Un encuentro maravilloso

Este verano, como cada año, pasaré una semana en Taizé. En Taizé se da la paradoja de ser al mismo tiempo el lugar más conocido y menos conocido del mundo.

Es conocido porque todos los años miles de jóvenes de todas las edades se reúnen allí, sobre todo en verano y en Semana Santa. Y es desconocido porque a pesar de acudir tantas personas todos los años, el público en general no lo conoce. Así que entonces ¿qué es Taizé?, ¿por qué acude allí tanta gente? Realmente no lo sé, ¡pero sí sé por qué acudo yo!

Taizé es para mí ante todo un lugar de oración y un lugar de encuentro. O, lo que es lo mismo, un lugar donde cristianos de distintos países, confesiones y tradiciones se reúnen durante una semana para orar juntos y compartir su vida cristiana, su experiencia de fe, su camino.

Durante un mismo día en Taizé se suceden los momentos más íntimos de oración personal con la alegría de conocer a otros cristianos y cristianas de los orígenes más diversos, conversar con ellos, compartir inquietudes y por supuesto… ¡disfrutar mucho!

Para mí volver a Taizé cada verano significa peregrinar a mis orígenes, a lo más íntimo de mí, ese lugar donde interiormente me encuentro con Dios y con el resto del mundo en toda su diversidad. La gran maravilla es que, en Taizé, ese encuentro se produce no sólo dentro de mi corazón sino que va más allá y se transmite al ambiente, por la alegría de la gente, el buen humor que se respira y la naturalidad con que transcurre la vida allí.

Gracias a la Comunidad Ecuménica de Taizé, formada por religiosos consagrados de distintas nacionalidades y confesiones cristianas, este milagro se produce día a día todos los años tanto en las épocas de más afluencia como en las semanas más tranquilas.

Así que este verano no dejaré de acudir a mi cita con Taizé, ¡un encuentro maravilloso nos espera!

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