Una fe diversa como la vida

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Foto. Meri ToshLa Congregación de la Doctrina y la Fe nos recuerda que estamos en el Año de la fe, que se abrió el 11 de octubre de 2012, coincidiendo con el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Enalandar nos ha surgido el interés por interrogarnos sobre el sentido primigenio de nuestra creencia.

La preguntita se las trae. En el Credo de Nicea, “parido” en el Concilio de Constantinopla (año 381) se repite: “Creo en un sólo Dios, Padre Todopoderoso (…) Creo en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios (…) Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”, etc. Dejando a un lado el análisis teológico, lo primero que salta a la vista es la perseverancia en reafirmar la unidad pétrea de la fe. Y no resulta difícil de entender si nos retrotraemos a una época convulsa, también en lo religioso, como era la que se vivía a finales del siglo IV. Lo que causa algo más de extrañeza es que esta misma letanía se repita mecánicamente, en pleno siglo XXI, en cada templo, en cada eucaristía.
Foto. Piotr Drabik CC
Casi 1.800 años después, las cabezas de la Iglesia institución consideran necesario que ese mismo mensaje de unidad indiscutible, incontrovertible, incuestionable, forme parte de la esencia de este Annus Fidei. Siempre que tiene oportunidad, la jerarquía española difunde este mensaje que, como dice el escolapio y especialista en pastoral con jóvenes Carles Such, en una entrevista que contiene este número, esconde “la añoranza de una Iglesia de grandes números, implantada socialmente”. Nuestros obispos parecen echar de menos otra Iglesia, ya pretérita, más implantada socialmente y que conseguía sin esfuerzo llenar los templos y tener más poder.

En alandar hemos querido hacernos eco de otras opiniones. Por ello se ha preguntado a cinco cristianos y cristianas cuáles son las claves de su fe. El resultado, como lo son la vida y el ser humano, ha sido rico y diverso. Entre las personas interrogadas son el párroco de la única iglesia católica que persiste en la Cañada Real de Madrid (el mayor poblado marginal del país), una maestra comprometida con la enseñanza pública, una abogada que defiende a mujeres maltratadas e inmigrantes sin papeles, un jubilado voluntario de mil causas y miembro de una comunidad de base y una teóloga que enseña lo que ha aprendido en una Universidad dirigida por los jesuitas. Como ven, se contempla en la lista de elegidos y elegidas un abanico amplio de actividades y compromisos. O a lo mejor no: en todos los casos las respuestas justifican con argumentos similares el sentido de sus caminos vitales.
Foto. Religiosas Pureza de María
Jesús no nos engaña, sino que enseña el camino de Dios tal y como es. En el evangelio de San Juan lo expresa diciendo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». La belleza de su Palabra, que da la vida, se transforma en una experiencia de comunión y de fraternidad. Y también de diversidad, no de un monolitismo que se niega a escuchar el fluir del río del presente. Carles Such, lo define perfectamente en páginas interiores: “El problema no es que existan muchos estilos en la Iglesia, sino que se quiera imponer uno determinado. Un pastor tiene que serlo de todas las ovejas. No tiene que beneficiar a unas y discriminar a otras o ningunearlas”.

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