por Juan Luis de No (que lleva a sus espaldas una docena de documentales de larga duración sobre temas culturales y sociales como la inmigración, la tecnología o la influencia de la economía global en los seres humanos), el guion descansa en más de 20 entrevistas a testigos directos que conocieron en persona a Llanos, entre ellos vecinos del barrio, líderes vecinales de la época y personas conocidas como Cristina Almeida, José María Álvarez del Manzano, Nicolás Sartorius, Francisca Sauquillo o Javier Solana. El trabajo ha sido financiado en gran medida con aportaciones voluntarias (crowdfunding).
José María de Llanos nació el 6 de abril de 1906. Ingresó en la Compañía de Jesús, y fue ordenado sacerdote en 1939. Se movía con habilidad en las esferas próximas al franquismo. Fue capellán del Frente de Juventudes y hasta dirigió unos ejercicios espirituales a Francisco Franco.
En 1955, movido por el ideal jesuita de dar testimonio de pobreza, rompió con la burocracia de la dictadura y con su propia trayectoria para irse a vivir entre el barro y la miseria del Pozo del Tío Raimundo, un barrio de frágiles chabolas que las lluvias otoñales e invernales convertían en barrizales intransitables, habitado por inmigrantes que llegaban huyendo de la miseria o de la represión en las zonas rurales. Allí pasaría Llanos el resto de su existencia, mezclándose con los vecinos hasta el punto de convertirse casi en uno más, peleando codo con codo con ellas y ellos para mejorar sus condiciones de vida.
“Un hombre sin miedo” cuenta cómo el Padre Llanos fue evangelizado en su convivencia diaria con aquellos chabolistas desheredados y convirtiéndose en un luchador incansable por la democracia, por la justicia y la libertad
En una de las chabolas instaló la capilla que, pronto, sustituiría -gracias a las ayudas de sus amigos- por un conjunto de iglesia, escuela, escuela profesional, guardería, residencia de trabajadores, academia nocturna… Allí fue descubriendo el jesuita que debía anteponer a sus actividades espirituales la solución a las necesidades materiales y culturales de la gente. Enseguida comenzó a colaborar para hacer fosas sépticas, resolver problemas de agua, de electricidad, de urbanismo básico…, respetando y estimulando el surgimiento de líderes que dirigieran las actuaciones del barrio.
“Un hombre sin miedo” cuenta cómo Llanos fue evangelizado en su convivencia diaria con aquellos chabolistas desheredados y convirtiéndose en un luchador incansable por la democracia, por la justicia y la libertad, en unos momentos en los que era realmente peligroso ser generoso, altruista y combativo.
Fue testigo del nacimiento en 1964 del sindicato Comisiones Obreras, al que cedía los salones parroquiales para sus reuniones. Junto a otros vecinos, vigilaba la seguridad de los reunidos, avisándoles cuando llegaba la policía. Recibió el carnet de sindicalista y poco después el de militante del Partido Comunista. Los jueves iba a la prisión de Carabanchel a visitar a los detenidos de Comisiones y del PC.
Desde Vallecas apoyaba los diálogos entre cristianos y marxistas, escribía artículos para Cuadernos para el Diálogo, uno de los pocos espacios de libertad tolerados por la dictadura, y para el diario Ya, de la Editorial Católica. Lo novedoso es que armonizaba esos compromisos con su fe cristiana. Supo mantener su lealtad a Jesús de Nazareth con sus convicciones sobre la necesidad de cambiar el mundo, de implantar la justicia y la igualdad, de mantener la solidaridad, de superar los privilegios de los poderosos y las diferencias de clase. Todo ello, con el escándalo de quienes simplificaban el mundo entre ricos y pobres, creyentes y ateos, buenos y malos…
Supo mantener su lealtad a Jesús de Nazareth con sus convicciones sobre la necesidad de cambiar el mundo, de implantar la justicia y la igualdad
Nunca perdió su independencia. Durante los años de la transición trabajó de forma discreta y servicial tendiendo puentes entre las llamadas “dos Españas” y contribuyendo al entendimiento entre diferentes pensamientos, en una época convulsa y delicada. Una transición, por cierto, que se fue fraguando en los barrios obreros de las grandes ciudades, en las fábricas, en los campos, en las minas y en algún que otro seminario y parroquia, aunque esto suene inconcebible.
José María de Llanos murió el 10 de febrero de 1992, a los 86 años. Es importante que alguien ponga en valor a personas que trabajaron por el entendimiento y el diálogo que hoy nos quedan -¡ay!- tan lejos…
